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Semana de Pasión

Lunes 2 de abril de 2007, por Javier Giraldo M. , S.J.

En el drama de la pasión desfila toda la historia humana con sus conflictos y violencias; con sus búsquedas, construcciones y fracasos; con sus montañas de seres destruidos y excluidos; con su arte y sus sentimientos; con la delicadeza de sus sinfonías y la rudeza de sus bandas marciales; con sus técnicas de tortura y con sus sueños; con sus momentos sublimes y sus vergüenzas; con sus búsquedas de sentido y sus aberraciones. Y allí somos invitados a morir a una manera de construir el mundo y la historia y a nacer a otro mundo posible: el que nace purificado por el dolor y la sangre redentora.

Desde hace muchos siglos, los cristianos dedicamos tres días que llamamos santos a seguir paso a paso, con la mente y el corazón, los episodios que los evangelios nos presentan como el final de la vida terrena de Jesús: su pasión, su muerte, su resurrección.

Un texto que inicia la ceremonia de Jueves Santo, puerta de entrada a esos tres días santos, está tomado de la Carta de San Pablo a los Gálatas, quien en su polémica con los judíos observantes que querían obligarlo a seguir las tradiciones formales de la religión judía, les escribía: “ de lo único que yo quiero ufanarme es de la cruz de Cristo, por la cual este mundo está como muerto para mí y yo como muerto para este mundo;las prácticas externas y formales poco importan; lo que importa es hacerse un ser humano nuevo” .

Pablo veía en la cruz de Jesús algo que lo confrontaba con las decisiones últimas que definen el sentido de la vida. Él mismo había sido azotado 5 veces y había experimentado la persecución y la cárcel. Seguramente había profundizado mucho en esa su experiencia del dolor y por eso sabía que frente a todo aquello que amenaza nuestras seguridades; nuestras tranquilidades; nuestro confort o bienestar, el ser humano tiene que optar, ya sea por someterse a lo que el orden ya establecido le ofrece y le impone, ya sea por hacerse ciudadano de otro mundo posible, apoyado en valores contrarios a los que los poderes y las inercias nos imponen, valores que necesariamente encuentran su punto de explosión y su suelo nutricio, en el sufrimiento, en la pasión.

En los dos últimos años muchos hemos visto, en teatros o en las pantallas de nuestros televisores o computadores, la película de la pasión de Cristo de Mel Gibson. La mayoría de los críticos concuerda en que es un esfuerzo por escribir con imágenes lo que los evangelios escribieron con letras, dentro de una gran fidelidad a los textos, a los paisajes, a las costumbres y a la mismas lenguas que se hablaban en aquella época.

Hay teólogos e historiadores que hoy día nos dicen que los relatos de la pasión fueron muy acomodados por quienes redactaron los evangelios, tratando de proyectar en ellos muchas expresiones simbólicas del Antiguo Testamento, especialmente del profeta Isaías en sus descripciones poéticas del Servidor Sufriente. Pero sea de ello lo que fuere, la sola historia profana nos transmitió un dato simple y escueto: que bajo el reinado del emperador Tiberio, un profeta llamado Jesús fue crucificado en Palestina, y este dato escueto obliga a enfrentarse a la brutalidad de las costumbres romanas y judías de aquella época, cuando se trataba de castigar a disidentes políticos.

En realidad, poco importaría comprobar si la pasión de Jesús ocurrió así, con todos los detalles con que nos la presentan los evangelios o el filme de Mel Gibson. La pasión de Jesús es una realidad vivencial, más real que cualquier otra realidad, que desnuda las profundidades más reales de nuestros sentimientos, de nuestras opciones y de nuestros comportamientos. En ella se configura y se aquilata nuestra fe, nuestro sentido de la vida, nuestras opciones más desgarradoras y decisivas.

En el imaginario de esos tres días, un ser humano, centro de nuestras miradas y reflexiones, sufre intensamente. Su cuerpo se convierte en el blanco de atrocidades extremas que quizás de otra manera difícilmente se albergarían en nuestra imaginación. Su sangre y sus fuerzas vitales son arrancadas con una economía morbosa, como haciéndolas rendir al máximo para que alcance a experimentar todas las formas posibles del sufrir. Y a medida que se ponen en escena los dolores, los más diversos sentimientos y pasiones humanas van saliendo a la luz para confrontarse dramáticamente con el dolor.

En Herodes y Pilatos afloran las dinámicas más recónditas del poder que anidan en el alma humana, con sus cálculos y disfraces. En Pedro afloran el temor y la fragilidad cuando luchan dramáticamente con la lealtad y la fidelidad costosas. En Judas aflora el oportunismo superficial que cosecha remordimientos insoportables hasta desembocar en la desesperación. En María afloran los instintos maternos que trascienden todos los heroísmos en la sublimidad de una presencia silenciosa que acompaña compasivamente. En los soldados de la guardia pretoriana afloran todos los instintos sádicos que habitan en los escondrijos vergonzosos y oscuros del alma humana y que cuando salen a la luz, lo suelen hacen con variedad de máscaras y ropajes encubridores, pero aquí salen desnudos y desvergonzados. En la verónica aflora la audacia desafiante de la compasión. En los sumos sacerdotes y fariseos afloran las ideologías del orden establecido que han buscado arroparse con el nombre de Dios para poder legitimar lo que no es legitimable. En el cirineo aflora la fuerza del destino que nos hace compartir inconscientemente el dolor de compañeros de ruta que podrían salvar nuestras vidas del sin-sentido. En Barrabás afloran pasivamente las incoherencias de la justicia. En Juan afloran la fidelidad y la coherencia, cuando son zarandeadas violentamente por el riesgo. En las masas aflora la identidad nítida de la masa humana, del hombre-masa, arrastrado por el torbellino de las energías baratas; por el instinto de conservación manipulado por los poderes de turno, y por las inercias ciegas que le aseguran la supervivencia vegetativa dentro del orden establecido.

Los personajes de la pasión no necesitaron existir hace dos mil años. Su realidad trasciende la historia porque están aferrados a nuestros códigos genéticos y se reproducen con variedad de combinaciones en cada ser humano. Pero es el dolor humano el que convoca al escenario de las confrontaciones, de las decisiones, de las interpelaciones, de las opciones. Por eso San Pablo decía, en el texto del primer introito del Triduo, que para él ya no contaban las prácticas religiosas tradicionales en las que por un gran trayecto de su vida creyó encontrar a Dios. Todo se lo había trastornado la Cruz. Para él solo contaba la cruz de Jesús como realidad capaz de hacer morir todo un mundo dentro de su horizonte de sentido, y de hacer nacer otro mundo completamente nuevo. El dolor desgarra y confronta; el dolor enciende reflectores potentes para iluminar los más oscuros rincones del alma humana; el dolor destruye máscaras y ropajes; el dolor arranca carcajadas y lágrimas para desnudar las patologías del alma; el dolor hace desmoronar las falsas y cómodas imparcialidades. El dolor, en síntesis, le abre a la humanidad un boquete por donde puede escaparse de su inhumanidad. En ese sentido, el dolor es redentor.

En el drama de la pasión desfila toda la historia humana con sus conflictos y violencias; con sus búsquedas, construcciones y fracasos; con sus montañas de seres destruidos y excluidos; con su arte y sus sentimientos; con la delicadeza de sus sinfonías y la rudeza de sus bandas marciales; con sus técnicas de tortura y con sus sueños; con sus momentos sublimes y sus vergüenzas; con sus búsquedas de sentido y sus aberraciones. Y allí somos invitados a morir a una manera de construir el mundo y la historia y a nacer a otro mundo posible: el que nace purificado por el dolor y la sangre redentora.

Y en el drama de la pasión, si no queremos ser simplemente supersticiosos o hipócritas, tiene que desfilar también la historia actual de nuestro país, con sus estructuras económicas y políticas construidas al impulso de los más acendrados egoísmos; con sus regímenes de terror que han remitido prematuramente a los cementerios a todos los buscadores de justicia; con sus cárceles inhumanas donde se destruyen con saña todos los afanes de cambio social; con las detenciones masivas y arbitrarias de la “seguridad democrática” que aterroriza y desactiva todos los movimientos sociales; con nuestros millones de desplazados condenados a la indigencia y con la memoria dolorosa de millares de desaparecidos, cuyas vidas quedaron sumergidas en la indefinición existencial.

La realidad sufriente de Jesús tiene también dimensiones insospechadas. Él mismo relativizó radicalmente su materialidad biológica y acostumbraba presentarse como “hijo del hombre”, expresión que lo identificaba con un ser humano genérico y sobre todo con aquellos que no tenían credenciales para que alguien le diera importancia a sus sufrimientos. Por eso en la parábola del juicio final afirmaba estar presente en el hambriento anónimo, en el enfermo solitario, en el preso abandonado y en el perseguido por la justicia. Es el dolor humano el que hace a Jesús trascender la historia para confrontarse con todas las generaciones humanas y hacer aflorar en ellas las opciones decisivas del sentido de sus vidas.

El gesto con el que se abre el triduo sagrado, el de la última cena, con el misterio del pan y del vino convertidos en el cuerpo y la sangre de Jesús, un gesto hermosamente expresado en la película de Mel Gibson, quien trata de darle la plenitud de su sentido desde las escenas culminantes de la cruz, es un gesto que resume y concentra el misterio de la Pascua: el cuerpo sufriente de Jesús se proyecta en la materialidad del pan que se consume para dar vida, y su sangre derramada se proyecta en el vino exprimido de la uva macerada que por momentos aviva la intensidad de la conciencia para despertarla de su aletargamiento.

Se puede vivir, pues, pues, estos tres días sagrados, descubriendo intensamente las virtualidades de la cruz de Jesús, la cual, como San Pablo lo descubrió, es capaz de hacer morir en nosotros todo un mundo y hacernos nacer a otro nuevo, con la condición de que nos dejemos interpelar crudamente, implacablemente, profundamente, por el dolor humano.

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