Desde los márgenes

Página oficial de Javier Giraldo Moreno, S.J.

Portada del sitio > Despedidas y evocaciones > Un año después...

Conmemoración masacre del 21 de febrero

Un año después...

Martes 21 de marzo de 2006, por Javier Giraldo M. , S.J.

La escuela de Buenos Aires, ya en las estribaciones de la Serranía de Abibe, nos sirvió de lugar de confluencia y encuentro a varios grupos que habíamos partido en las prime-ras horas de la mañana desde diversos lugares, para conformar la caravana del aniversa-rio. Un centenar de personas, venidas desde diferentes veredas de San José de Apartadó, desde diversas regiones de Colombia y desde varios países del mundo, nos integramos en aquella caravana que con un torbellino de sentimientos encontrados, nos identificá-bamos ante todo en esa fuerza imantada que ejercen sobre nosotros los espacios y los tiempos que han quedado marcados por hechos conmovedores. Queríamos llegar antes del anochecer de aquel 20 de febrero hasta las riberas del Río Mulatos, con el fin de poder encontrarnos a las siete y media de la mañana del 21, en el sitio preciso donde un año antes, a esa misma hora, Luis Eduardo Guerra, su compañera Bellanira Areiza y su hijo Deiner Andrés, habían sido masacrados por el ejército colombiano, arrancándole sus vidas a garrotazos y machetazos.

El camino se hizo menos difícil que en otras ocasiones, gracias a las varias semanas de sol intenso que habían precedido y que secaron los habituales pantanos de la ruta. Sin embargo, el agua escaseaba y los caños y quebradas, incluyendo el mismo Río Mulatos, estaban casi secos. Los que se habían adelantado a esperarnos, con el fin de construir una rústica capilla en La Resbalosa, sobre las fosas que albergaron un año antes los cuerpos descuartizados de Alfonso Tuberquia y su familia, habían escogido como sitio de campamento el destartalado centro de salud de Mulatos Medio, a escasos metros del sitio de la primera masacre. Allí llegamos con tiempo suficiente para colgar las hamacas o preparar los rústicos dormitorios antes de que el sol se ocultara.

Aquella naturaleza exuberante nos embrujaba con su misterio, ofreciéndonos a borboto-nes las más diversas y preciosas especies de vida que nos asediaban por doquier y que al llegar la noche entonaban un concierto con sinfonías insospechadas. Tanta exuberancia de vida contrastaba con el recuerdo de aquella masacre que fue una verdadera orgía de muerte y cuyos contornos y dimensiones se agigantaban en el alma de todos los presen-tes, al entrar en contacto físico con aquel paisaje, con aquella tierra y con aquellas pie-dras que aún guardaban la memoria fresca del dolor y de la sangre.

Llegó el amanecer del 21, y luego de un café preparado temprano por la comisión de alimentación y condimentado por el ambiente de fraternidad universal que allí se respi-raba, a las siete y media todos nos congregamos alrededor de la rústica capillita, cons-truida por una grupo de la Comunidad de Paz desde septiembre pasado, sobre la misma tierra que un año antes fue regada con la sangre de Luis Eduardo, de Bellanira y de De-iner.

Antes de la Eucaristía, leímos el texto de la última entrevista que un grupo de diputados del Parlamento Valenciano, del Estado Español, le habían hecho a Luis Eduardo, 37 días antes de su asesinato. Allí describía, con la claridad, sencillez, convicción y firmeza que siempre lo caracterizaron, el proyecto de comunidad de paz al cual le entregó lo mejor de sus esfuerzos y que concretó para él y para muchos un ideal de convivencia humana por el cual valía la pena entregar la vida. Fue escalofriante volver a escuchar, sobre aquel telón de fondo que confrontaba el presente con el pasado y el futuro, en un momento celebrativo de intensa emotividad, sus palabras conmovedoras que integraban vida y muerte en una amalgama de sentido trascendente: “Nosotros siempre hemos di-cho, y en eso somos claros, que hasta el día de hoy estamos resistiendo y todavía cómo nuestro proyecto es de seguir resistiendo y defendiendo nuestros derechos. No sabemos hasta cuándo, porque lo que hemos vivido durante toda la historia es que hoy estamos hablando, mañana podemos estar muertos. Que hoy estamos en San José de Apartadó, mañana puede estar la mayoría de la gente desplazada porque puede haber una masa-cre de 20 ó 30 personas ... que eso no es algo imposible. Aquí en esta región todo es posible. Pero mientras estemos, nuestros proyectos de vida siguen”

Yo miraba furtivamente los rostros de todos los líderes de la Comunidad de Paz allí presentes, que han corrido los mismos riesgos y que los han asumido con la misma va-lentía de Luis Eduardo. Sus facciones me parecieron excepcionalmente tensas y revela-ban un intenso momento interior de opciones difíciles pero llenas de firmeza.

La Eucaristía quiso retomar varios elementos de la Eucaristía exequial de un año antes, como la lectura de un texto del Evangelio de San Juan, en el cual Jesús afirma que nadie le quita su vida sino que él mismo la entrega voluntariamente y que su Padre lo ama justamente porque él entrega su vida para volverla a tomar, afirmación por la cual mu-chos judíos que lo escuchaban lo trataron de loco, mientras unos pocos sostenían que alguien que le abría los ojos a los que estaban ciegos, no podía estar loco. (Jn. 10, 17-21). En ese texto he encontrado una parábola preciosa de lo que esta Comunidad de Paz ha vivido y ha sido durante su trágica trayectoria. El Estado les ha arrancado multitud de vidas y anuncia todas las semanas, a través de sus agentes armados, que exterminará a toda costa la vida misma de la Comunidad. Esta experiencia los ha llevado a la convic-ción de que asumir su proyecto de vida con firmeza implica estar dispuestos a sacrificar sus vidas individuales, como casi dos centenares lo han hecho ya, pero con la convic-ción de que una dimensión de la vida, la que han ido descubriendo como la más valiosa, no se destruye sino que se retoma de una manera fecunda y trascendente. El ser parte de grupo humano que dice No a muchas formas de subyugación y deshumanización y que afirma y anuncia, en la modestia y humildad de sus realizaciones y conquistas doloro-sas, que otro mundo es posible, va trastocando la escala social de valores y se va con-frontando con aquella escala que nuestro mundo y sociedad, radicalmente enfermos, nos han querido grabar a sangre y fuego en nuestra conciencia. No pocos funcionarios del Estado e incluso agentes diplomáticos, se han extrañado profundamente de que la Co-munidad no ceda a los chantajes a que ha sido sometida y de que prefiera sacrificar mu-chos niveles de elemental bienestar a sacrificar sus principios ético políticos. Y es por esta actitud, que muchísima gente considera “absurda”, que son tratados como “ilusos” y “locos”. Basta leer infinidad de comentarios en los medios masivos de comunicación. Pero los que son capaces de trascender los condicionamientos sociales y culturales, que invitan siempre a tener como máximo valor irrenunciable la sobrevivencia biológica y a pagar por ella todos los precios que los poderes opresores exijan a cambio, descubren que allí hay un núcleo humano que hace “abrir los ojos” a la masa de ciegos, que por la ley de las inercias y del menor esfuerzo, prefieren no ver.

Al final de la Eucaristía, escuchamos la conmovedora canción que una integrante del grupo solidario de Italia nos había enviado, en la cual se expresan tan delicadamente los sentimientos humanos frente a la masacre de hace un año.

Desde la víspera se habían recibido informaciones sobre el lugar donde probablemente se hallaban los restos de Don Aquilino Pérez, un miembro de la Comunidad asesinado por el ejército en julio de 2001. Un grupo seleccionado, con acompañamiento interna-cional, partió muy de mañana, antes de la celebración en Mulatos, a verificar la infor-mación, con el fin de llegar hacia el medio día a la vereda La Resbalosa, donde preten-díamos hacer la otra ceremonia a la misma hora en que habían sido sacrificados Alfonso Turberquia y su familia.

Tras un rápido desayuno, luego de la celebración en Mulatos, emprendimos la subida hacia La Resbalosa. Por un camino que no conocíamos y que era menos pendiente que el utilizado en otras ocasiones, ascendimos hacia la humilde vivienda de Alfonso, San-dra y sus niños, situada dentro de un paisaje precioso. En el camino nos detuvimos bre-ves momentos en casas abandonadas por familias desplazadas, escuchando rápidos rela-tos de las mismas víctimas o sobrevivientes que caminaban con nosotros. Llegamos a la hora prevista, a las 12 del mediodía. Sin embargo, preferimos dar un plazo para ver si llegaban quienes habían ido a rescatar los restos de Don Aquilino. El cansancio de la subida, sumado al de la jornada anterior, era intenso. Unos minutos de sueño junto a la cuna vacía de Santiago, descuartizado hace un año sin cumplir sus 18 meses de vida, me sirvieron para recuperar las fuerzas. Me trasladé entonces, con muchos de los peregri-nos, al fondo del cacaotal, donde estaban las fosas que albergaron los cuerpos despeda-zados de Alfonso, Sandra, sus niños y Alejandro, quien les ayudaba en la cosecha del cacao. Allí ahora se erigía una rústica capillita que cobijaba las fosas vacías y que en piedras de colores guardaba la memoria viviente de quienes allí fueron masacrados. Es admirable el sentido de la memoria que esta Comunidad tiene. Allí se siente realmente que sus muertos están siempre vivos, acompañando este proceso doloroso de constuir un mundo distinto. Recordaba que hace unos meses, unos líderes indígenas del Cauca nos decían en un intercambio: “para nosotros, el pasado nunca lo imaginamos atrás sino adelante; cuando marchamos, delante de nosotros van los de más edad y nuestros muertos; ellos, que ya han pasado por situaciones difíciles, son quienes mejor nos pue-den orientar en el camino”.

Hacia las dos de la tarde llegó el grupo que había ido a rescatar los restos de Don Aqui-lino y llegaron con gran alegría porque los habían logrado rescatar. En medio de un bosque, gracias a los testigos que habían guardado en su memoria por varios años las coordenadas de aquella sepultura, fue posible el rescate. Don Aquilino había sido dete-nido en medio de un brutal operativo militar el 11 de julio de 2001. Como llevaba su mercadito para sus 5 hijos, los militares le dijeron que esa comida la llevaba para la gue-rrilla. Él sostuvo con firmeza que tenía derecho a alimentar a sus hijos, y cuando los militares lo conminaron a abandonar la región, él se negó rotundamente y defendió su derecho a vivir en su pobre parcela que era lo único que poseía. Fue entonces amarrado a un árbol del bosque desde el 11 de julio y dos días después fue asesinado a garrotazos y enterrado allí mismo. Los que rescataron sus restos traían el lazo con que fue amarra-do que apareció intacto en la exhumación.

Queríamos hacer la ceremonia, como en Mulatos, a la misma hora en que un año antes, las víctimas habían sido masacradas. Todos los testimonios nos confirmaban que el ejér-cito había llegado hacia las doce y media a la casa de Alfonso y había comenzado a disparar. Pero cuando miramos nuestros relojes, caímos en la cuenta de que Alfonso había regresado a su casa justamente hacia las 2 p. m., luego de haber huído con varios de sus trabajadores para salvar su vida, pero también luego de decidirse a correr la mis-ma suerte que su esposa y sus niños, lo que lo impulsó a regresar a su hogar, siendo sa-crificado de inmediato. Sin pensarlo, estábamos, pues, sobre la hora precisa en que la masacre de toda aquella familia se había consumado. Nos congregamos en la rústica capillita construida sobre las fosas y allí hicimos las lecturas bíblicas acompañadas de plegarias y de un ritual sencillo de consagración de aquel lugar como lugar sagrado, resignificando un espacio que había servido para lo más horrendo, con el fin de que aho-ra sirviera para lo más sublime: para descubrir el valor de la vida humana y solidarizarse con los crucificados de la historia. Desde Mulatos habíamos traído una bolsa de tierra del sitio preciso donde cayeron los cuerpos ensangrentados de Luis Eduardo, Bellanira y Deiner. Aquí mezclamos esa tierra con otra sacada de las fosas que albergaron los cuer-pos mutilados de Alfonso, Sandra, Alejandro, Natalia y Santiago, y cada uno de los pre-sentes se llevó una pequeña bolsa con un poco de esa tierra. En la mañana, uno de los líderes de la Comunidad me había dicho en Mulatos, cuando contemplábamos el sitio donde fue asesinado Luis Eduardo: “esta tierra es especialmente fértil”. Al final de la jornada esa frase me daba vueltas en la mente y pensaba en la impresionante fertilidad espiritual de esos lugares, marcados ahora con la memoria de esas vidas y de esas muer-tes, que han sacudido tan fuerte y profundamente nuestras conciencias.

Luego de la ceremonia en La Resbalosa emprendimos nuestro descenso nuevamente hacia Mulatos, para pasar esa última noche en el mismo campamento improvisado junto al semi-destruído centro de salud de Mulatos Medio. Un grupo de jóvenes que no había subido a La Resbalosa porque habían ido antes a construir la capillita, nos tenía prepa-rada una cena. Cuando fue cayendo la oscuridad, nos fuimos congregando improvisa-damente, junto a la capillita que marca el sitio del sacrificio de Luis Eduardo y su fami-lia, algunos periodistas y visitantes internacionales y nacionales, los líderes de la Co-munidad y un grupo de testigos y campesinos de la zona. Se fue organizando, sin pen-sarlo, un conversatorio que se prolongó hasta cerca de la media noche. Bajo la luz de la luna y las estrellas y rodeados por aquella exuberante naturaleza y por el embrujo de aquella serranía que guarda tantos misteriors de vida y de muerte, se fue reconstruyendo paso a paso, con testimonios impresionantes de primera mano, lo que fue aquel operati-vo militar de hace un año, en el contexto conmovedor de toda la persecución del Estado contra la Comunidad de Paz. Estar ubicados en el mismo espacio de los acontecimientos y en las mismas fechas del calendario, le daba a aquel conversatorio un realismo pro-fundamente conmoverdor, profundizado por una solidaridad universal que se hacía rea-lidad en quienes había cruzado lejanas fronteras para acompañarnos y para empaparse de la verdad de aquellos hechos. Hacia la media noche el cansacio nos venció y nos fuimos a dormir unas pocas horas porque había que madrugar para iniciar temprano nuestro viaje de regreso.

En efecto, desde las 5 de la mañana del 22, la actividad de desmonte del campamento, aperaje de las bestias y organización de equipajes, era intensa. Fuimos saliendo en gru-pos en la medida de los afanes de regreso. Algunos tenían que llegar con tiempo sufi-ciente para tomar vuelos o buses de regreso, otros para responder a las urgencias fami-liares de subsistencia. Un buen grupo permanecimos aquella noche en San Josesito. Nos enteramos de nuevos atropellos del ejército, como el ocurrido en La Unión. Cuando los participantes de esa comunidad, completamente integrada a la Comunidad de Paz, esta-ban entrando a sus viviendas al regresr de Mulatos, el ejército invadió el poblado y anunció que todas las viviendas iban a ser allanadas. Gracias a visitantes internacionales que se interpusieron y explicaron que estaban regresando de una conmemoración de la masacre, con pleno derecho, el ejército se retiró no sin demostrar un fuerte enojo por no haber hecho un nuevo alarde de fuerza y prepotencia contra la población civil. Al paso por el abandonado caserío de San José, se vió a policías filmando la caravana y hacien-do comentarios ofensivos que pudieran ser escuchados por los peregrinos: “estos son guerrilleros que vienen con sus morrales y sus armas escondidas”.

El 23 en la mañana, todavía con la presencia de un buen grupo de visitantes nacionales e internacionales, la Comunidad se congregó para una ceremonia que cerraba las conme-moraciones del aniversario. Doce niñas y niños recibieron el bautismo, al tiempo que se realizaban los ritos funerarios sobre los despojos mortales de Don Aquilino Pérez, res-catados durante la peregrinación. Nuevamente la muerte y la vida se trenzaban en un mismo misterio y en un solo ritual. Comenzamos dignificando los despojos de Don Aquilino, poniendo sobre la rústica urna, construida la noche anterior por miembros de la Comunidad, los signos cristianos de la cruz, el cirio pascual, el agua bautismal y los Evangelios, y marcándola con el homenaje humano universal de una ofrenda floral. Al finalizar la Eucaristía los condujimos a un improvisado cementerio que ya guarda mu-chas urnas funerarias, donde se ha comenzado a levantar un monumento más definitivo en memoria de las víctimas de todo este proceso.

En el rito del bautismo retomamos textos bíblicos que enfatizan la fe como una actitud audaz, que no se conforma con el mundo de obstáculos a los sueños de una humanidad libre, justa, fraterna y veraz, que Dios nos regaló como proyecto ofrecido a nuestra ma-nos artesanales. Toda la reflexión culminaba con el símil que el mismo Jesús puso para entender la fe como esa actitud audaz que lleva a decirle a una montaña que se nos in-terpone como obstáculo en el camino: “quítate de ahí y arrójate al mar.. sin dudar que ello va a ocurrir” (Mc. 11,23). Así, el proceso de la comunidad ha sido un proceso de fe audaz en unos valores que son los mismos del Evangelio: veracidad y transparencia; justicia; solidaridad. Esta comunidad, con su historia y sus muertos, es, pues, garantía para que la semillita de esa fe audaz se pueda desarrollar como en una tierra fértil, en estos niños que comienzan su vida en medio de luchas y penalidades pero con el sentido comunitario de una fe por momentos heroica. Un grupo de visitantes de los Estados Unidos, al final de la ceremonia, nos leyó documentos y cartas de quienes los acompa-ñaban en espírito desde su propio país y una declaración de quienes habían venido al aniversario y se regresaban convencidos de que habían estado en “un lugar sagrado”.

Después de la ceremonia vinieron las despedidas finales, despedidas densas que más escondían que revelaban las cargas pesadas con que todos regresábamos en el alma.

No hay duda de que el corazón de muchos de nosotros lloró intensamente durante todas estas jornadas. Algunos no pudimos contener el llanto también de los ojos, en furtivos momentos solitarios, secándonos rápidamente las lágrimas, condicionados como vivi-mos por una cultura que ha asociado siempre el llanto con la debilidad. Pero en el regre-so experimentábamos la profundidad y el realismo de aquel dicho ancestral de nuestros hermanos africanos: hay muchas cosas que solamente pueden ser vistas por ojos que han llorado.

Javier Giraldo M., S. J.

Plegaria desde Mulatos:

Es justo elevar nuestras sentimientos hacia Ti
Señor de la Vida, de la Historia y del Tiempo,
sobre todo cuando nuestro caminar se llena de recuerdos dolorosos
que dejaron huellas profundas e imborrables
y cuando el paso del tiempo
nos hace revivir momentos intensos
en los que experimentamos al mismo tiempo
la capacidad inmensa de hacer daño
que anida en el corazón de los poderosos
y la capacidad inmesa de sacrificio y de solidaridad,
de resistencia y de lucha
que anima a quienes buscan con entusiasmo
un mundo diferente más humano.

Es justo agradecerte
a Ti que representas el misterio fontal de la Vida
las vidas de nuestros hermanos y hermana
que en este lugar fueron masacrados con sevicia
por los poderes que nos dominan.

Es justo agradecerte también
el caminar difícil de esta Comunidad de Paz
que nos llena de profundas satisfacciones
al comprobar que un pequeño sender se ha abierto
donde la solidaridad busca vencer el egoismo
y la falsa civilización construida sobre el lucro y la explotación;
donde la verdad trata de romper espesas capas de engaños y falsedades
y donde el amor a la Vida
resiste heroicamente frente a poderosos proyectos de muerte.

Es justo darte gracias por tu Palabra refrescante
que llena de sentido nuestros momentos dolorosos
y darte gracias también por tu Cruz
que nos hace descubrir el valor precioso
de quienes son capaces de entregar su vida
por el amor a sus hermanos

Al rociar esta tierra con agua
símbolo de la fuerza de Vida que Tu nos regalaste,
invocamos tu bendición
Padre de Jesús y Padre nuestro
sobre este lugar que ha quedado marcado para nosotros
con la memoria dolorosa de nuestros hermanos aquí masacrados
y con el horror que nos produce
comprobar hasta dónde pueden llegar
en su dinamismo destructor
las fuerzas del mal que nos dominan.

Que quienes aquí se acerquen
purifiquen el corazón
y lo limpien de todo egoismo destructor;
que aprendan a descubrir en las víctimas de la injusticia
tu palabra interpelante y desestabilizadora,
que los lleve a comprometerse con un mundo solidario.

Que quienes pasen por este lugar
miren también la cruz que aquí plantamos
y aprendan a solidarizarse con los crucificados de nuestra historia.

Que esta tierra profanada por la muerte y el pecado
reciba una fuerza apabuyante de resurrección
que anime a todos los que la toquen
a construir amor
y a entender que las vidas aquí sembradas entre dolor, sangre y llanto,
revientan como espigas nuevas
en quienes se deciden a acoger el amor y a construir justicia.

Te lo pedimos por Jesús, tu Hijo y nuestro hermano
a quien levantaste del sepulcro ignominioso del Calvario
y lo hiciste reconocer como aquel que vive siempre contigo
sin ser ya más vulnerable a la muerte y al dolor
en un tiempo ya no amenazado por la precariedad de lo que pronto se acaba.
Amén.

Pelgaria desde La Resbalosa:


Es justo dirigir nuestra mirada interior
hacia Ti, Señor de la Vida y de la Historia,
al congregarnos sobre esta tierra profanada
que recogió los detritos
de la más extrema crueldad humana.

Aquí el cuerpo de tu pueblo fue despedazado con sevicia;
el mismo cuerpo de Jesús que sigue padeciendo en la historia.

Aquí quedaron las huellas sanguinarias de los nuevos Herodes
que masacraron niños sin piedad alguna
arrancándolos de las manos amorosas de su madre
para destrozarlos con crueldad.

Aquí quedaron en pedazos ensangrentados
los cuerpos de hermanos nuestros
que pagaron así el delito de soñar en un mundo sin cadenas.

Esta hermosa naturaleza que tu bondad nos regaló para expandir la Vida
fue violada y exsecrada
por quienes quisieron destruir con saña las humildes moradas
donde tu pobre pueblo quiso alojar con entusiasmo
la solidaridad, la verdad y la justicia.

¿Cómo no expresarte hoy nuestros sentimientos de dolor e indignación,
de perplejidad y estremecimiento
cuando nos congregamos alrededor de un trozo de tierra
donde el pecado de nuestro mundo
tuvo una de sus más atroces expresiones
y donde experimentamos nuestra mayor impotencia
frente a la fuerza destructora de los poderes que nos rigen?

Solo el recuerdo de Jesús clavado en una cruz
sufriendo el mismo suplicio de tu pueblo masacrado
puede revelarnos con fuerza
que lo más humano de nuestra humanidad
es invulnerable d los poderes de muerte que nos envuelven.

Y así como los primeros cristianos
se negaron a aceptar que la vida exuberante de Jesús
pudiera encerrarse en una tumba
y reconocieron en él al Viviente Supremo
que quebraba las barreras de la muerte
y que continuaba animando
desde un cuerpo ya invulnerable al sufrimiento y a la muerte
todas las construcciones de amor de nuestra historia,
así queremos hoy agradecerte
el que hayas hecho del crucificado
tu Palabra más desconcertante y fecunda
que desde los excluidos de la historia
proclama el valor indestructible de la Vida.

¿Un mensaje, un comentario?

moderación a priori

Este foro es moderado a priori: su contribución sólo aparecerá una vez validada por un/a administrador/a del sitio.

¿Quién es usted?
Su mensaje

Para crear párrafos, deje simplemente líneas vacías.