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Inhumación de los restos de víctimas de Trujillo

Martes 23 de noviembre de 2004, por Javier Giraldo M. , S.J.

Inhumación de los restos

de víctimas de la masacre de Trujillo

Nos hemos congregado hoy alrededor de estos restos mortales de hermanos nuestros de esta región de Trujillo, Bolívar y Riofrío, que entre 1986 y 1994 fueron sacrificados, dentro de un proyecto intencional y sistemático de destrucción de vidas humanas, en el cual participaron, de diversas maneras, activa o pasivamente, todas nuestras autoridades.

Aquí están sus despojos y aquí está su memoria, como el signo más tenaz de resistencia frente a las fuerzas que han querido reducir sus vidas al olvido, al silencio o a la nada; frente a los que han querido que la historia pase sobre sus tumbas sin detenerse un instante; frente a los que han querido borrar, mediante el terror y la amenaza, la cruda realidad de sus cuerpos ensangrentados; realidad preñada de densos interrogantes que erosionan la legitimidad y el sentido de nuestras instituciones.

Estas urnas guardan sagradamente el último reducto de resistencia de esos cuerpos humanos: esa materia que conserva sus códigos genéticos, donde se concentran las huellas de su linaje y la historia de sus sufrimientos y de su interacción con la madre naturaleza, así como las huellas de la barbarie que les arrancó la vida con sevicia.

Cuerpos humanos en que se tejieron las vidas de campesinos, jornaleros, amas de casa, conductores, educadores, artesanos, desempleados; hombres y mujeres; ancianos, adultos, jóvenes y niños. A todos ellos los hermanó la muerte violenta para convertirlos en una comunidad interpelante, que desde su humanidad destrozada desestabiliza permanentemente nuestros intentos constantes de olvidarlos o de silenciarlos.

Durante muchos años, esta comunidad interpelante nos habló desde el silencio, tratando de atravesar gruesas capas de miedos y terrores, o de egoísmos colectivos que insistían en negociar tranquilidades futuras, pagando como precio la dignidad y los valores humanos más sagrados. Sin embargo, no fue posible silenciar esas voces, porque el sentido de la dignidad humana aún no ha muerto, ni en Trujillo, ni en Colombia, ni en el mundo, a pesar de la barbarie que nos envuelve y a pesar de las lecturas inducidas por los medios masivos de desinformación, que tratan de convencernos todos los días de la inutilidad y estupidez de nuestra lucha por otro mundo posible, puesto que eso equivaldría, según ellos, a oponernos al movimiento “normal” de la historia, que exige sacrificar a las mayorías humanas para que una minoría pueda disfrutar paradigmáticamente los recursos del mundo.

Podríamos decir que hoy la comunidad interpelante de las víctimas de Trujillo se consolida y adquiere una personería más relevante, para ejercer en adelante un papel imprescindible en nuestra historia. Hoy abandonan sus sepulcros dispersos, hundidos en el anonimato, en el silencio o en la clandestinidad, para erigirse como una voz colectiva y potente, que interpela con fuerza a nuestra nación y al mundo. Este Parque Monumento, que será su morada, será un mensaje y un grito permanente, donde los cuerpos silenciados y ensangrentados resisten, hablan, gritan, dialogan, protestan, interpelan, sacuden las conciencias y desestabilizan la iniquidad reinante. Y lo hacen desde la libertad soberana de quienes ya no son vulnerables al dolor ni a la amenaza, y desde la desnudez de unos huesos que se han despojado ya de pasiones y de angustias para poder proclamar, sin intereses ni egoísmos, la verdad desnuda de la dignidad humana.

En este Parque Monumento quedará también la memoria y la impronta material de nuestros desaparecidos, como una afirmación todavía más audaz de resistencia. Sus victimarios buscaron, sin duda, eliminar el último reducto físico de su resistencia, que era su cuerpo, pero no cayeron en la cuenta de que las vidas humanas son también textos, que se encarnan con facilidad en otros medios físicos, y así resisten con mayor audacia a los intentos de exterminio. No estarán, pues, allí, en el Parque Monumento, los restos óseos de nuestros desaparecidos, pero es un hecho que la ausencia ósea se traduce siempre en una presencia textual más intensa, porque más intenso también ha sido el dolor que ha hundido su presencia y su memoria en nuestro mundo físico. Nunca los victimarios se imaginaron que el dolor es también fuente de conocimiento y de presencia y conductor potente de energía memórica, así como también es vientre fecundo que reproduce y recicla las existencias destruidas para volverlas a dar a luz en otros mundos posibles y soñados.

Este Parque Monumento será, pues, un gran sepulcro animado, donde nuestras víctimas dialogarán con sus familias y con sus comunidades, con el país y con el mundo, sobre los sueños truncados y sobre las esperanzas amordazadas.

Este Parque Monumento será también una cátedra, desde donde se impartirán lecciones de resistencia, de solidaridad y de dignidad.

Este Parque Monumento será también un templo sagrado, donde se podrá venerar los valores prohibidos por nuestro Establecimiento y por nuestras sociedades deshumanizadas.

Este Parque Monumento será también una hoguera, donde vendrán a calentarse los que transitan por nuestras estructuras heladas que congelan la vida.

Este Parque Monumento será también un centro de convenciones, que convocará permanentemente a quienes quieran unirse en el grito unánime de NUNCA MÁS, que proscriba hacia el futuro las atrocidades de nuestro pasado y de nuestro presente.

El centro vital de ese Parque Monumento serán estos cuerpos ensangrentados. Ellos mantendrán viva la memoria y la resistencia creadora.

Hoy nos hemos congregado aquí en Trujillo, viniendo en peregrinación desde lugares remotos, convocados por la convicción de que esta historia de muerte que nos envuelve no puede pasar a nuestro lado mientras volvemos la mirada hacia otros horizontes para no ver el horror que nos agobia.

Esta concentración es una afirmación de la memoria y una protesta poderosa contra el olvido y la inconciencia.

Se nos ha dicho y repetido, con los más diversos lenguajes, que las soluciones a nuestra tragedia pasan todas por el olvido del pasado y por un “perdón” que se identifica con la impunidad y que es presentarlo ilegítimamente como “perdón cristiano”, cuando en lugar de sentar bases sólidas de una nueva fraternidad, lo único que hace es configurar el futuro a la medida de los sueños de los victimarios.

Nos han infundido mil temores frente a la memoria, como si fuera un detonante de nuevas violencias, o como si fuera la más peligrosa droga desestabilizadora de nuestra salud mental. Sin embargo, basta recurrir a la experiencia más elemental de nuestra humanidad, para descubrir que la memoria es el eje sobre el cual se construye la identidad de los seres humanos psíquicamente sanos y de los pueblos inmanipulables que no se avergüenzan de su identidad y que desde esa conciencia son capaces de humanizar la historia. Solo la conciencia profunda y asimilada de lo que nunca se debería haber tolerado, hace que las personas y los pueblos puedan enfrentar el futuro con la seguridad, la esperanza, el optimismo y la alegría de quienes se reconocen en camino hacia una realidad más humana.

Solo la memoria nos permite ser concientes de aquello que nos destruye para poderlo erradicar con eficacia. Como lo expresa una frase muchas veces confirmada por la historia: “un pueblo que ignora su pasado está condenado a repetirlo”. Y si ese pasado es doloroso, con mayor razón su repetición será destructiva.

Ya lo han afirmado documentos cruciales de las Naciones Unidas: “El futuro de un pueblo no puede construirse sobre la ignorancia de su historia; el conocimiento, por parte de un pueblo, de la historia de sus sufrimientos, pertenece a su patrimonio cultural y como tal debe ser preservado” (ONU, doc. E/CN.4/Sub.2/1993)

Esta concentración de hoy, aquí en Trujillo, a poca distancia de esos lugares, rurales y urbanos, que quedaron marcados para siempre con el recuerdo de dolores infinitos y de crímenes sin nombre; a poca distancia del Río Cauca que sepultó en sus aguas tantos cuerpos destrozados; y alrededor de estos despojos humanos ensangrentados y de estas urnas en que cobra vida el texto vital de nuestros desaparecidos, es una afirmación solemne, multitudinaria y potente del valor de la memoria.

Queridos peregrinos: este signo debería multiplicarse en todos los rincones ensangrentados de nuestra patria. Solo la memoria, reflexionada profundamente, puede sostenernos en una camino alternativo al de la destrucción de nuestros valores más sagrados.

Unámonos, pues, en una plegaria conciente y esperanzadora, alrededor de este inmenso Cuerpo Humano masacrado - Cuerpo de Cristo y Cuerpo de Nuestro Pueblo - que hoy se reviste para nosotros de inusitado realismo, en este Parque Monumento.

Javier Giraldo M., S. J.
Homilía en Eucaristía de Inhumación de los restos mortales de cerca de 90 víctimas de la masacre de Trujillo (1986-1994)
Trujillo, Valle, junio 2 de 2002 - Fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo

Bendición de los sarcófagos

Señor de la Vida y de la Historia:
míranos aquí y ahora
rodeando conmovidos la carne destrozada de tu pueblo;
cuerpos ensangrentados que nos interpelan
y que nos revelan la capacidad de maldad que puede anidar en el corazón humano
cuando destruye vidas y tejidos familiares y sociales,
proyectos y sueños,
protestas y resistencias
que encarnaron búsquedas de justicia
y afanes angustiosos de supervivencia.

Hoy queremos erigir estos despojos
en un retablo memorial
que hable con fuerza a nuestras conciencias;
que destierre y exorcice las inercias y silencios
que nos llevaron a seguir tolerando
lo que no debió tolerarse jamás.

Bendice estos sarcófagos.
Purifícalos de las huellas de ignominia
asociadas a la memoria de sus victimarios,
para que sean en adelante signos de esperanza,
signos de resistencia y de dignidad,
señales de ruta que anuncien un mundo nuevo
donde tendrán su morada la justicia, la fraternidad y la paz,
donde no habrá más llanto ni luto ni dolor;
y donde nuevas formas de convivencia
desterrarán para siempre
el ejercicio opresor del poder.

Convierte estos féretros
en un mensaje permanente y elocuente
enclavado entre las colinas del paisaje trujillense
y resaltado por múltiples expresiones de vida y de belleza
de nuestra madre naturaleza.
Que sea un mensaje
dirigido a las conciencias de innumerables peregrinos
que se acercarán a ese recinto sagrado
desde lugares remotos
en los años por venir.

Unge estos sepulcros
con la energía de la Pascua
para que engendren vida nueva desde el grano marchitado;
para que conviertan la sangre vertida
en riego fecundo de amor y humanidad;
para que confeccionen la luz de la alborada
desde el corazón de las tinieblas.

Te lo pedimos por Jesús, tu Hijo,
carne de nuestra carne
y sangre de nuestra sangre,
quien derrotado, venció,
muerto, engendró vida,
reducido a la impotencia,
se convirtió en fuerza creadora de una nueva humanidad,
y ahora vive y reina contigo y el Espíritu
en un día sin ocaso
por los siglos sin fin.

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