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  In memoriam Maestro Carlos Gaviria

Martes 5 de mayo de 2015, por Javier Giraldo M. , S.J.

Palabras en el homanaje al Maestro Carlos Gaviria Díaz celebrado en la universidad Autónoma de Colombia el 4 de mayo de 2015

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  Homilía en la Eucaristía oficiada en la vereda Mulatos de San José de Apartadó, el 21 de febrero de 2015

10° aniversario de la masacre

Lunes 2 de marzo de 2015, por Javier Giraldo M. , S.J.

En toda la década que hoy culmina, que nos separa de aquel horrible 21 de febrero de 2005, hemos hecho un esfuerzo constante por mantener viva la memoria de lo ocurrido y por reconocer y sentir muchas dimensiones de la vida de quienes en aquella ocasión fueron masacrados.

Hoy estamos casi terminando esta cuarta versión de la capilla que ha querido perpetuar la memoria de los hechos y consagrar como algo sagrado este sitio donde fue derramada la sangre de nuestros hermanos, en un hecho que revela por sí mismo la perversidad e ilegitimidad del Estado que nos rige y la sublimidad de unas opciones humanas que han querido proyectarse en la Comunidad de Paz.

Esta cuarta versión de la capilla, construida poco a poco durante varios años con piedras sacadas del Río Mulatos, testigo silencioso de aquella orgía de sangre, es un cierto desafío al paso del tiempo que arrastra consigo el olvido.

Los faraones de Egipto también recurrieron a la piedra para desafiar el paso del tiempo y perpetuar su memoria en la historia. Pero hay una gran diferencia: esas pirámides monumentales fueron construidas con el trabajo de muchos miles de esclavos y el mensaje que quisieron transmitir estaba relacionado con el carácter divino de quienes habían ejercido el poder despótico sobre su pueblo. Esta capilla de piedra, por el contrario, ha sido construida con energías voluntarias de profundo amor solidario, y en lugar de proyectar el carácter divino del poder, ha querido afirmar y proclamar el carácter divino de las víctimas del poder.

El sentido profundo de memoriales como éste nos hace regresar más de dos mil años en la historia humana y penetrar en la conciencia de un grupo de pescadores y marginados que habían seguido con entusiasmo los mensajes y las prácticas de un profeta galileo que se había enfrentado con valentía a todos los poderes opresores, descubriendo su carácter anti-humano y anti-divino. La crucifixión de Jesús se realizó con acomodo a las leyes judías y romanas que estaban vigentes y se legitimó como exigencia y como tributo a la imagen de Dios que imperaba en esas sociedades: el dios del Poder; el dios de la Ley; el dios de los privilegios; el dios de las exclusiones y discriminaciones; el dios de los méritos, de los premios y los castigos; el dios de las venganzas y de los sacrificios de sangre. Quienes supieron asimilar en profundidad el hecho de la crucifixión, comprendieron que las dimensiones y manifestaciones de lo divino había que buscarlas en adelante en los territorios ajenos y contrarios al poder y especialmente en aquellos donde el poder revela sus más criminales y aterradoras expresiones. Por eso la cruz se ha levantado como símbolo de la memoria de todas las víctimas del poder y como símbolo profundo de su carácter divino. Por eso también la cruz ha estado presidiendo, con profundo sentido, las cuatro versiones de esta capilla.

Si algo puede resumir el mensaje de Jesús de Nazaret, es justamente su convicción encarnada en toda su vida, de que cualquier aproximación al misterio de Dios que bordea nuestra existencia como humanos, sólo tiene validez si nos consideramos sus hijos, pero jamás tiene validez si nos consideramos sus esclavos. Y considerarse hijos es estar convencidos de que todo lo que pertenece al Padre pertenece también al hijo: el disfrute del universo en igualdad de condiciones con todos los vivientes y la construcción de la historia desde el amor solidario entre hermanos, en la transparencia de quien no contempla la existencia de poderes adversos que apoyen su legitimidad en algo válido.

Hoy la memoria nos obliga a regresar al nefasto amanecer del 21 de febrero de 2005. En este escenario natural que hoy nos acoge, escondidos en ambas orillas del río, los militares y paramilitares de aquel criminal operativo que denominaron “Operación Fénix” y al cual articularon la “Misión Táctica Feroz”, esperaban la llegada de Luis Eduardo, quien avanzaba por el río junto con Bellanira y con Deiner Andrés, quien aún tenía su pierna en recuperación por la explosión de una granada en el mes de agosto anterior, explosión que había acabado con la vida de su madre Luz Zenit. Luis Eduardo, luego de discutir con su hermano, quien lo invitó varias veces a no correr ese riesgo, estaba confiado en el derecho que le asistía como persona civil, a penetrar en su parcela y cosechar su cacao. Tenía confianza en los principios jurídicos y humanitarios que su reflexión y estudio le habían ido consolidando y en su capacidad de enfrentar con energía, como siempre lo había hecho, la conciencia de los victimarios y de apelar a la base común de humanidad que se supone existe en lo más recóndito de todo ser humano. Sin embargo se sucedieron las agresiones y las expresiones de violencia más brutales. La razón fue acallada con golpes de garrote y de machete que en pocos minutos destruyeron sus preciosas vidas. La perversión extrema de las conciencias de aquellos agentes del Estado se reveló en el cinismo con que el capitán exhibió el machete ensangrentado afirmando en tono desafiante: “este es el degollador”. Luego vendrían los festines de manipulaciones y mentiras, que se proyectaron al país y al mundo en el cuerpo diplomático y los medios masivos de desinformación, tratando de atribuirle a la guerrilla el crimen que comenzaba a ser repudiado con horror por toda la comunidad internacional.

Cómo nos estremecieron en aquellos días las palabras de Luis Eduardo, expresadas menos de un mes antes de su muerte a una reportera valenciana: “Hoy estamos aquí hablando; mañana podemos estar muertos”. Ese reportaje, como muchos otros, nos revelan al hombre de conciencia lúcida, que sabía lúcidamente en qué mundo estaba sumergido y por qué tipo de poderes criminales estaba asediado, pero que tenía una decisión irreversible de marchar a contracorriente de esos horrores, asumiendo que los ideales comunitarios que se proyectaban desde sus terribles sufrimientos, valían más que su propia vida y que su propia tranquilidad. Esa misma conciencia la encontramos sin lugar a dudas en Alfonso Bolívar y en Alejandro, e igualmente, traducida en sentimientos que se expresaban más en hechos y silencios amorosos que en palabras, en Sandra Milena y en Bellanira. Los niños sacrificados, dentro de su inocencia y su ternura, expresaban en el amor a sus padres los rudimentos preciosos de una conciencia en la que ya echaba raíces el amor heroico a la humanidad.

Nunca podremos olvidar el episodio de profunda ternura con que terminó la vida de Natalia, Santiago y Alfonso: ante la inminencia del crimen, Alfonso anunció a sus niños el comienzo de un “largo viaje” –el viaje a la eternidad-, y en respuesta Natalia preparó una bolsita con ropa para su hermanito, aún incapaz, por su corta edad, de gestionar sus necesidades más vitales. Minutos después, los tres emprendían el misterioso viaje, expulsados con la mayor de las crueldades, de este mundo de sus sueños.

¿Cómo no descubrir lo auténticamente divino en estas vidas así sacrificadas?

Aquí brilla, una vez más, lo profundamente divino de la cruz.

Mientras los esbirros de este Estado criminal quisieron afirmar la falsa legitimidad de sus acciones en el carácter divino – trascendente y omnipotente- del poder despótico al cual servían, excluyente y genocida, como garante de una sociedad injusta, falsa, discriminatoria y violenta, nuestras víctimas siguen proclamando en su sangre derramada la validez divina de la lucha por la justicia, por la verdad, por la solidaridad, por la fraternidad, por la igualdad y por la paz.

Por eso esta capilla de piedra, que quiere desafiar con humildad el paso del tiempo, seguirá siendo un testimonio contundente de humanidad que desafía el tiempo.

La vida de los seres humanos no se agota en la existencia biológica, estructuralmente frágil y vulnerable al sufrimiento y a la perversidad de la violencia. Hay dimensiones de la vida que no son vulnerables a la muerte: todo aquello que un ser humano construye con sus pensamientos y sus sentimientos, con sus ideales y sus sueños, en comunión amigable con sus semejantes; la propia manera de vivir de cada persona al enfrentar los desafíos que la vida le presenta y el impacto que en los demás produce su testimonio, y sobre todo, ese sobrecogimiento que nos producen las muertes prematuras que se revelan como costos de un compromiso o de una lucha, sobrecogimiento que nos evidencia rutas y sueños truncados que remiten, por un imperativo existencial, a un reencuentro y a una plenitud, donde los puntos de llegada de esas rutas y de esas luchas truncadas tendrán que ser celebrados en algún espacio y en algún momento, o en dimensiones que los substituyan, pues de lo contrario nos perderíamos en los abismos sin sentido de lo absurdo, que le quitaría todo su sentido a la aventura de nuestro caminar por la historia. Todas estas dimensiones no biológicas de la vida, nos mantienen en comunión con nuestras víctimas en una fe profunda y permanente de resurrección.

Luis Eduardo: aquí, dentro de estas piedras y símbolos, viven para siempre tu lucidez, tu coraje, tus sueños y proyectos de un mundo alternativo y radicalmente humano;

Alfonso, Sandra, Bellanira, Alejandro: aquí, dentro de estas piedras y símbolos viven para siempre su compromiso, sus sentimientos solidarios, su coraje y sus sueños.

Deiner, Natalia, Santiago: aquí, dentro de estas piedras y símbolos están presentes sus vidas frescas y tiernas, como gérmenes que revientan sin cesar en miles de posibilidades hermosas y heroicas de vida, construyendo mundos sin límites de hermosura y de audacia, que el prematuro viaje al infinito les posibilitó, en lugar de impedírselo. Aquí están sus vidas como siluetas abiertas a todas las posibilidades de colores, con multitud de alas para volar por todas las imaginaciones y construir todas las historias hermosas de mundos alternativos que ustedes apenas empezaban a soñar en las inolvidables veladas familiares.

Recuerden que ustedes murieron para vivir para siempre en nuestra memoria y para seguir acompañándonos en todas nuestra luchas con la fuerza incontenible de la resurrección.

Javier Giraldo Moreno, S. J.

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  Exposición sintética del aporte a la Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas, hecha en la sesión de la Mesa de Conversaciones en La Habana, el 10 de febrero de 2015

Lunes 16 de febrero de 2015, por Javier Giraldo M. , S.J.

Extraigo algunos elementos del trabajo redactado, tratando de responder a las 3 preguntas básicas que nos hicieron a los miembros de la Comisión:

 

1. Sobre el origen y causas del conflicto armado en Colombia:

Llego a la conclusión de que en Colombia se han dado una serie de situaciones que han afectado a capas importantes de ciudadanos colombianos o a las mayorías de ellos, situaciones que en confluencia con opciones y decisiones colectivas, han llegado a desatar un conflicto armado de larga duración.

Entre los elementos de conciencia que se han articulado con situaciones objetivas de opresión, explotación, exclusión y violencia, tuvo innegable incidencia la conciencia de que existe un derecho a rebelarse contra la injusticia, expresada en las estructuras concretas del poder dominante. La conciencia de tal derecho aparece clara en los documentos fundantes de los diversos grupos insurgentes y su dimensión universal había sido reconocida en las revoluciones del siglo XVIII en Francia y Norteamérica, y más tarde en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU, como último derecho remedial, aplicable cuando los demás derechos universales son desconocidos.

La esencia de tal Derecho a la Rebelión es la comprensión de las relaciones entre un Estado y los ciudadanos que lo integran como la PARTICIPACIÓN EN UNA EMPRESA COMÚN, lo cual implica que quien maneja los recursos, la coordinación del poder institucional y la elaboración y aplicación de las leyes, tiene que responsabilizarse de satisfacer al menos 5 necesidades biológicas de todos los ciudadanos por igual: la alimentación, la vivienda, el trabajo/ingreso, la salud y la educación, así como también al menos 3 necesidades de convivencia: la participación, la información y la protección. La no satisfacción de tales necesidades elementales, va llevando a DISOLVER LOS VÍNCULOS entre los ciudadanos y el Estado – o en otros términos reconocer que ya no existe una empresa común entre ambos- y, en la medida en que esa disolución sea grave, prolongada y generalizada, se activa legítimamente el Derecho a la Rebelión.

Analizando la historia de Colombia en el último siglo, para el suscrito es muy claro que el detonante principal del conflicto armado es la falta de acceso a la tierra para grandes mayorías. Los mismos estudios del DANE muestran que desde el comienzo del siglo XX todas las tierras baldías estaban tituladas a favor de un reducido grupo de propietarios y que el creciente reclamo de tierra por parte de indígenas y campesinos fue respondido por los poderes de turno con negativas prepotentes y violentas, cerrando así la posibilidad de satisfacer, para las grandes mayorías, las necesidades biológicas más elementales entre las elementales, como eran las de alimentación, vivienda y trabajo, estrechamente ligadas al acceso a la tierra. Tal conflicto no se comprende cabalmente sin explorar simultáneamente cuáles fueron las características del Estado que se había ido configurando, que era ciertamente una estructura de poder elitista, excluyente y hegemónica, mediada por unos partidos que tenían esas mismas características y que zanjaban sus diferencias entre ellos mediante guerras que buscaban someter o eliminar al disidente. Los reclamos justos de las capas oprimidas fueron siempre estigmatizados mediante elementos ideológicos, religiosos o políticos que remitían dichos reclamos o propuestas al campo de lo ilegal, lo ilegítimo o lo demoníaco, apoyando así las formas de represión, de persecución y de violencia que se proyectan en terror y sometimiento. Un clímax evidente de estos comportamientos fueron los bombardeos de Marquetalia y demás territorios estigmatizados en 1964.

 

2. Sobre la persistencia del conflicto:

Entre los años 40 y 60 del siglo XX el conflicto armado tomó formas más explícitas y agudas. En los 50, la élite gobernante acudió al gobierno militar frente a una violencia desbordada y luego a la solución del Frente Nacional que agudizó la exclusión y la hegemonía. Ya la dictadura militar había concentrado las medidas excluyentes y represivas contra los movimientos de base, englobándolos en la caracterización de “comunismo”, el cual fue declarado fuera de la ley y criminalizada toda colaboración con él, al tiempo que inscribía al país en la ideología y estrategia de la Guerra Fría y adoptaba las directrices de los Estados Unidos para organizar la guerra contrainsurgente. Uno de los elementos de dicha estrategia fue el paramilitarismo, diseñado en la Misión Yarborough de la Escuela de Guerra Especial de Fort Bragg (1962), el cual busca borrar las fronteras entre los civil y lo militar; involucrar a la población civil en la guerra, ya como blanco de la misma o como combatiente paramilitar y a legitimar la persecución y eliminación de la población civil inconforme mediante la doctrina del “enemigo interno”, la cual cobija a toda la población inconforme con los patrones vigentes de exclusión y hegemonía, como blanco legítimo de guerra. De esta estrategia dan cuenta de manera muy explícita, tanto los discursos y documentos de numerosas jerarquías militares y civiles del Estado, como las leyes que legalizan el paramilitarismo de manera recurrente, así como los numerosos manuales de contrainsurgencia del ejército, todo esto ampliamente documentado en el anexo que he entregado.

Después de los años 60 y concomitantemente con el desarrollo progresivo del conflicto armado, tanto las directrices recibidas de los Estados Unidos, como las preferencias de la élite gobernante, propenden por una solución militar al conflicto y por desatender y reprimir las reivindicaciones de los sectores sociales más oprimidos que continúan siendo el incentivo esencial del conflicto. Los indicadores sociales, particularmente los de acceso a la tierra, se hacen muchos más dramáticos. Entre los años 80 y el momento actual alrededor de 6 millones de personas son despojadas violentamente de sus tierras y lanzadas a la indigencia y a condiciones de vida inhumanas, al tiempo que la ideología militar del Estado y su estrategia paramilitar van implantando la violación masiva y sistemática de los derechos humanos más elementales: a la vida, integridad y libertad. Las cifras hablan por sí mismas.

Si bien la Constitución del 91 trató de diseñar un modelo de Estado más democrático, el tiempo fue mostrando que los patrones de exclusión, injusticia, represión, hegemonía y control elitista del Estado, permanecían los mismos e incluso más acentuados. El sistema electoral, en lugar de alimentar niveles progresivos de participación ciudadana en las decisiones, alimenta mecanismos de clientelismo y corrupción invasivos. El sistema de información y comunicación avanzó hacia un sistema de manipulación de las conciencias, al concentrar el derecho a informar en los grandes conglomerados de poder y dinero. El sistema económico evolucionó a una dependencia extrema de capitales multinacionales destructores del medio ambiente y saqueadores de los recursos naturales, arrastrando al tiempo la destrucción de comunidades que se oponen a sus intereses. La satisfacción a otras necesidades básicas como la salud, el empleo, la educación y la vivienda, el Estado la fue delegando a los capitales privados, cuyo principio eje de máxima rentabilidad lleva ineludiblemente a la degradación progresiva de esos servicios, degradación que hoy se vive dramáticamente en los campos de la salud, la vivienda, el empleo, la educación y la alimentación. Aparentemente se han abierto espacios de participación democrática, pero las decisiones neurálgicas que más afectan el bienestar de la población nacional, como las decisiones sobre el modelo económico, sobre las extranjerizaciones de tierra y de recursos, sobre el comercio internacional, sobre la defensa nacional y los modelos de protección de derechos, sobre la injerencia de otros países, sobre las prioridades del gasto presupuestal, permanecen absolutamente ajenas a una consulta y decisión democrática. La corrupción del parlamento y de otros cuerpos colegiados no puede ser más repugnante, la separación de poderes es ficticia, el colapso de la justicia es un callejón sin salida y el sistema de partidos se convirtió en sistema de reciclamiento permanente de la corrupción. Todos estos factores hacen que el conflicto armado persista y se agudice.

 

3. Sobre los impactos del conflicto en la sociedad colombiana:

Lo que el conflicto armado ha producido en la sociedad colombiana en tantas décadas es difícil de inventariar. Los centenares de miles de ausencias (ejecutados, desaparecidos, expatriados) cuyas energías han ido siendo copadas por las energías arrogantes de sus victimarios, han ido reconfigurando el perfil de la sociedad, haciendo que el ajuste al Statu quo vigente sea imperante como tributo al realismo y la seguridad personal.

El hecho de que la inmensa mayoría de víctimas no hayan sido combatientes sino población civil inconforme, ha condicionado necesariamente la libertad de pensamiento, confrontándola con el instinto de conservación y llevando a que cada vez sean menos los que se atrevan a expresar y defender ideales éticos auténticamente humanos.

La criminalización evidente de la protesta social lleva a desmontar necesariamente, bajo una hipoteca de terror, las opciones por una sociedad más justa. El miedo y la manipulación de las conciencias que ejercen los medios masivos, ha llevado a deformar y falsear lo que está en juego en el mismo conflicto armado, haciendo ver como algo perverso la lucha por la justicia y como algo encomiable y sagrado la defensa de la desigualdad, de la exclusión, del lucro y de la competencia, lo que equivale a la demonización de lo justo y a la sacralización de lo perverso, llevando a que lo ético sea prácticamente desterrado del dominio de lo público.

El hecho de que el Estado haya asumido, bajo la imposición de los Estados Unidos, la estrategia paramilitar que se apoya en una ficción que camufla conscientemente lo ilegal en lo legal y lo militar en lo civil, ha obligado también al Estado a negar, ocultar y camuflar parte de su acción y de su identidad, llevándolo a un comportamiento esquizofrénico de ocultar y negar parte de su propio Yo. Tal comportamiento se proyecta de manera rutinaria en la mayoría de sus funcionarios, quienes echan mano de las formalidades del Estado de Derecho para identificar y justificar sus comportamientos, mientras niegan, ocultan y evaden enfrentar la realidad fáctica de la criminalidad del Estado al servicio del cual trabajan, permaneciendo solidarios de hecho con quienes perpetran los crímenes al ofrecerles la solidaridad más efectiva, consistente en negar el carácter estatal de tales comportamientos.

 

Finalmente, entre las 7 RECOMENDACIONES con que concluye el estudio, transcribo sólo una para no tomar mucho tiempo:

Un proceso de paz hace referencia obligada a la PAZ y ésta no puede consistir en un mero mecanismo contractual de cese de disparos pagado con determinadas contraprestaciones. La PAZ es un valor ante todo ético, espiritual, social y también político. Exige un clima adecuado, configurado por otros valores profundamente conexos con ella, como la verdad, la justicia, la tolerancia, el respeto a la vida de todo ser humano y de todo ser viviente y a sus derechos fundamentales. Por ello el clima con que el gobierno ha rodeado este proceso de paz es el menos adecuado, ya por su lenguaje beligerante, ya por la continuidad de la guerra mientras se dialoga y su incitación permanente y pugnaz al ataque militar y al exterminio del adversario, todo esto adobado con el regocijo nunca disimulado que le producen las muertes propinadas a su ‘enemigo’, cuyos cadáveres y memoria son además envilecidos bajo los efectos morbosos de soberbias triunfalistas. Una ‘paz’ así lograda estará profundamente infectada de odio que germinará más temprano que tarde en nuevas violencias o conflictos armados. Se impone transformar radicalmente el clima en que se está buscando la Paz. Los medios han cumplido un papel decisivo en el ambiente de odio y de estigmatización, de falsedades y de sustentación de la injusticia. Por ello la democratización de los medios y un prolongado ejercicio de su democracia antes de cualquier refrendación de acuerdos, son necesarios para transformar el actual clima radicalmente impropio y contrario a la búsqueda de la Paz.

 

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  Derecho de Petición No. 15 al presidente Juan Manuel Santos Calderon

Jueves 11 de diciembre de 2014, por Javier Giraldo M. , S.J.

Le solicito encarecidamente, Señor Presidente, no remitir estas peticiones al Minis-terio de Defensa, pues está probado que allí se da una evidente solidaridad de cuerpo con los victimarios y en los 17 últimos años no ha habido una sola respues-ta que reconozca lo ocurrido y proponga soluciones. Le solicito más bien que to-me en sus manos la solución de esta violación continua y sistemática de los dere-chos humanos que ya cumple más de 18 años a través de la perpetración de cente-nares de crímenes de lesa humanidad, cumpliendo con las obligaciones que la Constitución le señala y usando las atribuciones que la misma le confiere. Le ruego, Señor Presidente, comprenda el cansancio y la desesperanza que implica recurrir a los medios de defensa que la Constitución contempla, sin recibir respuesta alguna concreta durante tantos años, así como la sensación fundada, que cada vez se refuerza más, de que nuestras instituciones son meramente de fachada y de que en la realidad el Estado de Derecho no existe.

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  • Fusil o Toga - Toga y Fusil
  • En el libro Fusil o Toga. Toga y Fusil el sacerdote jesuita Javier Giraldo S.J., hace un recuento de la historia de sufrimiento de la Comunidad de Paz de San José de Apartadó, que ha optado por no dejarse involucrar en una guerra contra su voluntad. El relato que se consigna en este libro no se funda en la verdad de los medios ni en la verdad procesal del sistema judicial. De hecho, el padre Giraldo explica que “al menos tres décadas de contacto directo con las víctimas me han llevado a la convicción profunda de que la verdad de los medios y la verdad judicial se ubican a enormes distancias de la verdad real y están infestadas por varias dosis de mentira”.Leer más