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Inhumación de los restos del Padre Tiberio Fernández

Martes 23 de noviembre de 2004, por Javier Giraldo M. , S.J.

Inhumación de los restos
del Padre TIBERIO FERNÁNDEZ, Párroco de Trujillo
en el Parque Monumento

Querido Monseñor Hernán Giraldo, Obispo de esta Diócesis de Buga.
Queridos hermanos en el sacerdocio, en la vida consagrada y en el ministerio cristiano en diversas denominaciones.
Querida familia Fernández Mafla.
Queridos familiares de las víctimas de la masacre de Trujillo asociadas en AFAVIT.
Señor Alcalde de Trujillo y demás servidores públicos presentes.
Queridos peregrinos.
Queridos trujillenses.

Antes de cerrar nuevamente este sepulcro, los invito a un momento de reflexión, que intente sondear algunas de las densas y profundas dimensiones de este acto.

Abrir un sepulcro y volverlo a cerrar, es un gesto que bien puede transcurrir en la rutina de nuestras tradiciones funerarias, que nos han acostumbrado a “sacar los restos” de nuestros seres queridos para colocarlos en lugares más definitivos, una vez concluida esa etapa natural de desintegración de la materia blanda de los cuerpos.

Pero ese gesto material y práctico invita a miradas profundas sobre el cuerpo, sobre el tiempo y la historia, sobre la vida humana, su sentido y sus desafíos, y en este caso concreto del cuerpo del Padre Tiberio, este gesto exhuma necesariamente el sentido desafiante de un ministerio sagrado sellado con sangre, así como la memoria dolorosa de episodios históricos que no pocos de ustedes se resistirían emocionalmente a exhumar, si no fuera porque la responsabilidad frente al futuro nos exige rescatarlos siempre del olvido, para poder exorcizar la amenaza persistente de que esos episodios se repitan con mayor fuerza destructora en el futuro, cuando el miedo y la inconsciencia, cauterizados con olvido, logren neutralizar toda reacción ética frente a las barbaries que nos envuelven.

Estamos hoy ante los despojos de un cuerpo humano destruido con sevicia, como culminación simbólica de un proceso prolongado de destrucción de numerosos cuerpos, cuyos despojos se han ido congregando en esta colina sagrada de la memoria.

El cuerpo humano, esa estructura material y frágil en la cual se invierten y se expresan todos los dinamismos vitales y misteriosos de lo humano, se juega ordinariamente, en su ciclo vital, dándole expresión y buscando satisfacer dignamente las necesidades esenciales que la naturaleza reclama en él. Y esa lucha por la subsistencia digna se va convirtiendo en la base de la convivencia humana, de las luchas e ideales políticos, y por eso mismo de los sueños y utopías, de la construcción del sentido de la historia y de los valores más definitivos de la existencia cuyos bordes no pueden sino sumergirse en el misterio mismo de Dios. Una página del Evangelio de San Mateo expresa esta realidad con imágenes en extremo desafiantes: “tuve hambre y ustedes me dieron de comer ... estuve encarcelado y ustedes me fueron a visitar ... y cuantas veces lo hicieron con los más desprotegidos, conmigo mismo lo hicieron” , como diciéndonos que el único acceso a la realidad última y definitiva, en nuestro ciclo vital, es el que atraviesa por los pasillos atiborrados de cuerpos discriminados, excluidos, oprimidos y destruidos.

Este cuerpo del Padre Tiberio se jugó a fondo en esa aventura de hacer causa común y apasionada allí donde había concentraciones de cuerpos que reclamaban subsistencia digna. No puedo olvidar su entusiasmo juvenil con el que llegó, a mediados de los años sesenta, a hacer parte del grupo fundador de la Universidad Campesina, en Buga, donde desplegó sus cualidades extraordinarias de líder agrario. Tampoco puedo olvidar el entusiasmo con el que se acercaba a las experiencias de compromiso social de muchos cristianos, mientras realizaba sus estudios de Teología en los años setenta en Bogotá. Su ministerio sacerdotal en Trujillo, como todos aquí lo sabemos, estuvo marcado por la promoción de experiencias organizativas que afirmaran la dignidad humana mejorando las condiciones vitales de los cuerpos; de ello dan testimonio las 20 empresas comunitarias que alcanzó a impulsar. En su corazón tuvieron resonancia todos los gritos de protesta que reivindicaban la subsistencia digna de los cuerpos y lo hicieron vibrar muchas veces los puños cerrados, las manos levantadas y los pies marchantes de las luchas reivindicativas de los excluidos, gestos todos que acompañaban la expresión y el grito de palabras no aprendidas ni impuestas por ningún poder sino que brotaban como manifestación intermitente de cuerpos que comenzaban a ser honestamente fieles a sí mismos.

Pero el cuerpo humano, al mismo tiempo que es un volcán de vitalidad y de resistencia, es también frágil y vulnerable al sufrimiento. Todo ser que tiene cuerpo, por ese mismo hecho puede ser herido y sometido al dolor. Y por eso también todos los poderes se reivindican como fundados en algo que está más allá de lo corpóreo, para poder herir sin ser heridos; para poder destruir sin ser destruidos, y para poder utilizar el dolor como un arma que arrebate las palabras o las razones a los que se apropian de ellas para proteger los cuerpos del dolor. Podríamos decir que todo poder se apoya, en última instancia, en su capacidad recóndita de causar dolor. También en este esquema nos han vendido por mucho tiempo la misma imagen de Dios. Y el dolor comienza por apagar la voz de la víctima, convirtiéndola primero en gemidos que extinguen poco a poco la posibilidad de articular palabras. En el dolor, la realidad de ser cuerpo se experimenta en su forma más intensa, hasta que el desenlace de la muerte logra separar el cuerpo de la voz de la víctima, haciendo posible que esa voz descorporizada se convierta en un texto. Pero es entonces cuando la fuerza de otro texto: el texto social de la muerte, elaborado e impuesto por todos los poderes, trata de aniquilar los textos que brotan de los cuerpos victimizados. Según ese texto social, la muerte corta definitivamente el acceso a la persona como tal y clausura sus prácticas históricas, haciendo que la persona y sus prácticas entren a formar parte del reino del pasado, que ya no vuelve más.

El Cristianismo nos transmitió un núcleo de fe que ha resistido a muchos asaltos de las ideologías dominantes. Ese núcleo subvierte y vuelve añicos en su base más profunda, la legitimidad de los poderes que se reivindican por su capacidad de herir sin ser heridos; de destruir sin ser destruidos, puesto que allí Dios mismo -ese ser que parecía legitimar en su origen todos los poderes incorpóreos- se hace vulnerable a través de un cuerpo que sufre las formas más aberrantes de tortura y de muerte dolorosa. Ese mismo núcleo de fe, subvierte también y vuelve añicos el texto social de la muerte, convirtiendo la tumba de Jesús en un seno materno que relanza la vida hacia fuera, en lugar de clausurar sus prácticas en esa quietud inerte que caracteriza el pasado terminado que no vuelve más.

En el momento supremo de su confrontación con los poderes de muerte, el Padre Tiberio bebió intensamente en las fuentes de su fe cristiana y enfrentó la muerte con la esperanza propia de los discípulos del crucificado. Nunca podremos olvidar su frase heroica, pronunciada en los momentos más crudos de la tormenta: “Si mi sangre contribuye para que en Trujillo amanezca y florezca la paz que tanto estamos necesitando, gustosamente la derramaré”. Tampoco podemos olvidar su renuencia al exilio, al que quisieron forzarlo todos sus amigos cercanos, comenzando por su Obispo, pues no quería sentirse como “un pastor que abandona a las ovejas cuando ve llegar el lobo”.

Ese texto que el dolor infligido a través de la tortura y la muerte pudo hacer desprender de su cuerpo masacrado, una vez extinguidas y ahogadas en sangre sus palabras y su voz, es un texto que nos vuelve a señalar con fuerza el compromiso vital con el mundo de los excluidos, de los cuerpos oprimidos y destruidos que reclaman subsistencia digna, como punto de partida ineludible para la construcción de otros mundos menos inhumanos; es un texto que censura sin palabras, sino con la contundencia moral de los hechos sufridos que hablan por sí mismos, la ilegitimidad del poder que nos rige, que desaparece y tortura, que masacra y aterroriza, que desplaza y reprime a los buscadores de justicia; es un texto que invita a encontrarse con el misterio de Dios en la ruta misma de las luchas por unas estructuras justas; es un texto que invita a reencontrarse, en la alegría pascual, con aquellos que valoraron tanto el camino de la lucha por un mundo justo y solidario, que lo consideraron más valioso que sus propias vidas; es un texto que habla al corazón y no al cerebro frío de las racionalizaciones; es un texto en el que, más que palabras o ideas, quedaron impresas imágenes cálidas y apasionadas, risas y abrazos, sentimientos y ritos, gestos y acciones.

Ese texto precioso, desprendido del cuerpo masacrado del Padre Tiberio, se incorpora hoy a este otro texto monumental que es esta colina de la memoria. El pastor vuelve a sumarse a su pueblo, que ahora, desde la desnudez de unos huesos limpios y ya no vulnerables al dolor, protesta, grita y denuncia, y con el más convincente de los lenguajes, reivindica la dignidad humana y deslegitima las estructuras que destruyen cuerpos con hambre y miseria escoltadas por represión brutal.

El mismo perfil arquitectónico de este mausoleo, inspirado en el más humilde arte religioso, forma una unidad armónica con la Ermita del Abrazo, dándole un carácter de ciudadela a este conjunto del parque monumento, el cual se levanta en promontorio donde se esfuman la últimas calles del poblado, como montaña simbólica exhumada de las profundidades de la conciencia colectiva, o como volcán incandescente donde arde también la zarza de la memoria sin consumirse, inspirando éxodos liberadores, como la que sembró el desasosiego en el corazón de Moisés en las soledades del Monte Horeb. La vida simbólica de esta ciudadela ha ido rescatando las voces y palabras que fueron arrancadas brutalmente de los cuerpos masacrados, y esas voces resuenan y resonarán sin apagarse más en esta necrópolis viviente.

Por eso esta colina subvierte el texto social de la muerte. Aquí las víctimas dialogan intensamente con el país y con el mundo y nos explican con riqueza y variedad de lenguajes, lo que NUNCA MÁS debe volverse a tolerar.

Querido Hermano Tiberio, que ahora nos escuchas desde la otra frontera del misterio:

Venidos hoy desde muchos rincones de la patria y algunos desde otros pueblos del mundo, marchando junto a este pueblo de Trujillo que fue tu última grey, hemos rodeado y venerado lo que quedó de tu cuerpo con profundos sentimientos.

No lo hemos hecho con ninguna pretensión supersticiosa que buscaría sacralizar lo efímero y revestirlo de fuerzas imaginarias. Paradójicamente, lo que le da mayor fuerza simbólica a estos restos de tu cuerpo, es tu aceptación conciente de perder ese cuerpo, en la flor de la vida, para afirmar en esa pérdida, valores que consideraste patrimonio imprescindible de la humanidad.

Hoy depositamos tus restos incrustándolos en otra materia, o en otro gran cuerpo vivo que es este parque monumento, donde tu voz vuelve a cobrar fuerza, en otras dimensiones que ya no son vulnerables al dolor ni a muchas otras industrias del poder.

Háblale desde esta cátedra silenciosa e imponente a nuestro país y al mundo; háblale con fuerza a los peregrinos que visitarán este parque en los años por venir y que vendrán angustiados desde los numerosos Trujillos de Colombia donde el pueblo sigue siendo masacrado; háblales desde ese silencio que desenmascara los torrenciales y vacíos discursos sobre la justicia y la paz que solo encubren y disfrazan las violencias institucionales; háblales desde la sencillez y la alegría de tus gestos y tus bromas que no pudieron apagar los más duros momentos de la persecución; háblales desde tu fe insobornable en un Dios que no legitima los poderes injustos sino que hace causa común, hasta la muerte, con los excluidos; háblales desde tu cuerpo destrozado y desde tu sangre derramada, que desde el Río Cauca se levantaron como fuerza moral incuestionable, que desenmascara la podredumbre de los poderes que nos rigen.

No te decimos que descanses en paz, porque queremos verte más activo que nunca en el proceso de humanización de nuestra historia. Más bien te decimos que camines siempre con nosotros en nuestros tortuosos y ensangrentados caminos que van en pos de un mundo menos inhumano, hasta siempre y hasta siempre!

Javier Giraldo M., S. J.
Ceremonia de Inhumación de los restos mortales del Padre Tiberio Fernández, Párroco de Trujillo, perseguido, amenazado, desaparecido, torturado y ejecutado con sevicia en abril de 1990; sepultado en el templo parroquial de Trujillo el 25 de abril de 1990 y trasladado al Parque Monumento en memoria de las víctimas de la masacre de Trujillo el 10 de mayo de 2003.

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