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Evocación de nuestros Desaparecidos

Martes 23 de noviembre de 2004, por Javier Giraldo M. , S.J.

Evocación de nuestros Desaparecidos

Queridas madres, padres, esposas, hijas e hijos y amigos de los desaparecidos:

Al finalizar esta semana, consagrada por FEDEFAM para la denuncia y la memoria de todos los desaparecidos del continente, nos reunimos para un momento de oración; para hacer una lectura en la fe de lo que hemos vivido en estos años de tragedia; para recoger nuestros sentimientos que han sido ante todo de dolor, de angustia, de ansiedad, de justa ira, a veces de ansiosas esperanzas frustradas, a veces de desesperanza, de derrota y de vacío, pero también de deseo de lucha y de búsqueda. Queremos recoger todos estos sentimientos en un momento de meditación que nos ponga frente a los valores fundamentales que dan sentido a nuestras vidas.

Durante esta semana ustedes han tocado las puertas de la solidaridad a través de la denuncia pública; a través de foros, de carteles, de volantes y de manifestaciones. Han vuelto a recorrer las calles con esas banderas trágicas que llevan las fotografías de sus seres queridos, para recordarle a nuestra sociedad y al mundo un crimen que sigue clamando justicia.

Y detrás de esta semana hay ya años de lucha y de tragedia.

Todo fue comenzando cuando cada una de las familias de ustedes fue sacudida de repente por una noticia escalofriante, mucho más conmovedora y angustiosa que la muerte, natural o violenta, de un ser querido: la desaparición de un miembro de la familia. Un hecho que desde entonces rompió los precarios equilibrios emocionales de los hogares e introdujo una zozobra permanente, imposible de aplacar.

Una vez fue el hijo que salió a sus actividades cotidianas y nunca regresó. En las calles aledañas, colmadas de vehículos y transeúntes, lo esperaban al asecho misteriosos agentes, la mayoría de las veces amparados en la autoridad del Estado, para convertirlo en víctima de uno de los más horrendos crímenes contra la humanidad.

Otra vez fue el esposo o el padre, envuelto en los quehaceres políticos a que necesariamente lleva la búsqueda de una sociedad más justa, quien cayó en manos de oscuros agentes de represión ilegal y desapareció tras el rumbo zitzagueante de un vehículo sin placa.

Alguna vez fueron los cañones y tanques que oscurecieron con negros nubarrones el Palacio de Justicia para atrapar allí a víctimas inocentes, que desaparecieron al abrigo de humaredas, ruinas y cenizas de una masacre apenas consumada.

Otras veces fueron operativos y redadas, que siguiendo todos los procedimientos vedados en los códigos legales, capturaron a inermes ciudadanos al amparo de un silencio y de una soledad que se hizo garante del crimen y de la impunidad.

Luego vinieron las agotadoras jornadas de búsqueda; el recorrido angustioso por sitios de reclusión, hospitales, anfiteatros o parajes solitarios donde merodea la muerte. Todo aquello fue un encuentro macabro con la perversidad de que es capaz el ser humano cuando lo domina la ceguera del poder, del dinero o del egoísmo. Fue un encuentro macabro con la injusticia convertida en poder de muerte y de destrucción, plasmada en tantos cadáveres mutilados y torturados que rodearon nuestras búsquedas, en cuyas facciones quedaron grabadas las más impresionantes huellas del dolor humano.

Vino luego la etapa de la denuncia; fatigantes recorridos por oficinas y dependencias del Estado, donde se alternaban la desidia y el miedo, el engaño y la irresponsabilidad, la complicidad y la cobardía, el desdeño y la injuria, el encubrimiento y la ofensa. Todo esto puso a prueba la fe en las instituciones, la constancia y la fortaleza.

El amor a los seres queridos se fue confundiendo lentamente con el amor a todo un pueblo que va llegando a ser víctima del mismo flagelo, de lo que hay que llamar ya sin rodeos el Terrorismo de Estado.

Sé que muchos de ustedes han recorrido este camino doloroso con una fe tenaz en las posibilidades de que se haga justicia dentro de nuestras instituciones vigentes, pero también sé que se han sentado muchas veces sudorosos al borde del camino, con los nervios destrozados y con la esperanza deshecha.

Luego vinieron los llamados a la solidaridad; las marchas por las calles y las concentraciones en las plazas, donde fue necesario exhibir en trágicas pancartas las fotografías de los desaparecidos. Rostros que se hicieron familiares poco a poco para los transeúntes del mediodía y del atardecer, y para aquellos pequeños núcleos de incondicionales que siempre nos han acompañado. Rostros que han ido proclamando por calles y plazas la dimensión humana de una tragedia que enluta a cada vez más numerosos hogares colombianos. Rostros de hombres, de mujeres, de jóvenes, de ancianos y de niños que denuncian silenciosos la perversidad de aquellos que los hundieron en el silencio. Rostros convertidos en banderas y en clamor por la justicia.

Muchas de esas banderas nos hablan de hombres y mujeres que lucharon tenazmente contra la injusticia y que precisamente por ello pagaron el precio de la desaparición forzada.

Hoy todos esos rostros, cada vez más numerosos, se confunden en una sola bandera, en una sola consigna.

Como tantas veces lo han repetido las madres argentinas, sus marchas de protesta las llevaron a multiplicar sus hijos, a ensanchar el corazón materno y a considerar como hijos entrañables a esa multitud inmensa de los desaparecidos; a fundirse en una inmensa maternidad colectiva.

Hoy traemos ante el altar la memoria de todos nuestros desaparecidos. Traemos su dolor y todo el dolor de sus familias y de sus entornos sociales.

Pero al llegar ante el altar surge espontáneamente una pregunta: Y en todo esto ¿dónde está Dios? ¿Qué hace Dios ante estos crímenes? ¿Se queda impasibles? ¿Calla?

Un sobreviviente de los campos de concentración nazis, relata en un libro titulado “La Noche” que una vez, en el campo de concentración de Auschwitz, los SS o miembros de la policía secreta nazi, colgaron a dos hombres ancianos y a un adolescente en la mitad de un salón de prisioneros. Los ancianos murieron rápidamente pero el adolescente agonizó durante un tiempo prolongado ante la angustia de todos los prisioneros. Una voz gritó, entonces, detrás del autor del libro: “¿Dónde está Dios?”. Y él afirma que en ese momento entendió que solo había una respuesta posible: Dios no podía estar sino en la víctima. Si estuviera en sus verdugos, sería un criminal; si estuviera del lado de los indiferentes o de los impasibles, sería un injusto e indolente. Si Dios era Dios, solo podía estar, entonces, en ese adolescente victimizado.

Por muchos años o siglos hemos moldeado nuestra imagen de Dios sobre el telón de fondo del poder. Pero el Dios que se nos revela en el Evangelio es un Dios-Crucificado; el gran torturado de la historia; el que comparte el dolor humano y desde el dolor interpela, desde el dolor redime, desde el dolor salva, desde el dolor enseña, desde el dolor convierte, desde el dolor llama a la acción.

No busquemos una respuesta mágica ante el dolor y ante el mal, como si exigiéramos el privilegio de eximirnos de ellos o de suprimirlos por una intervención mágica de Dios.

La respuesta cristiana tampoco es la de la resignación. La respuesta cristiana es dejarnos interpelar por el dolor y desde él construir y moldear el futuro.

De aquí no podemos sacar sino una voz de aliento para continuar nuestra denuncia, nuestras protestas, nuestras búsquedas; para construir solidaridad y seguir sentando los cimientos de una sociedad más justa y más humana.

Cuando Jesús comprendió que su muerte era inminente, reunido con sus amigos, consagró este signo que ahora vamos a renovar: el signo del pan que se quiebra, se despedaza y se consume para dar vida, simbolizando su cuerpo entregado y sacrificado por la vida y el bien de la humanidad; y el signo de la copa de vino producido por uvas maceradas y consumido, como su sangre, para dar vida y conciencia a la humanidad.

A estos signos de la muerte y de la vida de Jesús, unimos hoy las vidas de nuestros hermanos desaparecidos, convertidos también en signos de muerte y de vida: de una vida que resurge de la muerte y de una muerte que engendra vida.

Javier Giraldo M., S. J.

Homilía en la Eucaristía por los desaparecidos, al finalizar la Semana del Desaparecido.

Iglesia de San Ignacio, Bogotá, mayo 30 de 1987.

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