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Evocación de los Desaparecidos del Palacio de Justicia

Martes 23 de noviembre de 2004, por Javier Giraldo M. , S.J.

Evocación de los Desaparecidos del Palacio de Justicia

Nos hemos reunido en esta tarde para conmemorar los cinco años del holocausto del Palacio de Justicia, y dentro de esa conmemoración, para recoger la memoria de quienes fueron allí víctimas de las formas más extremas de la crueldad humana. Esta memoria nos lleva a hacer un acto de fe en la dignidad humana y en el valor de la vida, bajo la inspiración del mensaje de Jesús.

Todos recordamos con estremecimiento aquellos dos días de tragedia:

acciones desesperadas que quisieron denunciar, por vías violentas, las incoherencias de un proclamado “proceso de paz”;

reacciones de funcionarios del Estado que quisieron competir en violencia con los violentos, desconociendo el precio de las vidas que allí estaban en juego;

la tragedia de tantos rehenes ajenos a esas instancias del conflicto, atrapados en el dantesco escenario donde por momentos se afianzaba el imperio de la muerte; el imperio del terror; el imperio de quienes pisoteaban cada vez con mayor audacia todas las conquistas de la civilización humana; el imperio de la barbarie, que parecía avanzar triunfante sobre los escombros de las leyes, de las tradiciones, de los principios y de los sentimientos más elementalmente humanos;

el desenlace fatal: esa impresionante fila de sobrevivientes que salían espantados de tan aterradora pesadilla;

la ansiedad de familiares y amigos que buscaban restos de vida entre los escombros del holocausto;

el descubrimiento progresivo de las dimensiones de la hecatombe, que fue produciendo un espontáneo silencio de perplejidad;

y finalmente, la búsqueda sin fin de aquellos sobrevivientes que desaparecieron tras los primeros interrogatorios, en los cuales se prolonga hasta hoy un crimen cada día renovado con sevicia.

El lustro que ya nos separa de aquellas fechas no ha cerrado las heridas. El tiempo no puede cerrarlas. Nunca lo podrá hacer.

Si hemos venido en esta tarde a leer de nuevo nuestros sentimientos en confrontación con nuestra fe, no podemos salir de aquí con amnesias tranquilizantes, con anti-cristianas resignaciones, con seudo-cristianas reconciliaciones.

Con un ilegítimo atrevimiento, quienes participaron en la primera toma del Palacio de Justicia, han hecho hoy un llamado al olvido, como si ellos hubieran sido los ofendidos por el holocausto y como si en sus manos estuviesen las decisiones fundamentales sobre nuestro futuro.

No. Los crímenes que allí se perpetraron no ofendieron solamente a determinadas personas; hirieron profundamente a la humanidad como humanidad. Pusieron en entredicho las posibilidades de convivencia civilizada entre los humanos; destruyeron con saña la legitimidad de las instituciones; derribaron con locura los pilares del Estado de Derecho y entronizaron la barbarie como principio de Estado.

El mensaje cristiano es ciertamente un mensaje de reconciliación y de perdón, pero no de reconciliación dañina y destructora ni de perdón irresponsable.

La reconciliación y el perdón que el Evangelio proclama tiene características inconfundibles:

Ante todo, su fundamento es la VERDAD. No puede apoyarse en el ocultamiento falsificador. Por eso, el sacramento del perdón se inicia con el rito de la CONFESIÓN, del reconocimiento del pecado, como base ineludible de una reconstrucción.

La reconciliación cristiana no puede separarse del arrepentimiento, del CAMBIO DE ACTITUD, de una verdadera transformación.

No puede concebirse tampoco la reconciliación cristiana sin una REPARACIÓN del mal que se hizo. Engañoso y dañino sería un perdón que deje a las víctimas destruidas; un perdón que deje intactas las estructuras y las condiciones que permitieron o propiciaron los crímenes.

Finalmente, la reconciliación cristiana es inseparable de un proyecto de transformación, de un verdadero PROPÓSITO DE ENMIENDA, que ofrezca frente al futuro los correctivos del mal.

En el momento trágico que vivimos, marcado por la más asombrosa impunidad, queridos familiares de los desaparecidos del Palacio de Justicia, convirtamos el dolor en fuerza de justicia, en fuerza de verdad, en fuerza de reconciliación, pero no de falsas reconciliaciones..

Fácil y tentador sería olvidar. Ya llevan un lustro de valiente denuncia, de sufrimiento, de martirio. Podrían algunos de ustedes decir: ya basta. ¿Por qué no olvidar ya nuestra tragedia y empezar una vida diferente, alejados de este conflicto y de esta pesadilla?

La memoria de las víctimas en esta tarde nos hace nuevamente conscientes de que ellas no eran solo miembros de cada una de sus familias, sino también de la gran familia humana que busca en la historia un horizonte de justicia y de fraternidad; que busca suprimir la destrucción del hombre por el hombre; que busca un mundo más habitable y humano, donde crezca una humanidad solidaria. Eran ellas miembros de una humanidad que fue herida por su holocausto, pero que a partir de su mismo holocausto se ve más impulsada a humanizar la historia.

La memoria de las víctimas nos hace nuevamente conscientes del misterio del ser humano: lleno de valores insospechados pero al mismo tiempo sumergido en el misterio del mal. Misterio del hombre iluminado por Jesús, constructor de un hombre nuevo en un mundo nuevo, horizonte fundamental de todas nuestras búsquedas.

Hagamos de la memoria de nuestras víctimas, en esta tarde, una fuerza constructora de ese hombre nuevo y de ese mundo nuevo, que se siga expresando en nuestra incansable exigencia de verdad, de justicia y de reparación. Por eso unamos su memoria al memorial de la muerte y de la resurrección de Jesús, memorial que los cristianos renovamos al celebrar la Eucaristía.

Javier Giraldo M., S. J.
Homilía en la Eucaristía del quinto aniversario de la masacre del Palacio de Justicia
En memoria de los Desaparecidos en el Palacio
Iglesia de San Ignacio, Bogotá, noviembre 7 de 1990.

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