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  Una víctima de la Comuna 13 de Medellín, 2002

Martes 23 de noviembre de 2004, por Javier Giraldo M. , S.J.

Incursión fugaz
por la humanidad de las víctimas

Comuna 13 de Medellín


La vida de cada ser humano refleja, de una o de otra manera, su entorno social y cultural y ese mundo de valores que los desafíos históricos ayudan a fraguar y que interactúan así con el patrimonio ético de la humanidad.

El drama de la Comuna 13, como el de tantas y tantas de nuestras zonas de conflicto, arrastra, junto con sus ríos de sangre, la historia concreta de los humanos que dentro de ese drama encontraron la única oportunidad de ser humanos, fraguando su ser concreto e individual dentro del lodo y con el lodo que fue su mundo y su momento.

Incursionar en las biografías de las víctimas es algo que resulta siempre interpelante y sobrecogedor. La Comuna 13 ofrece ya arsenales de biografías impresionantes que desgarran las conciencias, sobre todo cuando éstas llegan cargadas con interrogantes levantados en los entrecruces de Injusticia y Violencia.

A manera de un flash disparado fugazmente sobre una de las víctimas de la Comuna 13, nos enfocamos aquí sobre un niño de 15 años, asesinado el 12 de noviembre de 2002, en el momento de sedimentación de la “ Operación Orión ”, cuando ya los nuevos amos de la Comuna 13 estaban posesionados y en ejercicio pleno de su control territorial.

Se trata de CARLOS ALBERTO CASTAÑO NOREÑA , un niño que vivió la tragedia de la Comuna en interacción profunda y hermosa con su entorno social. Los recuerdos de su madre, de sus vecinos y de sus amiguitos y amiguitas, nos reflejan, como en un espejo, sus valores humanos.

Fue asesinado probablemente por los miembros de un escuadrón infantil paramilitar que el Cabo Torres, del ejército nacional, había conformado en la Comuna, trasmitiéndole una mística bélica a niños sumergidos en el vicio y la drogadicción, pero felices de poder usar puñales y armas simbólicas de fuego para resolver sus conflictos infantiles y barriales, como prolongación del poder armado de las fuerzas del Estado, a cuyo servicio se consagran con orgullo, como flores primaverales de este nuevo Estado, tejido con redes infinitas de cooperantes de la violencia oficial.

Seguramente nunca se podrá saber con certeza por qué mataron a Carlos Alberto. Quizás le cayó mal a uno de los niños paramilitares armados por el Cabo Torres, porque Carlos quería ayudarle a salir del vicio a la niña que ese niño armado reclamaba como amiga exclusiva. Quizás quisieron eliminar antes de que fuera tarde a un niño que había dado muestras inconfundibles de un liderazgo solidario, tan peligroso cuando se quiere construir comunidades sumisas y resignadas. Todas las hipótesis caben, pero no existe ninguna justicia imparcial que pueda prometernos una verdad limpia. Su testimonio ensangrentado es la verdad más limpia.

Carlos Alberto, desde muy niño, según el testimonio de su madre, compartía sus pobres alimentos con sus amiguitos más pobres. Tal era su amor a la vida, amor solidario y no egoísta, que muy niño aún, hizo que su madre tuviera otro niño, aún corriendo riesgos de salud. Así lo recuerda ella:

“Yo muchas veces recuerdo algo que Carlos Alberto me dijo cuando estaba muy niño; se ponía a mirarme, y me decía: mammy, ¿usted no va a tener otro hijo?; yo lo miraba y le decía: Carlos Alberto, no, no voy a tener más hijos, mi amor, porque no puedo tener más hijos; él me decía: mammy, ¿por qué no?; yo le decía: pappy, porque yo ya no puedo tener más hijos; se quedaba mirándome y me decía: mammy, qué rico otro hermanito porque es algo que yo he pensado y mire que de pronto usted me llega a faltar, yo quedo solo, en cambio uno con un hermanito se consuela con él o con ella, y si yo le llego a faltar algún día, mammy, no va a quedar sola, va a quedar con otro hijito. Yo me puse a pensar y dije: sí; lo intentaba, me hacía exámenes; el médico me decía que no podía tener más hijos; e intenté. Cuando un día que pasaba por el frente de la casa de la Madre Laura, cuando estaban haciendo el monumento de la Madre Laura, me quedé mirando y dije: Madre Laura, no puedo tener hijos; regáleme un hijo. Las cosas se quedaron así, cuando a los diítas ya estaba embarazada. Este hijo, Iván Darío, me lo regaló la Madre Laura.[...] Y se lo ofrecí. Cada vez que mi hijo está enfermo, cada vez que a mi hijo le pasa algo, porque él es muy enfermito, le pido a la Madre Laura: alívieme a mi hijo que usted me lo dio, alíviemelo. Fue un milagro que fue muy lindo para mí. Aún ahora que Carlos Alberto me falta, a ella y al Señor yo le pido que me dé resignación para salir adelante”.

Su sensibilidad frente a la vida indefensa lo llevaba a amar especialmente a los indefensos y a preocuparse por ellos. A su madre le decía: “yo veo que alguien maltrata a un anciano, a un niño o a un animal, y me da rabia [...] los niños son indefensos, los ancianitos también y los animalitos también; ¿por qué hay gente que les da malos tratos?”. Su madre recuerda también que “adoraba tanto a los mudos que aprendió el idioma de los mudos; hablaba con ellos. Había un mudito por la casa, a ese mudito le pegaban y mi hijo lo defendía, se lo llevaba para la casa”. En un espectáculo público, alguien le tiró una piedra al mudito y lo hirió en la cabeza; Carlos Alberto persiguió al agresor hasta castigarlo.

Reprendía también a las niñas del barrio que se dejaban arrastrar a “meter vicio” consumiendo alucinógenos baratos, como aspirando sacol o boxer. El último domingo de su vida, mientras estaban mercando, su madre presenció este encuentro:

“Algo que recuerdo muy hondo de mi hijo fue que ese domingo, antes de ir a la Misa, madrugamos a mercar y él se encontró en el camino a una amiguita que hacía 15 días se había ido de la casa a tirar vicio al centro; él iba con el mercado al hombro, cuando la vio y le dijo: venga; entonces descargó unas bolsas que llevaba y yo me quedé cuidándolas, cuando él le dijo: eh Ave María!, usted no piensa en su mamá, usted no sabe el sufrimiento que ella ha tenido lo que hace que usted se fue, todo lo que la ha buscado; la mamá le pedía el favor a él que si la veía en el centro, que hablara con ella, y él la cogió, la aconsejó, le dijo: vea, ese vicio no le trae nada bueno; una niña tan joven, estudie, salga adelante; qué pesar de su mamá, cuando yo la he visto llorar, me da rabia, porque una niña tan jovencita como usted haciendo sufrir a su mamá, y se puso a aconsejarla, y ella le decía: no, yo no estaba tirando vicio, y entonces él le decía: sí estaba tirando vicio, yo me había dado cuenta. Y entonces ya nos fuimos para la casa y él se puso a contarme de una amiguita de él que se llamaba D, que a veces la veía con el vicio en la mano y él se lo botaba y ella le pegaba.”

Una de esas niñas, que seguían siendo sus amigas privilegiadas porque quería “sacarlas del vicio”, escribió una hermosa carta después de que Carlos fue asesinado. Allí decía:

“Era como un hermano para mí. [...] Él un día me vio fumando marihuana y me dijo: Y, no haga eso, porque usted está muy joven y no le conviene que haga esas cosas, porque puede perjudicarla más adelante para desenvolverse en la sociedad. Y también me dijo: Y, si la vuelvo a ver tirando vicio le pego una pela. Y yo en memoria de él nunca jamás lo volví a hacer. Carlos y yo vivíamos muchas cosas bonitas. Lo único que no pudimos compartir fue su muerte. Carlos, aunque te hayas ido de nuestra presencia, nunca te podré olvidar ...”

En un barrio donde la miseria induce muchas formas de violencia intra-familiar, Carlos vivía pendiente de las víctimas más indefensas. Entre los recuerdos de su madre permanece imborrable éste:

“Cierto día estaba yo en la casa preparando la comida por la tarde, cuando llegó Carlos Alberto y me dijo: mammy, ¿me regala alcohol? Yo le dije: sí, mi amor, vaya que allá está encima del chiffonier; él fue y me dijo: présteme el algodón; yo le dije: ¿para qué es, mi amor?, y él me dijo: mammy, ¿me lo presta?; yo le dije: vaya sáquelo del cajón que está en el cajón; salió, cuando yo vi que había un pelao, yo salí y me asomé por la ventana y entonces le dije: Carlos, ¿qué pasa? y me dice: mammy, mire la herida que la mamá le hizo a X, un amiguito de él; yo le dije: ¿cómo así? y le dije: venga, tráigalo para acá; lo entró para dentro y se puso a limpiarle esa herida que la mamá le había hecho, un hueco en la pierna; entonces yo le pregunté al niño: ¿por qué su mamá lo castigó tan duro? ¿qué motivo le dio para esa mamá dejarle la pierna así? Carlos Alberto me dijo: eso no es nada, mammy, mire como está el cuerpo; entonces le quitó la ropa, le quitó la camisa y me mostró. Carlos Alberto se puso a llorar y me dijo: mammy, es imposible que una mamá lo castigue a uno así; yo le dije: sí mijo. Carlos Alberto me dijo, y le dijo a él y a los amiguitos que estaban ahí: le doy gracias al Señor porque me dio una mamá tan buena, echada para adelante, cariñosa, que nunca me castiga, me da consejos, yo creo que sí, porque yo sé que para mí, mamá no hay sino una. El me dijo: mammy, ¿me va a regalar un poquito de comida para darle a este niño? Yo le dije: sí, mijo, vaya sírvale; fue y le sirvió comida y comió y habló con él, lo aconsejó, le dijo: venga, vamos donde su mamá; y recuerdo que ese niño se fue corriendo porque al día siguiente iba alguien y él no podía ir a la casa. El niño me contaba que Carlos Alberto era el que le daba el desayuno y el almuerzo. Carlos Alberto se fue con él para arriba, para donde la mamá, a hablar con la mamá; llegó allá y la mamá cuando vio que asomó a la puerta ese niño, le dijo: vea niño, usted viene a decir que ... una palabrita muy fea, y le dijo: ni lo piense, si pasa de acá para dentro, lo ahogo en el tanque. Carlos le dijo: ¿qué clase de mamá es? Carlos se lo llevó para mi casa y ya Carlos me comentó y me dijo: mamá, ella no es ... no, se enojó y no le gustó; entonces yo le dije al niño: venga, mi amor, si quiere yo lo llevo a Bienestar Familiar; yo le ayudo para que lo reciban allá, porque usted es un niño de 9 años apenas para que esté en la calle, eso no es vida; y ese niño me dijo que bueno ...”

La violencia política y social cubría lo más cotidiano de su entorno y ante ella había que hacer las opciones básicas de la vida. Carlos Alberto supo amar y ser tierno en ese mar de balas y de sangre. Así quedó en la memoria de los suyos uno de esos episodios dolorosos:

“En esos días hubo una masacre ahí más arribita de mi casa, quemaron una casita. Yo llamé por la mañana a la casa cuando me dijo mi hermano que la casita de enseguida la habían quemado. Yo me vine corriendo para la casa cuando yo lo primero que busqué fue a mis hijos. Carlos Alberto me abrazó y me dijo: mammy, no es justo que hagan eso. Yo le dije: ¿qué pasó?, y él me dijo: mammy, mataron a ese señor, un señor que no hacía sino hacer arepas para vender. Yo le dije: ¿sí? , y él me dijo, mammy, venga vamos donde está tirado. Yo llegué y fui donde ese señor estaba, con mi hijo. Cuando yo vi a ese señor así, dije: ¡Dios mío, esto no es justo que esté pasando!. Fui a mi casa y estaba la esposa de ese señor allá, cogió y me abrazó y me dijo: solo saqué una bolsita de ropa y era ropa muy pobre. Mi hijo le dijo: tranquila, señora, mientras Dios exista y tengamos vida, podemos salir adelante, y ahora luche por su hijo, luche por su hijo y salga adelante con él. Mi hijo fue y me dijo: mammy, qué vamos a hacer con ese señor, no van a venir a hacer el levantamiento. Entonces fue arriba y les dijo a los policías: allá abajo, enseguida de mi casa, hay un señor que lo mataron; y le dijeron: ¿usted es capaz de subirlo?; y yo bajé y le dije a la gente que lo recogiéramos en un bus; y mi hijo fue a la casa y le preparó desayuno a la esposa de él, la consolaba y le hablaba, y cuando llegué, mi hijo me dijo: mammy, ella es más delgada que usted, yo creo que algún vestido de los que usted tiene le sirve; algo de ropa le di a ella, y unas chanclitas, porque ella andaba descalza ...”

Salvar vidas en ese contexto era arriesgado, pero madre e hijo lo intentaban tratando de vencer el miedo. Este otro episodio también se le quedó grabado a su madre:

“Cierto día que llegué a la casa, mi hijo estaba aburrido; cuando yo llegué, yo le dije: Carlos Alberto, ¿qué le pasa?, y él me dijo: mammy , hace rato, desde por la mañana, tienen al señor A., lo tienen cogido para matarlo. Yo le dije: ¿quién?, y él me dijo: ¿sabe quién?, el vecino de allí de abajo. Yo le dije: venga, pappy, acompáñeme; y él me acompañó y fuimos hasta donde lo tenían y ese señor sintió una alegría impresionante, impresionante, cuando nos vio; yo ahí mismo le dije a ese gente que lo tenía: déjenlo ir, él no es malo, él es bueno, él es un señor que es un vecino; simplemente se vino por acá por la violencia, porque ya le habían matado a un hermanito. Bueno, ya cuando vimos un carro, mi hijo salió corriendo con él. Carlos Alberto lo primero que hizo, cuando yo llegué a la casa le había dado fresco y le estaba preparando almuerzo. El señor le decía que tenía mucho miedo de dejar a su esposa y a su niño solos; decía: le doy gracias al Señor, a su mamá y a usted, porque nadie se había atrevido a ir a ese lugar donde me tenían; todo el mundo pasaba y veía pero nadie decía nada”.

Caminar por la Comuna 13 es encontrarse cara a cara con el hambre. Carlos Alberto moldeó su vida de cara a esa realidad dramática y sintió profundamente el hambre de los demás. A veces sacaba de quicio a su madre porque rasguñaba su pobreza para aliviar en algo el hambre de los otros. Así registró ella algunos de esos episodios:

Un día le dije a mi hijo: vaya coloque a remojar unos garbanzos para mañana; él se quedó mirándome tan franco como él siempre lo era, y me dijo: mammy, le digo una cosa; yo le dije: ¿qué le pasa?, y él me dijo: mammy, yo regalé los garbanzos, regalé la lenteja, regalé unos fríjoles ... Yo le dije, ¿qué?, ¡eh Ave María Carlos Alberto, le voy a pegar!; y él me dijo: mammy, es para una persona que necesita, para una gente que llegó a mi colegio, abajo, que están aguantando hambre, hay niños, hay de todo, y ¡qué pesar, mamacita!”

“También una señora recuerda de él, y eso me lo contó después de muerto mi hijo, que ella amanecía sin un pedazo de panela para darle tragos a los hijos; ella le decía: Carlitos, ¿me va a regalar un pedacito de panela?, y él le decía: ah!, usted si es cansona!; y al momentico iba llegando con arroz, papas, todo para que les hiciera un almuercito. Cuando a él lo mataron, ella pensó: Carlos Alberto se fue; y le dijo a los niños: mataron a Carlos Alberto, ahora a quién le voy a pedir un pedazo de panela para hacerles aguapanela a ustedes? Ella me vino a contar eso ahora después de que a mi hijo lo mataron. Mi hijo nunca, nunca, podía ver a alguien con necesidad. Mi hijo muchas veces me partía el jabón de lavar, y yo le decía: Carlos, ¿para qué me parte el jabón?, y él me decía: mammy, porque le di un pedacito de jabón a esa señora que no tenía con qué lavar ...”

La realidad de la guerra a veces se sentía en toda su crudeza, pero no como guerra de dos bandos enfrentados, sino como la fuerza armada del Estado que se ensaña contra una población civil indefensa, ya bastante martirizada por la in justicia y la miseria. Hubo momentos de esa agresión en que Carlos Alberto hizo aflorar todo su liderazgo social en medio de la indignación contra la violencia de los más fuertes. Así lo registró una amiga:

“Cuando había balaceras salía a ayudar a los heridos. Recordamos un día que hubo un enfrentamiento y hubieron muchos heridos. Estaban en un sitio donde no los podíamos evacuar porque las balas no dejaban, a la gente le daba miedo salir. Llegó Carlos Alberto al lugar y le dijo a una profesora: ¿van a dejar morir a esos heridos acá?; y ella le dijo: no los podemos sacar porque mira cómo está. Carlos Alberto dijo: hagamos algo, pero no podemos dejarlos así. Carlos Alberto les dijo a todos los que estaban con él: bueno, vamos a quitarnos las camisetas blancas del colegio y empecemos a gritar para que nos dejen evacuar los heridos; Carlos Alberto les dijo: vamos a gritar. A Carlos Alberto se le vino a la mente gritar una frase que decía : por qué, por qué nos van a masacrar, si somos todos víctimas, de la bota militar; por qué, por qué no salen a gritar, para estos heridos poder evacuar . La gente ante eso, pues ya donde estaban los heridos salieron a gritar, ya la gente empezó también a gritar para poder evacuar los heridos. Fue algo que Carlos Alberto hizo ese día por los heridos que había [...] Carlos Alberto tuvo un corazón muy bueno; era muy franco; Carlos Alberto era muy sincero; a veces no se cuidaba de las balas cuando había balaceras ...”

Carlos Alberto lloró la muerte de amiguitos y amiguitas, antes de que otros muchos lloraran la suya. Su madre recuerda la honda impresión que le causó la muerte de una niña que fue destrozada por una granada. A esa niña él la llamó “la vendedora de rosas”, pues él sabía que vendiendo flores le ayudaba a su mamá para sobrevivir. También lloró la muerte de su amiguito Juan Carlos; lloró por no haber podido estar a su lado y salvarle la vida llevándolo a un hospital cuando lo dejaron herido desangrándose.

La Biblia y la devoción a la Virgen y al Niño Jesús, le sirvieron de fuerza espiritual en su dura y corta vida. A veces su madre llegaba del trabajo y lo encontraba sumergido leyendo la Biblia. Le decía: “Mammy, el salmo 91 es el que me protege de todo mal y peligro .... ya me lo sé de memoria ... cada que tengo miedo o le temo a algo, cojo la Biblia y leo el salmo 91 y le pido a Dios que me dé mucha vida para ayudarle a que salgamos adelante los dos, con mi hermanito”.

Después de su asesinato, jóvenes del barrio escribieron un hermoso testimonio:

“ ... todas aquellas personas que tuvieron la oportunidad de compartir contigo esos bellos momentos de vida, hoy te recordamos y te extrañamos a cada momento de nuestra vida y nunca hemos logrado entender el porqué cierto día, unos seres humanos como tú, pero con el corazón manchado, pudieron arrebatar tu vida, dejándola para siempre en las tinieblas, acabando desde ese momento con todas esas virtudes buenas que tú poseías para con todas las personas con las cuales te relacionabas cotidianamente sin importar su sexo, color o religión. Hoy todos nosotros sentimos un vacío muy grande, el que tú llenabas con esa risa loca y las formas tan maravillosas con las cuales diariamente tú nos distraías en los momentos de tristeza y desesperación (...)”

Javier Giraldo M., S. J.
Abril de 2003 - Entrevistas hechas para el Informe “Comuna 13, La Otra Versión”, publicada por el Banco de Datos de Derechos Humanos y Violencia Política, de CINEP- Caso Tipo No. 2 - Mayo de 2003

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