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Peregrinación a Trujillo - Abril 1995

Martes 23 de noviembre de 2004, por Javier Giraldo M. , S.J.

Peregrinacion a Trujillo

Abril 1995

Luego de un largo caminar, inspirado y alentado en profundas convicciones humanas y religiosas, nos encontramos ahora en la meta de nuestra peregrinación.

Para los cristianos el peregrinar forma parte de nuestras más ancestrales tradiciones que hunden sus raíces en el pueblo de la Antigua Alianza.

Desplazarse de un lugar a otro; romper la rutina cotidiana; desinstalarse y ponerse en marcha hacia un lugar extraño, con la conciencia despierta y expectante, es un gesto que materializa profundas actitudes del espíritu: la búsqueda y la esperanza; la solidaridad y la protesta; el encuentro y la acogida a signos que nos interpelan; la apertura a situaciones y mensajes que nos invitan a discernir los rumbos de nuestra historia.

Peregrinó Abraham desde Ur de Caldea hacia lo desconocido, tratando de construir en su caminar una nación nueva que creyera en un Dios que habla desde el fondo de la historia;

peregrinó Moisés desde Egipto hacia el desierto de Madián, cuando ya no pudo soportar por más tiempo la opresión en que vivían sus hermanos y los riesgos que le causaron sus primeras reacciones violentas;

peregrinó también hacia la cima del monte Horeb, inquieto por descubrir el misterio de un fuego ardiente que no se consumía;

peregrinó nuevamente hacia Egipto, siguiendo una voz más fuerte que su propia conciencia, que lo impulsaba a sacar a su pueblo de la opresión;

peregrinó 40 años por el desierto con su pueblo, en búsqueda de una tierra de promisión, venciendo las tentaciones constantes del desaliento y de la claudicación;

peregrinó Jesús por los caminos de Galilea, saliendo al encuentro de todas las miserias humanas;

peregrinó hacia Jerusalén, para enfrentar a los poderes centrales de un sistema que había hecho responsable a Dios de todas las injusticias humanas;

peregrinó la cristiandad entera, desde los primeros siglos, hacia los sepulcros de los mártires, para tocar físicamente los lugares donde muchos hombres y mujeres gritaron, con su palabra hecha sangre, que había valores en defensa de los cuales valía la pena exponer la propia vida;

peregrina hoy la humanidad de todas las razas, lenguas y culturas, hacia aquellos lugares donde se destruyeron millares de vidas humanas: hacia los campos de concentración nazis -hacia Auschwitz y Dachau- ; hacia los campos que fueron devastados por la bomba atómica en Hiroshima y Nagasaki, para condenar con su presencia silenciosa lo que nunca debió haber ocurrido y lo que nunca más la humanidad debe volver a tolerar.

Hoy confluimos varios millares de peregrinos hacia esta plaza de Trujillo, que elegimos conscientemente como meta de nuestra peregrinación.

Venimos desde muchos rincones de Colombia y desde muchas latitudes del planeta: desde Cartagena y desde Sincelejo; desde Arauca; desde Barranquilla y desde Santa Marta; desde Barrancabermeja y desde Bucaramanga; desde Medellín y desde Manizales; desde Ibagué y desde Neiva; desde Popayán y desde Pasto; desde Buenaventura; desde Santafé de Bogotá y desde Villavicencio; desde Cali y desde numerosos pueblos del Valle; desde Estados Unidos y desde Inglaterra; desde Ecuador y desde Venezuela; desde Alemania y desde Francia; desde Suiza, desde Suecia y desde España.

El mismo conglomerado de seres humanos que aquí nos reunimos está proclamando, en el más concreto de todos los lenguajes, que hay situaciones, realidades y valores que derrumban por sí solos las fronteras geográficas, lingüísticas, étnicas, raciales, religiosas, ideológicas y políticas. Hay algo que convoca al ser humano como ser humano, por encima de todas las barreras: es la solidaridad radical con otros seres bárbaramente destruidos; es la afirmación de los valores y de la esperanza, sobre las ruinas dejadas por lo que nunca se debió tolerar.

Nos hemos dado cita en esta plaza, a pocos metros de la tumba del querido hermano, el Padre Tiberio Fernández; a poca distancia del Río Cauca, que sepultó en sus aguas a numerosos trujillenses, en cuya humanidad quedaron grabadas las más aterradoras huellas de la barbarie y del dolor humano; a poca distancia de lugares, rurales y urbanos, que quedaron marcados para siempre con el recuerdo de dolores infinitos, de tragedias sin nombre, de insanias escalofriantes, de impunidad pasmosa.

Hemos peregrinado para afirmar que la masacre de Trujillo no hirió solamente a un conjunto de familias o personas, sino que hirió profundamente el corazón de la humanidad como humanidad.

Hemos peregrinado para exorcizar y expiar las complicidades del silencio, de la pasividad y de la tolerancia.

Hemos peregrinado para situarnos físicamente, por unos momentos, junto a las familias de las víctimas y expresarles nuestra sentida solidaridad humana.

Hemos peregrinado para sentir en los movimientos de nuestros pies el dinamismo de la esperanza, marcando con nuestros pasos el ritmo de un “Nunca Más”.

Hemos peregrinado para invitar a esta hermana comunidad de Trujillo a reconstruir lo que fuera destruido; a sembrar vida donde asoló la muerte; a hacer brillar la justicia allí donde antes imperó, desde las tinieblas, el reinado de las hermanas gemelas: violencia e impunidad.

Hemos peregrinado para reafirmar, con una fuerte expresión multitudinaria, la inviolable dignidad del ser humano.

Pero hemos peregrinado también para evocar, desde Trujillo, los innumerables “Trujillos” de Colombia; para evocar desde aquí nuestros campos asolados por la muerte y nuestros ríos tintos en sangre que arrastran innumerables despojos humanos; para evocar nuestras organizaciones populares deshechas por el terror; para evocar a los centenares de miles de hogares tocados por la tragedia.

Hemos venido para concentrar en un grito multitudinario la Campaña que ha recogido preciosos dinamismos de solidaridad internacional: “ Colombia, Derecho Humanos Ya ”.

Hemos venido para sellar un nuevo compromiso con la vida, aquí donde la represión y la muerte dejaron huellas estremecedoras.

Queremos regresar a nuestros pueblos, ciudades y países, con una gota de esperanza en el corazón.

Queremos celebrar el que sobre Trujillo haya comenzado a iluminarse la verdad, aunque con la conciencia de que largas y extenuantes jornadas nos esperan hasta que los primeros rayos del sol de la justicia aparezcan en el horizonte.

Sobre la mesa de la Eucaristía queremos colocar, con profundos sentimientos, la memoria de todos los que fueron sacrificados, y suplicar que su sacrificio sea también redentor: que sacuda nuestras conciencias y despierte las fibras más sensibles de nuestra humanidad; que expíe nuestras complicidades silenciosas; que haga renacer a borbotones vida nueva, bautizada en los dinamismos de la verdad, de la justicia y de la solidaridad.

Queremos revivir la memoria del pastor sacrificado, el Padre Tiberio Fernández, al cumplirse el quinto aniversario del hallazgo de sus despojos mortales en las aguas del Río Cauca. Nunca olvidaremos su generosidad pastoral que quedó plasmada en aquella su frase heroica pronunciada en medio de la tormenta: “Si mi sangre contribuye para que en Trujillo amanezca y florezca la paz que tanto estamos necesitando, gustosamente la derramaré” .

Queremos que esta Eucaristía recoja, como ofrenda privilegiada, las lágrimas y las plegarias prohibidas que el imperio del terror redujo por mucho tiempo a una inhumana clandestinidad.

Queremos, finalmente, que esta Eucaristía consagre el renacer de la esperanza; el inicio de una reconstrucción moral. Que los centenares de árboles sembrados hoy por los peregrinos en los alrededores de Trujillo, anuncien una eclosión de vida nueva que brote por doquier.

Que en Trujillo renazcan las expresiones de la solidaridad; las cooperativas y las organizaciones comunitarias y populares. Que vuelvan a ser posibles la denuncia y la protesta civilizada, como barreras que impidan el asentamiento de las injusticias. Que sean sepultados para siempre los odios, las venganzas y las violencias de todo género.

Todo pueblo tiene derecho a recordar sus sufrimientos. La historia de sus sufrimientos pertenece a su inalienable patrimonio cultural que nadie tiene derecho a desconocer ni a reprimir. Los memoriales del sufrimiento, erigidos en monumentos, tienen la función irremplazable de vehicular la reconciliación de un pueblo con su pasado, con su presente y con su futuro, estigmatizando lo que lo destruye.

No es sano ni humano el olvido. Pero tampoco la memoria tiene la función de mantener permanentemente abiertas las heridas. Por el contrario, solo la memoria sincera puede cerrarlas y curarlas. Esconder las heridas a la luz solo las vuelve putrefactas y mortales.

En un gesto profundo de fraternidad y de solidaridad, en el dolor y la esperanza, celebremos, pues, esta Eucaristía, iluminada por la liturgia pascual, donde la muerte es absorbida por la vida; donde la oscuridad es vencida por la luz; donde el dolor es trocado en alegría y esperanza.

Javier Giraldo M., S. J.
Ofrecimiento de la Eucaristía en la peregrinación nacional e internacional a Trujillo
Abril 22 de 1995

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