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Inhumación de los restos de Luis Fernando Lalinde

Martes 23 de noviembre de 2004, por Javier Giraldo M. , S.J.

Inhumacion de los restos
de Luis Fernando Lalinde

Este momento es profundamente sagrado; no porque nos separe de alguna manera de nuestra prosaica, conflictiva y dolorosa cotidianidad, sino por aquella sacralidad que consiste en acercarse, en ciertos momentos privilegiados, a las dimensiones más profundas de la realidad; por aquella sacralidad que consiste en asomarse, no sin cierto estremecimiento, a las honduras de lo humano y experimentar contemplativamente cómo se hace la historia; cómo se construye su sentido con jirones de luz y de tinieblas, de gracia y de pecado, de muerte y de vida, de odio y de amor.

Y este momento es particularmente sagrado porque quiere concentrar, en un denso espacio celebrativo, 12 años de historia: esos 12 años que nos separan de la desaparición de Luis Fernando. 12 años durante los cuales, quienes siguieron de cerca y quienes seguimos de lejos los avatares de esta tragedia, navegamos estremecidos por dimensiones insospechadas de lo humano, que nos revelaron dramáticamente la capacidad de perversión y de crueldad que puede asentarse en el corazón humano, pero que nos revelaron también la capacidad de amor y de solidaridad que allí mismo se pueden generar.

Esta urna en que ahora descansan los restos incompletos de Luis Fernando materializa profundos valores espirituales. Allí toma cuerpo y se expresa hermosamente el respeto sagrado por la vida y por la dignidad humana; allí se expresan hermosamente el amor materno y el amor fraterno; allí se concentra un amor aquilatado por el tiempo y el dolor, por vigilias y pesadillas, por esfuerzos y sueños, por acciones y fatigas; por la tenacidad de la esperanza. Valores trascendentes que se arraigan, se nutren y se expresan en la fragilidad de la materia.

Esta urna rescata esos restos de escenarios y contextos que materializaron el desprecio, la crueldad y el odio; de escenarios donde se significó el desprecio por la dignidad humana y donde la naturaleza misma fue violada para que albergara el crimen y la prepotencia.

En un momento como estos se impone revivir esa memoria dolorosa, sobre la cual se construye, de todas formas, el sentido de esta celebración.

Se impone regresar con el espíritu a aquel trágico amanecer del 3 de octubre de 1984.

Luis Fernando debía cumplir una misión, encomendada por su partido, de rescatar y evacuar de la zona a uno o varios combatientes heridos; misión humanitaria que la ética y las leyes universales de la guerra no solo permiten, sino que, teóricamente, rodean de múltiples garantías.

La zona le era conocida, pues entre aquella población campesina él había desarrollado muchas tareas educativas y políticas.

Si pudiéramos penetrar en los sentimientos que debieron acompañarlo en aquel riesgoso viaje, encontraríamos seguramente en su alma sentimientos de temor, pero a la vez de coraje, de solidaridad y de amor. Difícilmente una misión de éstas puede cumplirse sin una conciencia profunda de fraternidad; sin sentimientos y convicciones que lleven a descubrir en las personas victimizadas por la injusticia, por la dominación y por la violencia del poder, hermanos, por cuya vida y dignidad vale la pena arriesgar la propia vida.

Los enfrentamientos bélicos de aquellos días llevaron a los efectivos del ejército hasta la vereda de Verdún, donde, a través de atropellos degradantes contra la población campesina, buscaban descubrir combatientes ocultos. Luis Fernando es capturado allí y plenamente identificado como profesional y como activista desarmado. Sin embargo le someten a torturas crueles e inhumanas en presencia de numerosos testigos. Una pesebrera se convierte en el primer lugar de suplicio; luego un árbol, donde es atado y torturado ante la mirada atónita de los niños de una escuela, quienes debieron grabar en su conciencia las dimensiones concretas de un Terrorismo de Estado, dentro del cual deberían sobrevivir y abrirse camino en la vida.

Al anochecer de aquel día, Luis Fernando es introducido en un camión militar que se interna por una vía solitaria, donde solo serán testigos de su suerte sus propios victimarios y la oscuridad de la noche.

En la vereda de Ventanas, del municipio de Riosucio, Luis Fernando es asesinado al amparo de la noche y sepultado allí mismo, en un lugar escarpado. Este hecho constituiría en adelante un férreo secreto de Estado. Sobre aquella agreste tumba debería construirse una muralla inexpugnable de desinformación, y la niebla debería cubrir para siempre todos los caminos que le dieran acceso.

Desde aquel primer momento, Doña Fabiola y sus hijos emprenden la prolongada y dolorosa peregrinación hacia ese sepulcro incógnito y sellado, pretendidamente inaccesible; hacia esa verdad oculta, cuya prisión era custodiada por los más encumbrados poderes del Estado; hacia ese ansioso reencuentro con su hijo, suspendido como un trágico péndulo que oscilaba sobre la frontera entre la vida y la muerte, entre el tiempo y la eternidad, como un perpetuo agonizante.

Militaban en su contra, para emprender este camino, enormes y poderosos obstáculos; los mismos que hicieron desistir a tantas otras familias que quisieron explorar ese difícil sendero: la indolencia y la prepotencia de los victimarios; los innumerables laberintos y atajos construidos durante décadas de impunidad; la intimidación; la calumnia; el hostigamiento y el terror; el "espíritu de cuerpo" de las instituciones incursas en el crimen; la complicidad generalizada de todas las instancias de poder; la enorme capacidad de engaño y de encubrimiento de quienes se conciben a sí mismos como "medios de información".

Militaban a su favor, para emprender ese camino, ante todo, el amor de una madre por su hijo y el amor de unos hermanos por su hermano. Amores que no pudieron ser doblegados por ninguna amenaza ni quebrantados por el desánimo, la frustración o la desesperanza que se cosechaban después de cada trámite oficial. Amores que vencieron los obstáculos de reveses económicos, de señalamientos sociales, de intimidaciones veladas o abiertas, de burdos montajes, de calumnias, de infames, arbitrarias y abusivas detenciones, de deterioros irremediables en la salud, de la profanación de los valores más queridos, de engaños, evasiones y fraudes, de la puesta a prueba más prolongada y desgastante de la constancia y de la esperanza. Amores que, por el contrario, crecieron y se fortalecieron al ritmo de su resistencia y de la tenacidad de su búsqueda. Amores que el tiempo no pudo borrar, ni la fatiga desestimular, ni el miedo hacer traicionar.

Y militaba también a su favor, para emprender ese camino, el patrimonio moral de la humanidad. Patrimonio moral que, en algunos casos, fue levemente despertado de su letargo en el soldado acosado por remordimientos de conciencia que revelaba algún pequeño detalle; en el juez que finalmente se decidía a practicar alguna prueba; en el funcionario que, a fuerza de ruegos y de lágrimas, aportaba finalmente algún grano de arena para ayudar a reconstruir el camino.

Patrimonio moral de la humanidad que se hizo vigilia militante en grupos y organizaciones humanitarias dispersas por el mundo y que formaron una cadena solidaria para despejar el camino hacia ese incógnito sepulcro y hacia esa verdad prisionera. Jóvenes, adultos y ancianos, mujeres y hombres, de las más diversas razas, lenguas, culturas y posiciones, que sacrificaron algún momento de su descanso para escribir mensajes al gobierno de Colombia; que visitaron embajadas; que publicaron artículos o volantes de denuncia; que utilizaron las más creativas formas para despertar la solidaridad de la especie y para exigir en todos los tonos que este crimen se esclareciera.

Patrimonio moral de la humanidad que se expresó en formas más institucionales en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos; en los grupos de trabajo y relatorías de las Naciones Unidas y en numerosas organizaciones no gubernamentales, de alcance nacional e internacional.

El camino fue largo y doloroso para llegar a esta tumba. Todo había sido intentado para impedir su identificación: el ocultamiento y cambio de su nombre; la destrucción de los pulpejos de los dedos; las exhumaciones clandestinas para manipular los engaños; las repetidas violaciones de la tumba para dispersar los restos y para ocultar las huellas más evidentes del crimen; la elaboración de informes amañados; la invención de circunstancias que intentaran legitimar el crimen por "intento de fuga"; el cambio de las muestras óseas para falsear los dictámenes científicos; el desconocimiento arbitrario de las pruebas; el recurso al paso del tiempo para justificar el "olvido del lugar" y para someter a la prueba del agotamiento la tenacidad de la constancia. Todo, todo fue intentado, pero el amor y la solidaridad todo, todo lo vencieron.

Extrapolando las palabras de Cristo en el Evangelio de San Juan que escuchamos hace unos momentos, podríamos decirle a Doña Fabiola con profundos sentimientos: "Madre, he ahí a tu hijo". Finalmente has encontrado su cuerpo destrozado, y eso era quizás lo que ansiosamente buscabas por encima de todas las barreras; por encima de todos los engaños; por encima de todas las pruebas de resistencia; por encima de todos los oprobios. Buscabas llegar hasta la cima del Calvario y poder ocupar allí tu lugar junto a la Cruz.

"Estaba junto a la cruz de Jesús, su madre ..." (Jn. 19,25). Este lacónico versículo del Cuarto Evangelio es denso en humanidad. En la austeridad de sus palabras remite a las más profundas y hermosas expresiones del amor humano. Quizás por ello este tema inspiró las más sublimes melodías a los grandes compositores: Vivaldi, Joaquín Deprés, Palestrina, Dvorak, Shubert, Rossini, Poulenc, Pergolese y muchos otros genios le dieron las más conmovedoras expresiones musicales al "Stabat Mater", ese himno medieval que tradujo en sentimientos y plegarias el lacónico versículo de Juan: la fugaz permanencia de María junto a la cruz de Jesús.

Pero el camino no ha terminado. Fue hallada la tumba, pero aún la verdad y la justicia permanecen en una oscura prisión. Largas jornadas nos esperan todavía para llegar hasta allí y lograr que sobre esa negra cárcel brille por fin la luz.

Seguiremos contando para ello con el patrimonio moral de la humanidad. La DESAPARICION FORZADA DE PERSONAS no es un crimen que afecte solamente a las familias de las víctimas; "constituye una afrenta a la conciencia del hemifesferio y un Crimen contra la Humanidad", en palabras textuales de la Asamblea General de la Organización de Estados Americanos. Es un crimen que afecta moralmente a la humanidad como humanidad.

Grande es la tentación de claudicar. No solo las enormes dificultades y obstáculos del camino, sino también argumentos y motivaciones que se inspiran en las estrategias políticas del momento, invitan a deponer la lucha por la verdad y la justicia en aras de un "perdón y olvido" del pasado, o de supuestas políticas de "paz y reconciliación", estrategias todas que manipulan y falsean profundamente los auténticos valores cristianos del perdón y de la paz.

Quiero recordar aquí la reflexión que me inspiró la lucha de las Madres de Plaza de Mayo, de Argentina, que han cumplido ya casi 20 años de tenaz perseverancia:

"Pienso en esas madres, cuya ronda de todos los viernes a las tres de la tarde es un ritual que habla a los más profundos estratos de la conciencia. Varias veces me acerqué a esa plaza como a un lugar sagrado. Aquellas mujeres vestidas de negro, con sus pañoletas blancas y las fotografías de sus Desaparecidos en sus manos, mantienen viva la conciencia moral del continente. Sicólogos, sociólogos, políticos y clérigos les han aconsejado en todos los tonos poner ya fin a su ritual.

* ¿Por qué seguirse identificando como las "madres de las víctimas"? ¿no es ésta acaso una identidad patológica?;

* ¿por qué no abandonar, con sentido de realismo, lo que es inalcanzable?;

* ¿por qué, en lugar de seguir fijadas en el pasado, no construir un futuro menos lúgubre?;

* ¿por qué sepultar definitivamente sus vidas en un interminable ritual funerario?;

* ¿por qué no perdonar a los victimarios y olvidar las pesadillas del pasado?;

* ¿por qué no luchar, más bien, por una reconciliación y una reconstrucción del país?.

Razones todas respetables para deponer su lucha, pero ellas han preferido continuarla. Han preferido seguir siendo una llama eterna que arde junto al sepulcro de la dignidad humana, donde ofician como intransigentes centinelas de su resurrección. Tienen la convicción de que a sus Desaparecidos, despojados cruelmente de su vida y dignidad, solo les quedó el derecho a la justicia, derecho del cual ellas jamás los despojarán mientras vivan.

¿Qué sería de nuestro continente sin este impresionante testimonio de humanidad?"

En nombre de esa humanidad que aún conserva tensionados los resortes espirituales de su conciencia moral: GRACIAS Doña Fabiola; GRACIAS Familia Lalinde, por el ejemplo que le han dado a nuestro país y al mundo, de no claudicar y de proclamar con su vida y su accionar una esperanza y una constancia a toda prueba; una fe inconmovible en los valores que dan sentido al ser humano y que estructuran, en sus estratos más profundos, la solidaridad de la especie humana.

Querido Luis Fernando, que ahora nos escuchas desde la otra frontera del Misterio:

Reunidos junto a tus despojos, queremos evocar, conmovidos, esos valores que estructuraron tu vida.

Queremos evocar tu rebeldía juvenil, que te hizo insobornable frente a la injusticia. Y la evocamos teniendo ante nuestra mirada uno de los signos más patéticos de la iniquidad que suele coronar las mayores injusticias: tu cuerpo destrozado y marcado con estigmas de tortura y de sevicia.

Queremos evocar tu amor militante, probado en el crisol del supremo sufrimiento, que te llevó a ofrendar tu vida en aras de la vida y dignidad de los desposeídos y de los ausentes de la historia.

Junto a la urna que guarda tus despojos, queremos renovar, finalmente, la experiencia pascual de los discípulos de Jesús, quienes, después de haber asimilado el misterio de la cruz, proclamaron, con la más inconmovible de las convicciones, el mensaje de la Resurrección.

Javier Giraldo M., S. J.
Homilía en la Inhumación de los despojos mortales de Luis Fernando Lalinde

Medellín, noviembre 19 de 1996, Parroquia de Santa Gema Galgani.

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