Desde los márgenes

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Inhumación de los restos de Nevardo Fernández

Martes 23 de noviembre de 2004, por Javier Giraldo M. , S.J.

Inhumación de los restos
de Nevardo Fernández Obregón

Cada vez que nos encontramos frente a unos despojos humanos, signo evidente de la fragilidad y de la caducidad de nuestra existencia terrena, nos preguntamos por el sentido que tiene nuestro vivir en la tierra, nuestro caminar por la historia.

Nadie tuvo jamás el privilegio de asomarse con clarividencia al momento final de su vida, para desde allí hacer opciones que le llevaran a recorrer su propia existencia por la ruta que mejor garantizara esta evaluación final: valió la pena vivir así.

La ausencia de esa seguridad nos lleva a apoyarnos en testigos de valores; en personas cuya vida pueda ser evaluada con esos “vale la pena”: vale la pena vivir así; vale la pena comprometerse así; vale la pena sacrificar lo que esta persona sacrificó para moldear su vida en función de los valores que le dieron sentido.

Todos nosotros, consciente o inconscientemente, buscamos testigos en los cuales fundamentar el sentido de nuestras vidas.

En la tradición cristiana la palabra “mártir”, que en el lenguaje común de los griegos designaba simplemente al que rendía un testimonio, fue reservada para designar al que testificaba, no con palabras sino con hechos, que había valores supremos a los cuales había que supeditar el valor de la vida misma.

Quizás en nuestro imaginario tradicional al mártir lo colocamos en la esfera del heroísmo, de lo tremendamente distante de nuestras experiencias cotidianas. ¿Por qué?

Tal vez por la idea distorsionada de que es mártir el que busca con audacia una muerte violenta, con evidente desprecio de su vida o idealizando el dolor y el tormento. Pero la sicología se ha encargado de mostrarnos que esas actitudes no son humanamente sanas sino que son síntomas de una patología que se ha llamado “masoquismo”.

La materia prima del martirio cristiano es el testimonio de los valores evangélicos. Es el esfuerzo que hace un cristiano por trasparentar en su vida los valores del Reino.

Sin embargo, el camino para hacerse ciudadano del Reino no está exento de contradicción, de conflicto y de sufrimiento. Ese camino implica necesariamente la ruptura y el enfrentamiento con el anti-Reino, o sea, con todo aquello que en el Evangelio de San Juan se llama “el mundo”, como símbolo de las fuerzas que se oponen al Reino. Por eso San Juan puso en boca de Jesús palabras como éstas:

“Mi Reino no es de este mundo” (Jn. 18,36)
“El mundo los odia a ustedes” (Jn. 15,19)
“Tendrán que sufrir mucho en este mundo, pero sean valientes, yo he vencido al mundo” (Jn. 16,33)
“Padre, no te ruego por el mundo sino por los que Tu me diste ... les he dado tu mensaje y por eso el mundo los odia” (Jn. 17,14)

Combatir la iniquidad del mundo y enfrentar las fuerzas del anti-Reino es, pues, una dimensión intrínseca de la existencia cristiana, sin que ello implique de ningún modo sacralizar el conflicto, el sufrimiento o la muerte.

Los poderes del mundo tienen una dinámica contraria al Reino, y en momentos decisivos revelan toda su fuerza de muerte en la destrucción del justo, en el asesinato del inocente, en la persecución a muerte de los que buscan la justicia. Y es allí donde el testimonio adquiere también su nivel supremo: cuando queda rubricado con la sangre.

Por eso entre los primeros cristianos los mártires no necesitaron canonización para ser venerados como tales; por eso también el martirio fue considerado como un don, como un regalo del Señor; como la consagración testimonial de una vida que había buscado asimilar los valores del Reino; como una victoria sobre las fuerzas de muerte del anti-Reino, victoria que fue simbolizada en la antigüedad cristiana con la corona y la palma.

Un martirio provocado o buscado intencionalmente no estaría exento de orgullo, de egoísmo, de soberbia, y por ello mismo no sería auténtico, pero el martirio encontrado ineludiblemente en el camino para hacerse ciudadano del Reino consagra el testimonio al rubricarlo con un sello inconfundible y, por lo tanto, como un regalo del Señor a la comunidad de los creyentes.

A mediados del siglo XVIII el Papa Benedicto XIV quiso expresar en un tratado sistemático sobre “La Beatificación y Canonización de los Siervos de Dios”, las características del martirio cristiano. Allí consignó estas condiciones de autenticidad:

La existencia de un perseguidor externo que intervenga de alguna manera en la muerte del mártir.
Que ese perseguidor inflija una pena al mártir hasta causarle la muerte.
Que la muerte sea infligida por odio a la fe cristiana o una virtud relacionada con ella.

El Papa advierte allí que no es necesario que el perseguidor mismo explicite su odio a la fe o a las virtudes cristianas, pues muchos mártires murieron a manos de católicos confesos. El odio a la fe o a las virtudes cristianas puede estar disfrazado bajo múltiples pretextos o puede estar presente en los instigadores o en los acusadores y no necesariamente en el perseguidor directo que inflige los tormentos y la muerte.

Si bien en épocas pasadas la fe se consideró principalmente como la adhesión a una doctrina, nuestra época ha recuperado la dimensión integral de la fe, entendiéndola como una opción de vida; como el compromiso o identificación con un sistema de valores que se funda en el Evangelio; como la adhesión a un testigo referencial de valores que es Jesús de Nazareth, elegido como eje de confrontación permanente con nuestra vida.

Esa opción hace del cristiano un militante de la construcción del Reino de Dios. Y aunque ese Reino tiene una perspectiva escatológica, la praxis cristiana se define como una búsqueda continua de aproximaciones históricas del Reino. Por eso el compromiso cristiano que se materializa en la lucha por la justicia, por la verdad, por la fraternidad, por la igualdad histórica, es, sin lugar a dudas, dimensión esencial de la fe.

A nadie se le oculta que ese compromiso, en la medida de su radicalismo, entra necesariamente en conflicto con quienes defienden y usufructúan estructuras injustas que destruyen y deshumanizan al ser humano, así sus defensores lleven la etiqueta de “cristianos”.

El odio y la persecución a una fe así entendida, asume, en nuestra época también, múltiples y sutiles revestimientos ideológicos que materializan la oposición a los valores del Reino en posiciones que gozan de una amplia aceptación social.

América Latina y Colombia han vivido en nuestra época una intensa era martirial con esas características, en que los poderes dominantes, casi todos representados por gobernantes y clases dirigentes que exhiben la etiqueta de “cristianos”, persiguen a muerte a cristianos que impulsados por su fe combaten la injusticia, desenmascaran el engaño y reivindican condiciones de respeto a la dignidad humana.

A la luz de esta teología del Martirio cristiano, en esta noche no podemos sino darle gracias al Señor por el regalo tan cercano que nos ha hecho en la vida y en la muerte de Nevardo.

Hace tres años los grupos cristianos de Neiva me invitaron a participar en el primer aniversario de la muerte de Nevardo y de sus tres compañeros de suplicio.

En los meses anteriores yo había pasado muchas horas leyendo, descifrando y seleccionando textos escritos y grabados, recogidos después de la muerte de Nevardo. Aparecían allí páginas de sus agendas; papeles que habían quedado entre las páginas de algún libro, en los que había escrito reflexiones, evaluaciones, oraciones, letras de canciones o poemas, cartas a su mamá o a sus amigos, todo ello recogido por Omar, su hermano, antes de que la realidad de su muerte los hundiera para siempre en el olvido.

También tuve entre mis manos los testimonios frescos de quienes vivieron cerca de él en los últimos años: los niños de la escuelita claretiana de “Filo de Hambre”; los pobladores de “Zona verde”; las madres maestras, los indígenas, los miembros de las comunidades de base y muchos de sus amigos.

A través de las páginas autógrafas de Nevardo, muchas de ellas escritas para su propia intimidad, era posible tener acceso a todos los repliegues de su alma. Allí expresaba con una frescura y espontaneidad que impresionaban, sus sensaciones, sus sentimientos, sus ideales y utopías, sus dolores y sus alegrías, sus momentos de luz y sus horas de tinieblas, sus presentimientos, sus autocríticas, sus propósitos, sus opciones. El corazón que allí se trasparentaba era ciertamente el de un muchacho de nuestros días, enfrentado a nuestra más cotidianas y concretas realidades, pero que buscaba, en lo profundo de esa cotidianidad, darle a su vida un sentido, inspirado en los valores del Evangelio.

Qué impresionante fue confrontar esas páginas dispersas de Nevardo con las impresiones de quines vivieron junto a él, expresadas bajo el dolor de su muerte. Allí se podían percibir las respuestas que iban generando su entrega, su trabajo, sus picardías y sus bromas, sus desórdenes, su estilo de vida, sus afectos. El perfil de su alma quedaba así completo al pulsar el mensaje que dejó en el corazón de quienes con él convivieron; de quienes a él se acercaron; de quienes por él se sintieron acogidos.

Por eso aquel viaje a Neiva para el primer aniversario lo viví como una experiencia profunda del sentido de la encarnación: aquellas calles con sus buses donde Nevardo se subía a cantar a veces para conseguir algunos pesos, acosado por su pobreza franciscana; aquellas casitas de Zona Verde donde él vivió, hirientes expresiones de la pobreza y la miseria; aquella pequeña isla en medio del Río Magdalena en donde quedó confinada la comunidad indígena, donde Nevardo pasó tantas horas enseñando canciones a los niños y acompañando los momentos de protesta y de zozobra de aquella comunidad, alrededor de la cual también se fue tejiendo la trama de su martirio; aquella marcha fúnebre de protesta, caminando bajo un sol calcinante al lado de tanta gente que cantó y protestó junto a él tantas veces al ritmo estimulante de su guitarra, todo aquello, en su prosaica inercia, se me revelaba como una preciosa materia prima de donde había podido salir una obra de arte del espíritu.

Se imponía entonces comprender que, Jerusalén o Neiva, Cafarnaún o El Gaguán, El Hobo o el Calvario; los tediosos mediodías o los frescos amaneceres; las riberas del Jordán o las del río Magdalena; las noches de miedo o las veladas de fiesta; la canción distensionante o los puños cerrados de la protesta; los días, las horas y los minutos enmarcados en el mal humor o en la euforia, en el entusiasmo o el desaliento, en la luz o en la oscuridad, todo eso y cada una de esas realidades, eran y son el lugar, y el único lugar, donde se pueden dar cita la gracia de Dios y la libertad humana para construir preciosas obras maestras de sentido.

La vida de Nevardo no debemos encumbrarla a las esferas del heroísmo, alejándola peligrosamente de nuestra cotidianidad que fue su suelo nutricio. Si lo hiciéramos, quizás pondríamos enormes obstáculos para recibir el don tan cercano que el Señor nos hace en su martirio.

Asesinado a sus 25 años, Nevardo estaba aún en búsqueda de lo que iba a hacer en su vida de una manera más estable.

Cuando termina su bachillerato se vincula a un grupo juvenil que no llena sus aspiraciones. Parecía buscar una manera auténtica de vivir la dimensión trascendente de su vida, fuera de todo lo convencional. Por eso se vincula por cerca de un año a la secta de los Mormones pero allí tampoco encuentra lo que busca. Luego se somete a la disciplina de ascesis y meditación que le ofrece la escuela oriental de los Brahmas Kumar. A las tres de la madrugada salía muchas veces de su casa en bicicleta para llegar a tiempo a los ejercicios del amanecer. Tampoco esta experiencia satisface su búsqueda aunque le deja elementos de disciplina que sabe apreciar. Presta el servicio militar en Arauca y todo da a entender que lo hace con entusiasmo y con sentimientos de patriotismo. Estudia durante algunos meses Arte y Teatro en la Escuela de Bellas Artes. Ingresa a la Universidad Distrital para hacer una licenciatura en Educación Primaria, proyecto que tampoco concluye, pues tiene un raro afán de entregarse a una práctica que canalice su desbordante energía. En 1984 asiste a una convivencia de aspirantes franciscanos, experiencia que lo marca profundamente. Encuentra en Francisco de Asís uno de esos testigos de valores que le conmueve sus fibras más íntimas y lo arrastra a caminar tras sus huellas. En ese mismo año pasa algunos meses en el Cauca al lado de Álvaro Ulcué; el testimonio de este sacerdote indígena, radicalmente comprometido con la liberación de su raza oprimida, lo marca también profundamente y le ilumina más de cerca el camino a seguir.

Un día de febrero de 1986, a la 1.15 de la madrugada, mientras espera un bus para irse a Neiva donde se vinculará a un trabajo popular largamente buscado, le escribe estas líneas a una amiga: “Ahora me voy a luchar por esos locos ideales”.

Inicia así el último período de su corta vida con un enorme entusiasmo. Está enamorado del Evangelio, el que ha leído bajo el prisma del testimonio de Francisco de Asís. Siente un atractivo irresistible por esa dama desconcertante que en algún día del siglo XII había seducido con extraños encantos al hijo del más rico mercader de Asís, Pedro Bernardone. Era la “Dama-Pobreza”. Con ella parte hacia su nuevo compromiso ya secretamente desposado.

La Escuelita Claretiana de “Filo de Hambre”; el sector marginado de Zona Verde; la Parroquia de Jesús Obrero, de los Franciscanos; la comunidad indígena del Caguán-Los Dujos, son los escenarios donde Nevardo vive su opción por el pobre, por el explotado, por los ausentes de la historia.

Allí se desempeña por un tiempo como profesor de primaria; organiza grupos de teatro; impulsa la vida de las comunidades cristianas de base; compone canciones y poemas; participa en luchas y protestas; se propone acercarse, con interés y con amor, a los problemas de aquellas humildes familias. Su amistad se vuelve cautivante para todos y él comienza a cargar sobre sí los problemas de los que le rodean.

Párrafos entresacados de algunos testimonios nos revelan el impacto que causa su presencia en aquel medio empobrecido:

“ ... Me parecía que había llegado alguien nuevo, alguien con vida, a darle ánimo al equipo” - Así se expresaba una compañera de trabajo-

“ ... tenía un valor humano de comprender a todos con sus diferentes problemas .... Ejemplo, el problema que yo tenía con el hijo mío. El fue el único ... que lo comprendió y lo supo apreciar a pesar de sus defectos ... Y pude comprender que él tenía un análisis, una sicología para la gente, como él me dijo: que todos no eran malos, como decía la gente, sino que había era que comprenderlos en sus defectos que tenían; que esos defectos ... de una manera o de otra eran por la situación que vivíamos ..” -Esto lo decía una madre de familia de uno de los barrios de la zona-

“... Para él, el hecho más gratificante este año fue el haber podido estar allá en el barrio donde estaba ... aunque él aspiraba incluso a una pobreza y a una humildad todavía más .... él deseaba no tener más que una o dos mudas de ropa .... Es que él era realmente una persona tremendamente especial, despegada de toda riqueza material, de toda aspiración a cosas materiales, pues para él contaba mucho era el trabajo que pudiera hacer con la gente ....” - Así lo veía una compañera de trabajo-

“ ... él, llegaba una persona con hambre al momento que él iba a comer, él sacaba el plato y se lo pasaba a esa persona, y él, con ver a esa persona, se sentía tan satisfecho que decía que con haberle dado ese pan a ese hermano, a esa hermana, para él era más que si él se lo hubiera comido; no le habría alimentado tanto como le alimentó lo que la otra persona se comió (...) También veía, por ejemplo, que iban a desalojar a una persona, a una madre de familia con sus siete, ocho o diez niños, para él eso era demasiado duro y él se ponía a fregar, a luchar, a hablar en la Personería, a hablar en la Alcaldía, a donde fuera, para ver cómo se le iba a rescatar el lotecito a esa señora, para que ella tuviera dónde meterse con sus hijitos ... “. -Así lo vio otra señora del barrio-

“ ... De Nevardo recuerdo como algo especial la capacidad de escuchar. Así tuviera recargo de trabajo, siempre estaba en primer lugar oír a la persona que lo necesitaba, sin hacer distinciones, pues dialogaba con niños, ancianos, jóvenes, etc. Eso sí, privilegiaba a las personas que pocas veces tienen quién las oiga ...” - Así se expresaba otra compañera de trabajo-

“Nunca pensó en sí mismo. Siempre estaba en una actitud de servicio. Cualquier cosa que le pidiera, enseguida estaba aquí (...) Fue una persona llena de ternura hacia los demás, de respeto hacia la mujer ...” -Así lo vio otra señora del barrio-

Nevardo vive toda esta experiencia como opción que busca moldear en su propia vida los valores del Evangelio.

El día que partió para Nieva escribió estas notas en su agenda:

Tengo muchas expectativas y un poco de temor ya que la ruptura es total y la entrega al servicio es realmente una opción difícil, pues tomar el camino angosto siempre nos cuesta y nos asusta. Pero el Señor camina con nosotros en los momentos difíciles y siento que la entrega es incondicional, para que el Señor nos tome como herramientas en la construcción de su Reino.

En su primer mes en Neiva su agenda registra esta especie de programa de acción:

“Dialogando con las personas de la comunidad se descubren los grandes problemas que la envuelven, tales como la falta de acueducto y la inseguridad. La noche anterior asesinaron a tres personas del sector que se compone de siete barrios. La politiquería que envenena los ideales comunitarios y que ha costado la desaparición de personas valiosas de la comunidad ha retrasado su proceso liberador. Se debe tejer un plan de trabajo que permita despejar y limpiar las mentes de tantos elementos aberrantes, cambiándolos por mejores caminos que respondan a las necesidades y exigencias de la comunidad, como el incremento del teatro popular, las comunidades eclesiales de base y los movimientos populares. El trabajo es largo y dispendioso, pero pondremos todo lo que esté a nuestro alcance, sin desilusionarnos en momentos difíciles.”

Un año después escribiría, en una carta a su mamá, estas impresiones:

“He comenzado a vivir junto a los Frailes nuevas experiencias, con quienes comparto esta vida difícil pero gratificante y llena de encanto. Me he sentido bien. Es el Señor quien actúa, aunque no sepamos por dónde nos conduce ni cuáles serán sus planes, pero lo importante es mantenerse firme, aun cuando tengamos miedo.”

Una nota de cuaderno nos permite sorprenderlo en un momento de diálogo íntimo consigo mismo, en el fondo del cual descubre la presencia misteriosa y silenciosa del Señor:

“¿Qué quieres de mí?
Háblame claro para vencer el miedo.
Ser discípulo de Jesús.

¿Qué puedo hacer por mi pueblo?

El es un profeta, pero yo no.

¿Cómo responder a las tentaciones?

Somos débiles.

¿Qué es lo que quieres?

Nos hace falta pensar, prepararnos;
todo lo hacemos a la carrera y mal hecho.
Hace falta la oración.
Oración y ayuno motivador de nuestra misión.
Comprender lo humilde;
fieles a Dios.
Vivir más de acuerdo con los pobres.
Ser disciplinados y organizados.
Pensar, reflexionar, no caer en el activismo,
organizar la práctica, planearla bien,
actuar en la práctica.

Ayuno, oración,
organizados, disciplinados,
saber lo que vamos a hacer y cómo.

¿Qué es lo que quieres?”

Las letras de sus canciones, compuestas al vaivén de luchas y protestas, de obras de teatro y de momentos de oración, van reflejando su inserción en aquel medio que solo puede producir rebeldía en un corazón sensible. Este canto de 1987 trata de expresar los resortes íntimos de su canción:

“Miseria es vivir en soledad
vivir esta vida sin pensar en los demás.
Miseria es de los engaños no tomar conciencia
olvidar al pobre
y al rico hacerle venia.

Miseria es cantar solo por amor
y olvidar a aquel que de hambre

en la calle murió.

Por eso hoy no canto por amor.
Por eso siempre llevo una canción:
la canción de la libertad
para este mundo que en la miseria está.”

En uno de sus cuadernos dibujó un crucifijo con una guitarra al través y escribió junto a él estos versos:

“Procura que tus cantos
vayan al pueblo a parar
aunque dejen de ser tuyos
para ser de los demás;
que al fundir el corazón
con el alma popular
lo que se pierde de gloria
se gana en eternidad”.

Los días y los meses, las horas y los minutos, iban materializando, entre momentos de alegría y de tedio, de euforia y de cansancio, de luz y de oscuridad, la realidad de una consagración . En uno de sus cuadernos dejó escrita esta preciosa oración de consagración :

“Hoy me consagro a Ti, Señor,
con todos mis errores y mis fallas.

Comienza un nuevo vuelo,
vuelo de las tinieblas a la luz.

Y si antes caía buscando las tinieblas,
como ciego espiritual,
ahora, si caigo, será buscando la luz.

Ese vuelo de paz y amor que comienza
no puede llevar sino a Ti
que eres la fuente de la justicia,
del amor, de la paz y de la verdad,
pues toda verdad nace de Ti
y a Ti confluye.

Sé que he caído muchas veces
y me he levantado de nuevo,
ahora estoy asustado, inseguro, incapaz,
pero así te ofrezco tantos esfuerzos y sufrimientos,
ahora no mis limitadas fuerzas
sino junto a Ti, sacando de mi interior
todo aquello que me cierre el camino.

Y al encontrarte creeré en mí,
pues aquí dentro es donde Tu estás,
y seremos uno
a la locura hecha luz.”

El cristiano locamente enamorado del Evangelio trata a veces de reproducir en su vida las vivencias mismas de Jesús. Así lo hicieron muchos santos en algún momento de su itinerario espiritual.

Una señora cuya casa frecuentaba Nevardo me contaba que él un día le había comentado entusiasmado que ya había descubierto el camino hacia el Desierto de la Tatacoa y que pronto iría allá a pasar 40 días de ayuno y oración, alimentándose solamente de pan y agua.

Mucha gente recuerda también aquella Semana Santa en que Nevardo hizo el papel de Jesús. La víspera del Viernes Santo ayunó, para vivir en profundidad el drama de la Pasión, identificándose lo mejor posible con el papel que representaba.

A mediados de 1987 sus actividades comienzan a ser sutilmente vigiladas por los organismos secretos del Estado. Un joven venido de fuera a insertarse en aquellos medios de pobreza y de miseria resulta altamente “sospechoso”; los mensajes de sus canciones son una aguda crítica al Establecimiento; el entusiasmo que despierta en las masas empobrecidas puede ser una “bomba de tiempo”; su presencia frecuente en aquella pequeña isla del Río Magdalena donde una comunidad indígena lucha decididamente por su derecho a la tierra, es algo que perturba el “orden establecido”. Nevardo es, pues, sin duda, un “subversivo”.

Misteriosos personajes en moto comienzan a intimidar a amigas cercanas que participan en el grupo de teatro. Les advierten que deben retirarse de ese grupo si no quieren morir pronto. Entre tanto, las luchas en la isla se agudizan. Personas armadas comienzan a merodear las entradas a la isla y la comunidad indígena tiene que extremar sus medidas de seguridad. Miembros de esa comunidad comienzan a ser ilegalmente detenidos.

El círculo del miedo se empieza a cerrar en la medida en que las intimidaciones se multiplican. Nevardo comienza a vivir sus horas de Getsemaní. Esta oración angustiosa encontrada en una de sus libretas debió corresponder a esa coyuntura:

Estoy angustiado y dolorido,
no sé qué me pasa,
es como si me apretaran la garganta.

Señor: esa luz que Tu me das
por momentos se apaga
y no aparecen sino tiniebla.

Sin embargo, seguiremos adelante.

Haz de mí lo que quieras.
Llévame al lugar del sacrificio
pero no me dejarás solo.

Así tenga que caer
me levantaré y lucharé
aun cuando no me sienta bien.

Y hasta el final estaré contigo
en el amor a mis hermanos
”.

También en uno de sus cuadernos fueron hallados un dibujo y unos versos, con fecha del 9 de septiembre de 1987. Allí se reflejan tristes presentimientos asumidos con una conmovedora generosidad. En el dibujo se ve un ave que vuela sobre un paisaje oscuro cruzando el mar, en cuyo horizonte apenas el sol se asoma. En los versos dice:

Ya no se encontrarán mis ojos en tus ojos
ya no se endulzará junto a ti mi dolor
pero a donde vaya llevaré tu mirada
y hacia donde camines llevarás mi dolor.

Seguiré volando en la oscuridad
hasta encontrar la luz
que luego daré con mi vida
a los humildes y sencillos.”

Estos versos los rubrica con el seudónimo que tanto le fascina: “ Francisco Puebla ”.
.

A comienzos de octubre de 1987 se organiza un Comité de Apoyo a los Indígenas y Nevardo es uno de sus integrantes. Tocan muchas puertas de solidaridad con el fin de que esa comunidad, despojada de sus derechos más elementales, se sienta fortalecida en los momentos más decisivos de su lucha por la tierra. Una señora del barrio escribiría después esta nota:

“Vino a contarme que habían organizado un Comité de Apoyo a los Indígenas y que él había quedado dentro de ese Comité; que se iban a reunir para ver algunas tareas. Lejos estaba yo de imaginarme que ese Comité era su sentencia de muerte.”

El 22 de octubre de 1987 Nevardo se da cita temprano con Luz Stella Vargas, amiga cercana y compañera en el grupo de teatro, con Carlos, el Gobernador de la comunidad indígena, y con Salvador, un joven indígena. Debían dirigirse a la vereda Los Rosales, del municipio de Campoalegre, donde un grupo de campesinos también luchaba por defender su tierra.

Llegan a Campoalegre y visitan una cooperativa donde reciben indicaciones para llegar a Los Rosales y dinero para el transporte. Hacia las 9.30 de la mañana se dirigen a tomar un bus pero en el trayecto son detenidos por la Policía del lugar.

Toda la secuencia del crimen estaba al parecer minuciosamente preparada. Esa misma mañana había salido de Neiva una camioneta de la SIJIN (cuerpo de inteligencia de la Policía) con dos oficiales y cuatro agentes, con dirección al municipio de El Hobo, pero permanecieron en Campoalegre algún tiempo, en momentos que coincidieron exactamente con la captura de Nevardo y de sus compañeros.

La comunidad indígena esperaba a su gobernador a comienzos de la tarde para otra reunión. Al ver que no llegan, se alarman. Los momentos que han estado viviendo son de extrema zozobra.

Inmediatamente organizan dos comisiones de búsqueda. Una de ellas llega a Campoalegre hacia las seis de la tarde y preguntan en el comando de la Policía si hay detenidos. La policía responde que no hay ningún detenido, aplicando todas las tácticas criminales de la Desaparición Forzada de Personas. Los indígenas se arrepentirían más tarde de haber creído con tanta ingenuidad en la respuesta, cuando algunos de ellos pudieron observar rostros y manos que se asomaban por entre las claraboyas de los calabozos.

Las investigaciones posteriores pudieron establecer que hacia las 5.30 de la tarde de aquel día dos agentes de la Policía de Campoalegre salieron, en trajes civiles, con dirección a El Hobo, donde sus nombres no serían registrados en los libros de Minuta de Guardia. Todo da a entender que esos agentes, emisarios de la muerte, iban a seleccionar el lugar secreto y seguro del suplicio. La misión de esos agentes, así como la del grupo de la SIJIN que había salido de Neiva en la mañana, quedaba registrada con extrema vaguedad: habían salido a realizar “labores de inteligencia”.

Un testigo observaría furtivamente que hacia la media noche del jueves cinco personas eran sacadas del Comando de la Policía de Campoalegre y subidas a un camión.

Al amparo de la noche y de la oscuridad, los victimarios condujeron a sus víctimas hasta la quebrada Zanja Honda, un poco más adelante del caso urbano de El Hobo, donde los sometieron a crueles torturas hasta arrancarles la vida.

Los perros de las fincas “Buenavista” y “La Australia”, cercanas a Zanja Honda, latieron sin interrupción durante dos horas, mientras se consumaba la masacre. Único sonido de alarma que denunciaba en el silencio de aquel oscuro amanecer del viernes, el crimen que clandestinamente ejecutaban seres que se dicen “humanos”.

Tras dos días de angustiosa e intensa búsqueda, los indígenas encuentran los cuerpos destrozados y descompuestos al medio día del domingo 25. Los conducen hacia Neiva donde llegan al anochecer. El grado de descomposición de aquellos cuerpos no permite siquiera una tranquila ceremonia exequial. Rápidamente se organiza una marcha hacia el cementerio hacia las 9 de la noche. Un millar de personas se congrega para expresar agitados sentimientos de protesta y de dolor, de gratitud y de solidaridad, de indignación y de nostalgia.

Según el acta de una precipitada y negligente necropsia, Nevardo habría sido asesinado de dos disparos en la región temporal izquierda de su cabeza. En la difícil exhumación de sus restos se comprobaría que su cráneo había sido destrozado con objetos corto-contundentes. La Procuraduría dejaría constancia, además, de que aquellos cuerpos habían sido rociados con ácido, como forma de tortura.

Nevardo había concluido así la aventura de su compromiso “ con esos locos ideales ”. Había querido hacerse constructor del Reino en un medio empobrecido y había pagado generosamente el precio que le fue demandado.

Cómo no recordar aquella página que había escrito un día, en sus tiempos de la Universidad, haciendo una reflexión sobre su cuerpo:

“Me pregunto: ¿qué será de mi cuerpo? Así como ha soportado tantas cosas, ¿qué otras cosas tendrá que soportar? Considero que es fuerte, no por su forma atlética, sino porque en circunstancias adversas no se ha doblegado y ha dado mucho más de lo que esperaba de él. Pero, bueno, al pensar en tantos cuerpos humanos mutilados, masacrados, asesinados, explotados por nuestro sistema, ¿qué pasará? Tal vez uno de esos cuerpos sea el mío en el futuro. No lo sé. Hay tanta violencia que de pronto ni mi cuerpo pueda escapar a ella. Solo el tiempo dará la respuesta. Lo único que espero es poder asumirlo lo mejor posible”.

Cómo no recordar también aquella pequeña nota que escribió en su libreta, en 1984, cuando asistía a la convivencia de aspirantes franciscanos:

“Francisco, Señor:
déjame sentir tus sufrimientos.
Que yo pueda compartir tu dolor
si me crees digno.”

Cuántos versículos del Evangelio de agolpan en la mente y en el corazón para sugerirnos profundas reflexiones junto a su sepulcro:

“No he venido a traer la paz sino la espada” (Lc. 10,34)

“No teman a los que masacran el cuerpo pero no pueden doblegar el alma” (Lc. 10,28)

“No es el discípulo mayor que su maestro. Si me persiguieron a mí, también los perseguirán a ustedes” (Jn. 15,20)

“Los llevarán a sinagogas, los harán comparecer ante reyes y gobernantes por causa mía ...” (Mc. 13,9)

“ ... Llegará un tiempo en que incluso aquel que les dé muerte pensará que hace un homenaje al Padre que está en Cielo” (Jn. 16,2)

“Nadie tiene un amor más grande que aquel que da la vida por sus amigos ...” (Jn.15,13)

“Vengan bendecidos por mi Padre a poseer el Reino ...
porque tuve hambre y me dieron de comer;
tuve sed y me dieron de beber;
estuve sin techo y me albergaron;
estuve desnudo y me vistieron;
estuve enfermo y me visitaron;
estuve en la cárcel y fueron a verme ....” (Mt. 25)

Cómo se aplica este último texto de manera tan real a Nevardo! :

[Diría el Juez:]

Ven con ellos Nevardo, bendecido por mi Padre,
porque cuando viví en ranchos miserables, sin ningún atractivo, tu te acercaste a compartir mi pobreza .. cuando fui despojado de las tierras de mis ancestros y confinado a un islote que se inundaba, sin poder cosechar alimentos, tu estuviste a mi lado, en mis angustias y protestas, incondicionalmente solidario ...
cuando me acerqué con hambre a tu pobre mesa, tu me cediste tu alimento ...
cuando me desalojaron, dejándome a la intemperie con mis niños, tu no descansaste hasta conseguirme un techo ...
cuando descubriste que mi conciencia había sido enceguecida por quienes me explotaban, tu te acercaste con ternura y con paciencia, y a fuerza de canciones y de obras de teatro, me la despejaste, me la limpiaste ....

[Nevardo replica:] Señor:
siempre quise escuchar tu voz;
en muchas horas de oración te grité, pero nunca me hablaste.

Quise que me hablaras claro para despejar mis caminos;
quise tener algún consuelo
y saber si lo que estaba haciendo
respondía a tus planes,
a tus proyectos sobre mí;
pero solo obtuve como respuesta
un desconcertante silencio.

[Y el Señor responde:]

Te lo aseguro, Nevardo,
yo no tengo otra voz en la historia
que el grito de los expoliados.

He sido víctima de todas las guerras y de todos los conflictos;
he estado en todas las cárceles y en todos los tugurios;
he sentido todas las hambres y todos los dolores;
yo no sé sino clamar
y gritar

y llorar.
Esa es mi voz.

Te lo aseguro, Nevardo,
cuantas veces lo hiciste .... conmigo lo hiciste.

“Muy bien, servidor bueno y leal,
porque fuiste fiel en lo pequeño, te confiaré lo grande.
Entra ya en el descanso,
En la fiesta sin fin de tu Señor”. (Mt. 25, 21 ss)

Durante estos cuatro años que nos separan e su muerte, múltiples y extrañas circunstancias se confabularon para hacer desaparecer su tumba. Solamente el testimonio de aquellas piadosas mujeres que habían acudido sagradamente cada lunes para orar sobre la tierra que había cubierto sus despojos, nos dio seguridad para cavar y rescatar estos restos que hoy tenemos aquí junto a nosotros.

Este templo colonial de San Ignacio, varias veces centenario, cuyas hermosas estructuras y decorados nos transmiten artísticamente los símbolos de la santidad de otras épocas, recibe esta noche estas sagradas reliquias. Ellas seguirán proclamando entre nosotros la indestructible, la perenne, la siempre nueva vitalidad del Evangelio.

Javier Giraldo M., S. J.
Homilía en Eucaristía de Inhumación de los restos de Nevardo Fernández.
Iglesia de San Ignacio, Bogotá, 23 de octubre de 1991.

ORACIÓN SOBRE EL FÉRETRO

Señor Jesús
que entraste en la gloria del Padre
a través de la ignominia del Calvario:
Bendito seas en todos aquellos
que prolongan en la historia
la fecundidad redentora de tu cruz.

Querido Nevardo
que ahora nos escuchas desde la otra frontera del misterio
gozoso ya entre la multitud de aquellos
que lavaron sus vestidos en la sangre del Cordero:

Ciñe la corona en tu cráneo destrozado
y toma en tus manos la palma,
símbolos con los que la tradición cristiana
adornó los iconos de los testigos ensangrentados del Señor,
y ven y camina con nosotros.
Te necesitamos de veras.

Antes de cerrar nuevamente tu sepulcro
escucha las súplicas que te hacemos:

Vuelve a llenar de alegría las comunidades y grupos cristianos
con tus cantares libertarios;
donde hay desaliento
vuelve a inspirar el optimismo y la esperanza;
donde hay miedo
infunde valor;
donde hay divisiones
haz que todos vuelvan a mirar al norte:
al hombre oprimido que busca su concreta liberación,
rostro inconfundible del Señor Jesús.

Recibe la aspersión del agua
que recuerda tu Bautismo
el que ratificaste con tu vida y con tu sangre.

Recibe el homenaje del incienso,
signo con que la tradición cristiana
honró los cuerpos humanos
como templos que fueron del Espíritu
y respuesta silenciosa
a quienes profanaron tu cuerpo.

Ve luego por el mundo,
por nuestros tortuosos caminos llenos de luchas y conflictos,
proclamando, como siempre lo hiciste,
que la voz de Dios no se pierde
y que el amor de Dios no se acaba.

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