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Diez años después del asesinado de Josué Giraldo Cardona

Miércoles 18 de octubre de 2006, por Javier Giraldo M. , S.J.

Solo nos queda la opción de negar toda validez y legitimidad a los proyectos, expresiones culturales, estructuras e ideologías que se construyen sobre la afirmación gozosa o indiferente de sus ausencias. Solo nos queda el camino de combatir y destruir las visiones positivas y abstractas de la humanidad y de la historia donde no cabrían nuestros mártires, nuestras víctimas, bañadas en su sangre siempre fresca, interpelante y desestabilizadora.

Hoy hace 10 años Josué vivió los últimos instantes de su vida a la manera como él mismo y todos los que lo conocimos de cerca la habíamos imaginado y temido: unos proyectiles, disparados por especies de robots anónimos, teledirigidos, penetraron en su cuerpo y en pocos instantes le arrancaron violentamente la vida, acumulando su féretro al de los centenares de millares de víctimas que pueblan nuestro sendero hacia un mundo nuevo y humano.

Permítanme traer a la memoria en este momento uno de esos signos rutinarios y desapercibidos que solo se registran conscientemente cuando algún sentimiento peregrino los graba con fuego en el corazón. Aquel 14 de octubre de 1996, hacia esta misma hora, mientras el cuerpo inerte de Josué era sacado del recinto de la Asamblea para conducirlo a la ceremonia exequial, las campanas de la catedral acompañaban ese desplazamiento con el tradicional tañido fúnebre de “los dobles”, que integran el sonido agudo con el sonido grave, como tratando de hacer una síntesis de todos los sentimientos humanos, de las alegrías y de las tristezas, de los momentos de luz y de los momentos de oscuridad, de las eclosiones de la vida y de la rigidez paralizante de la muerte, de las utopías y los sueños y de las tragedias que destruyen y aniquilan y ponen en jaque la esperanza. Nunca he podido separar, en estos 10 años, el recuerdo de la muerte de Josué de aquel tañido fúnebre de las campanas de la catedral que penetró tan hondamente en mis sentimientos exacerbados en aquel momento, como sonido portador de mensajes cifrados que he tratado muchas veces de interpretar y de desentrañar.

Una larga tradición estética religiosa, amalgamada con nuestra cultura, hizo de los campanarios una especie de concha de resonancia del misterio del tiempo. El sonido de las campanas, con la complicidad de las ondas de los vientos, socializa la atención sobre aquello que comienza y sobre aquello que termina, y sobre los momentos intensos y sagrados, tratando de traducir en la rica gama de sus sonidos, la confluencia de sentimientos en la alegría o en el dolor, o las expectativas y las alertas frente a lo que rompe los ciclos rutinarios de la vida, o la profundidad emotiva de los encuentros y las despedidas que marcan siempre las fronteras profundas de las presencias y de las ausencias; de lo que pudo ser y de lo que sigue siendo.

Aquel sonido redoblante de las campanas de la catedral quedó asociado, pues, en mi memoria al denso y emotivo momento de la despedida de Josué. Solo quisiera compartir con ustedes, en estos minutos, algunos estratos superficiales de esos mensajes cifrados de su presencia y de su ausencia, ya que los estratos más profundos quedan atrapados en los ecos sin palabras de los campanarios.

Presencia y ausencia se confrontan necesariamente en este aniversario y nos envuelven a todos, a Josué y a nosotros, en una solidaridad interpelante.

Presencia:

Venido de las montañas caldenses donde su primera militancia política le había acarreado un primer atentado contra su vida, su presencia en en Llano estuvo marcada por la madurez de una opción que asumía conscientemente el riesgo, bajo el ímpeto del sueño en otro mundo posible y cercano, nimbado por el coraje y el amor de quienes se comprometían en su gestación. Josué había optado por el Derecho y ofreció su capacitación jurídica como base y camino de un compromiso que le diera acceso al mundo de los oprimidos luchadores. “Empecé a entender el Llano y a conocer su historia a través de las víctimas de la violencia”, le confesaba a otro abogado pocos meses antes de su muerte. “Mi compromiso con la gente, -decía- el amarrarme a sus luchas, fue acompañado de un proceso de enamoramiento paulatino de la región. La inmensidad del Llano, su exotismo, eran para mí fantasías inexploradas, sus paisajes son embrujadores. Todo ello me ató. Además me parecía que la idea de irme de allí, con tantos compañeros muertos, era como dejar abandonadas sus memorias, las luchas por las que entregaron la vida. Si sobrevivía yo, era como un acto de cobardía que no me perdonaría nunca (...) me parecía una cobardía pensar en irme frente a la gente que, aún sabiendo que la iban a matar, no se resignaba ni renunciaba a su lucha sino que, por el contrario, aumentaba sus esfuerzos, de tal manera que cuando les llegase la hora de morir por lo menos vencían moralmente sobre sus victimarios”.

Esta fue su fe humana; la que explicó, no a los razonamientos fríos de los intelectuales, sino al sentir humano y cálido de los militantes, los perfiles amalgamados de su vida y de su muerte. Su vida, como camino y opción, la confeccionó entre los dos atentados, como un fuego robado a los dioses de la muerte, para producir incendios y resplandores antes de que se lo rescataran.

En mi primer encuentro con él, presentados y atados en una amistad definitiva por la inolvidable Hermana Nohemy Palencia, Josué apenas daba pasos inseguros hacia lo que sería el Comité Cívico de Derechos Humanos del Meta. Estábamos en unas jornadas de análisis sobre el desplazamiento forzado y de allí salió con un programa claro y definido para configurar el Comité. Poco antes de su muerte lo evaluaba así: “Aprendimos el lenguaje de los derechos humanos desde el clamor de viudas, huérfanos y desplazados reclamando justicia ... Hemos querido responder con un planteamiento central que es el de la vida. La vigencia de la vida, la indoblegabilidad de la vida y la urgencia de defenderla para que sea posible la confrontación democrática en el juego civilizado de las palabras y no en los escenarios del asesinato, la masacre o la guerra (...) Nos hicimos parte de la familia colombiana defensora de los derechos humanos (...) Nos hemos vinculado al movimiento de los derechos humanos en el mundo. Nos hemos hecho parte de esta familia universal por la dignidad de las personas y de los pueblos, lo cual nos da el vigor para seguir adelante”.

Su presencia fue fuerza y acción, impulso y coraje vividos conscientemente en escenarios donde merodeaba la muerte. En el último reportaje que le hicieron en Suiza, destinó largos espacios a los relatos de lo que él denominó “aquellas muertes que me desgarraron el alma”, que fueron en él memoria fecunda y estímulo permanente de su compromiso progresivamente radicalizado.

Sus riesgos crecientes enfrentados con audacia desafiante, y -por qué no decrilo- de imprudencias angustiantes, se fueron convirtiendo en factor de tensión entre los dos, y no pocas veces me dejaron sinsabores y perplejidades. En los últimos meses traté de entender, entre sentimientos encontrados, que él había llegado ya a comprenderse a sí mismo como parte de un proyecto mucho más grande que él, en el cual él disolvía cada vez más generosamente su propia subjetividad, o mejor la fundía en una subjetividad colectiva que enarbolaba la pasión por la dignidad humana. Solo desde allí fue posible entender su frase lapidaria que nos quedó grabada con fuego en el corazón: “ser obligado a dejar las cosas que has construido, los espacios de lucha que te enriquecen en tu condición de ser humano y dejarlo todo por las amenazas o la inminencia de la muerte, es enajenarle tu libertad a los verdugos; es endosarle al criminal la condición de un dios que puede decidir sobre tu vida o tu muerte. No lo acepto. Ceder me parece más terrible que la muerte misma”. Así, su muerte fue claramente una negativa digna a la claudicación; un triunfo moral sobre sus victimarios. Su presencia, podríamos decir, llegó a su plenitud en su ausencia.

Ausencia:

Hace 10 años vivimos su ausencia y la primera interpelación que nos hace su memoria es cómo hemos convivido con los entramados institucionales que le dieron muerte; cómo hemos convivido con nosotros mismos, insertos como estamos en un mundo en que las fuerzas dominantes no cesan de festejar su ausencia.

Es grande la tentación del silencio y de la claudicación disimulada que en multitud de ocasiones se nos quiere imponer como precio a la supervivencia. Es grande la tentación de convivir con la impunidad, muchas veces disfrazada de “paz” o de “negociación política”, en su atrevido intento de cooptar a las víctimas para que aplaudan con entusiasmo inconsciente el modelo de sociedad de pensamiento único que las ha destruido.

Es grande la tentación de concluir y cerrar ya nuestros duelos bajo la consigna de no dejarnos destruir psicológicamente, echando mano de discursos sedantes que nos muestran la historia y la humanidad en una carrera positiva de progresos y de avances que a veces exigen sacrificar vidas y proyectos para que las generaciones futuras puedan vivir en paz y en bienestar.

Es grande la tentación de legitimar nuestra permanencia en la vida, frente a aquellos que fueron expulsados violentamente de la historia, cobijándonos con el discurso del “realismo” o con el de la “ética de la responsabilidad histórica”, consintiendo en que la realidad vigente tenga primacía sobre los sueños que alguna vez alimentaron nuestro sentido del vivir.

Es grande la tentación de aceptar al menos ciertos grados de frialdad e indiferencia para continuar conviviendo, sin ser psicológicamente destruidos, con un mundo que hunde los cimientos más firmes de su realidad real en la destrucción violenta y en la ausencia de los que ya no están.

Pocas alternativas nos quedan para convivir dignamente con las ausencias de los que un día temsionaron nuestros afectos y nuestra esperanza en el compromiso con un mundo diferente y más humano.

Solo nos queda la opción de negar toda validez y legitimidad a los proyectos, expresiones culturales, estructuras e ideologías que se construyen sobre la afirmación gozosa o indiferente de sus ausencias. Solo nos queda el camino de combatir y destruir las visiones positivas y abstractas de la humanidad y de la historia donde no cabrían nuestros mártires, nuestras víctimas, bañadas en su sangre siempre fresca, interpelante y desestabilizadora.

Convivir dignamente con su ausencia nos lleva a negar el Derecho y la Justicia como conjuntos de normas y procedimientos abstractos y universales y a transformarlos en el rescate permanente de las vidas destruidas de nuestras víctimas en su incesante demanda de derechos negados.

Solo podremos convivir dignamente con su ausencia, si entendemos el Derecho y la Justicia, no como doctrinas abstractas sino como procesos que avanzan negando y superando formas concretas de injusticia; si entendemos el pasado, no como lo acabado que ya no vuelve más, sino como un conjunto de líneas truncadas, de historias interrumpidas que heredamos y que nos invitan a concluirlas; si entendemos la memoria, no como el solo recuerdo de lo que fue sino de lo que pudo haber sido, de los sueños forzados a detenerse en caminos muertos y sitiados; si entendemos el amor, no como un bien que se hace a quienes pueden recompensarnos en el futuro, sino como servicio a los vencidos y a los muertos que ya no pueden halagarnos con futuras recompensas materiales.

Quisiera evocar, finalmente, unos versos profundos de La Parábola del Foso, del poeta Guillermo Valencia.

Narra el poeta que un antiguo rey de la India tenía su reino en un hermoso valle natural cercado por montañas de roca de granito tajadas a pico en aristas filudas. Una vez que salió de su sede, al regresar encontró que una enorme roca había bloqueado el único acceso a su reino, que era un estrecho puente entre dos peñascos elevados. Varios esfuerzos por desbloquear el paso, fracasaron: no pudieron partir la roca con martillos potentes, ni dos mil elefantes con cadenas pudieron arrastrarla. Aconsejado por algunos, el rey hizo llamar a un fakir que habitaba en una cueva de los contornos. El fakir hizo que cien hombres cavaran un foso profundo y luego con palancas hicieron rodar la roca hacia el foso. Terminada la hazaña, el fakir le hizo al rey profundas reflexiones sobre la caducidad de la vida y del universo, donde hasta las poderes más invencibles ruedan finalmente a un abismo que los sepulta en la nada. Sus estrofas finales son de una hermosa profundidad:

“Lo que existe es ya tumba de lo que viene:
abierto percibe cada instante al nacer, su sepulcro,
y el instante sepulta nuestro pensar, que es tiempo,
y con él un jirón de nuestra carne débil
que es fragmento de espacio,
ardida en la perenne combustión de la vida.

Alumbrar es arder:
el que no piensa se abrasa más despacio;
pero el vivir intenso y el soñar y el sufrir
enardecen las llamas
y apuran el vivaz relucir del ardua flor del ser:
alumbrar es arder
¡y quemarse alumbrando es vivir¡ ¡Es vivir¡ ¡Es vivir¡”

Hermoso y profundo símbolo que, a mi juicio, en medio de la obligada meditación sobre la caducidad de nuestras vidas que todo aniversario fúnebre nos impone, revela el sentido profundo de la vida de Josué: su vida no puede describirse mediante la imagen del fuego lento que va consumiendo toda existencia terrena. Su vida fue ese “vivir intenso y soñar y sufrir”, algo que avivó la llama de su vida de manera no rutinaria, apresurada e intensa, para “quemarse alumbrando” como un VIVIR en plenitud. Por eso el último verso podríamos acogerlo como su más hermoso y profundo legado: quemarse alumbrando es vivir, es vivir, es vivir.

Javier Giraldo M., S. J.
Villavicencio, 13 de octubre de 2006

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