Desde los márgenes

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Homilía de Sábado Santo

La noche sagrada de la Pascua

Lunes 2 de abril de 2007, por Javier Giraldo M. , S.J.

En estos veinte siglos los cristianos hemos caído frecuentemente en la tentación de instalar esos relatos en el pasado, quizás con un miedo profundo a encontrarnos con un Jesús vivo. Para que la resurrección no incomodara a los poderes adueñados de la historia humana, fue necesario interpretarla con los parámetros de los acontecimientos físicos, incluso concediéndole toda la espectacularidad maravillosa de lo sublime, con tal de que se instalara definitivamente en el pasado, que ya no vuelve más.

La tradición cristiana convoca a celebrar la Pascua ya entrada la noche del Sábado Santo para poder sentir físicamente el contraste entre la oscuridad y la luz y para celebrar, sobre el telón de fondo de esa emoción estética, el misterio de la resurrección de Jesús.

La Iglesia también escogió un tiempo del año para ubicar esta fiesta, que solo lo disfrutan como contexto en los países del Norte, y es la llegada de la primavera, cuando la naturaleza toda parece despertar de un sueño de muerte y hacer derroche de vida nueva que alegra y embellece el mundo.

Toda la delicadeza de los símbolos con que la liturgia elabora el ritual de esta Noche Santa, de esta Solemnidad Primera del pueblo cristiano, evoca aquella frase afortunada de San Pablo en su primera carta a los Corintios: “si Cristo no ha resucitado, nuestra fe está vacía”.

Hoy nos reunimos, pues, alrededor de ese misterio central que configura nuestra fe. Jesús, el Cristo, el Ungido de Dios para nosotros, ha resucitado, ha vencido la muerte y es accesible a nosotros como alguien que vive; como el Primero de los vivientes. Aquí está el núcleo, el corazón de nuestra fe cristiana.

Los primeros cristianos, aquellos que construyeron los más primitivos estratos de los textos sagrados de los evangelios, así como los primeros rituales y tradiciones que han alimentado esta fe, sobre el telón de fondo de la tragedia del Calvario, escogieron el lenguaje de símbolos profundos que han atravesado muchos siglos y que no cesan de sobrecogernos e impactarnos porque la belleza y la profundidad de sus imágenes y sus detalles es capaz de colocarnos delicadamente ante el misterio de la vida que vence la muerte; de la justicia que vence la injusticia; del amor que vence los egoísmos y los odios; de la impotencia que vence los poderes. Para familiarizarnos con este misterio, ellos tejieron los relatos de la tumba vacía y los de un Jesús que retomaba sorpresivamente, por momentos, los rasgos de su existencia terrena, para animar y confirmar a los portadores de su Buena Noticia.

Aquellos primeros cristianos de ninguna manera quisieron transmitirnos un dato o una información acerca de la maravillosa reanimación de un cadáver, o sobre la salvación de un cuerpo humano, que habría perdido su esencia biológica como estructura necesariamente caduca, para perpetuarse en la eternidad. Si este fuera el mensaje de Pascua, muy poco concordaría con el mensaje mismo de Jesús de Nazaret. Estaría más cerca de las tradiciones faraónicas o de otros pueblos, que quisieron legar a las generaciones futuras los cuerpos embalsamados de sus señores, o los textos fosilizados e intocables de sus palabras autorizadas. Este no es ciertamente el mensaje ni el motivo de fiesta de la Pascua.

Hoy día la mayoría de los teólogos y exegetas nos dicen que los relatos de la tumba vacía y de las apariciones del resucitado no nos remiten a algo que habría ocurrido físicamente en Jerusalén alrededor del año 30, y que eventualmente hubiera podido ser registrado con nuestras técnicas periodísticas anecdóticas. Las enormes discordancias y contradicciones de los textos, cuando los leemos sobre ese presupuesto, nos aseguran que este no era el propósito. Los relatos de la tumba vacía y de las apariciones del Señor Resucitado nos remiten más bien al largo proceso espiritual de toda una generación que conoció directa o indirectamente a Jesús; que asimiló y procesó profundamente su mensaje desde la experiencia trágica del Calvario y así elaboró una fe y una pedagogía de acceso a un personaje cuya vida consistió en una fuerza que vencía las fatalidades; en una audacia que volvía añicos la autoridad de todas las opresiones; en un poder que se nutria de todas las impotencias; en una simplicidad que deslegitimaba todos los señoríos; en una ternura que se solidarizaba con todos los sufrimientos; en una mirada penetrante que despojaba de todos los falsos ropajes y máscaras encubridoras.

El profundo relato de San Lucas (cap. 24), en el episodio del camino de Emaús, nos muestra ese proceso como un verdadero caminar, como una ruta que se va alejando del ambiente de la gran ciudad donde se mata a los profetas, llevando en el fondo del alma sentimientos de frustración, de desesperanza, de perplejidad, de derrota; sentimientos enmarcados en la realidad biológica, social, política y filosófica de la muerte; pero un camino que al final de una jornada o proceso, en un atardecer que termina junto a una aldea de la periferia donde viven los pobres, culmina en la comprensión de que la muerte de Jesús tenía un sentido en la perspectiva de las Escrituras sagradas, pero que esa muerte no era una estorbo sino más bien una fuerza nueva de Vida en el proyecto del Reino; que esa vida que se había manifestado en un cuerpo caduco, era ahora fuerza nueva convocante en una mesa fraterna, donde el pan, la palabra y la comunidad eran el nuevo cuerpo de Jesús.

El camino de Emaús quizás proyectó en imágenes delicadas, apasionantes y profundas los rasgos más esenciales del proceso de esa primera generación cristiana que tuvo que asimilar el asesinato de Jesús y con él toda la experiencia negativa del poder y del mal, de la opresión y de la deshumanización y de mil formas de muerte, pero que finalmente encontró en la misma vitalidad histórica de Jesús la fuerza que vence todas las muertes, no de una manera mágica, milagrosa o espectacular, sino en la identificación de lo que fue la vida misma del Nazareno.

Si quisiéramos acceder a lo que realmente ocurrió después del Calvario, dos historiadores de la época nos lo cuentan sin ningún lenguaje simbólico sino con el realismo descarnado de los espectadores fríos. Flavio Josefo, historiador judío romano, al escribir sus memoria hacia finales del siglo primero, afirmó: “ aquellos que lo amaron por encima de todo, nunca abandonaron su amor por él; por eso el movimiento de los cristianos, como se vino a llamar después de él, no ha desaparecido todavía” . Y el historiador pagano, Tácito, al escribir a comienzos del siglo segundo, afirmaba que esa “perniciosa superstición de sus seguidores, lejos de esfumarse, ha llegado a encontrar incluso su manera de llegar hasta Roma” . Ambas fuentes, una neutra y otra insultante, coinciden en afirmar que el asesinato de Jesús, ordenado por Pilato, en lugar de hacer extinguir la fuerza de sus seguidores, produjo una inesperada continuidad y vitalidad.

No es posible elaborar una vivencia de la resurrección sin asimilar la vivencia de la muerte, como no es posible disfrutar la estética de la luz sino desde la sensación de la oscuridad, ni disfrutar profundamente la alegría y hermosura de la primavera sino desde la melancolía del invierno.

La imagen de la tumba vacía se gestó en ese profundo proceso de la primera generación de los seguidores de Jesús, en el cual nació la fe cristiana. Nada más apropiado para expresar y hacer accesible una vitalidad recuperada después de un asesinato, que el recurso a las tradiciones funerarias de la cultura ambiente. Todos los ritos y costumbres funerarias, judías y griegas, conducían a clausurar la existencia histórica y la acción histórica de difunto. En la tradición judía, la misma carne debía descomponerse en una tumba de piedra caliza durante un año, pues era la carne del pecado, para dejar los huesos limpios, como en la visión de Ezequiel, a fin de que Dios los revistiera en el día del juicio con una carne nueva, sin pecado. Los cristianos subvierten toda esta simbología, y convierten la tumba en un seno materno, que en lugar de encerrar la vida terminada y clausurada, la expulso hacia fuera como vida que renace y recomienza en la vitalidad de sus seguidores. Para ellos la carne de Jesús, su existencia concreta moldeada en el tiempo y el espacio, no debía corromperse y desintegrarse porque no tenía pecado, y por eso ellos la comen en la Eucaristía, se alimentan de esa existencia terrena y concreta como de lo contrario del pecado. El cuarto evangelio polemizó más tarde con quienes quisieron construirse un Jesús abstracto y celestial, puesto al abrigo de todos los conflictos históricos, y puso en boca de Jesús aquellas duras palabras: el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida y yo mismo lo haré levantarse de la muerte.

La imagen de la tumba vacía es, pues, una imagen que subvierte los imaginarios culturales de la muerte. En ella Jesús subvierte la muerte con todas sus densas realidades y sentidos.

Veinte siglos después de que esa primera generación cristiana confeccionara los relatos pedagógicos, a través de los cuales nos transmitieron su fe, su acceso a Jesús vivo tras la muerte ignominiosa del Calvario, todavía los encontramos sublimes y profundos y descubrimos en ellos una verdad más densa que las crónicas de nuestros aconteceres, rutinarios o espectaculares, arrastrados y determinados siempre por las fuerzas y los poderes que nos dominan inconscientemente.

Pero en estos veinte siglos los cristianos hemos caído frecuentemente en la tentación de instalar esos relatos en el pasado, quizás con un miedo profundo a encontrarnos con un Jesús vivo. Para que la resurrección no incomodara a los poderes adueñados de la historia humana, fue necesario interpretarla con los parámetros de los acontecimientos físicos, incluso concediéndole toda la espectacularidad maravillosa de lo sublime, con tal de que se instalara definitivamente en el pasado, que ya no vuelve más. Y la mayoría la celebran como un acontecer de un tiempo lejano, “in illo tempore”, “ en aquél tiempo”. Por eso la Pascua poco atrae a las masas llamadas cristianas. A estas les resulta más atractiva la dramatización de la pasión, en la cual al menos ven proyectados sus incesantes sufrimientos, que alcanzan en la pasión de Cristo un valor sublime.

El mensaje de Pascua no fue, pues, el de un acontecer físico del pasado. Lo que esa primera generación cristiana nos quiso compartir fue la experiencia de un Jesús realmente vivo: un Jesús cuya boca volvió a pronunciar palabras; cuya fuerza de vida continuó convocando a multitudes; cuya compasión siguió sanando y levantando de la muerte a muchos cuerpos destruidos; cuya claridad y valentía siguió enfrentando todas las estructuras opresoras antihumanas; cuya identidad humana y política siguió tomando partido por las masas oprimidas.

El esfuerzo de la primera generación cristiana por entregarnos, en los evangelios y en otros escritos, una identidad de Jesús, no buscaba embalsamarlo en un texto marcado por el tiempo pasado, para que quienes en el futuro nos llamáramos cristianos pudiéramos eximirnos de todo compromiso con nuestro momento histórico, pensando que lo definitivo para nuestra salvación ya había sido consumado en la historia de Jesús, confinada al pasado. No. Si los evangelios quisieron legarnos una identidad de Jesús, lo hicieron con la convicción de que las futuras generaciones cristianas tenían que recrear continuamente a Jesús y para ello necesitaban unos rasgos esenciales de su identidad histórica. Solo así la fe en un Jesús Resucitado podría ser real. Marcos, el primero que escribió un Evangelio como relato integral, aparentemente quiso enmarcar a Jesús en un texto y encerrarlo allí. Pero cuando terminó de hacerlo, rompió el marco, y lo hizo justamente con su impresionante y desafiante relato de la tumba vacía. La última frase de su Evangelio se refiere a las mujeres que fueron a visitar la tumba con la intención de cumplir los ritos funerarios de su cultura ungiendo con aromas el cuerpo muerto de Jesús, para que pudiera descansar en paz y su existencia fuera clausurada decentemente. Pero encuentran un ángel que les reprocha por buscar entre los muertos a alguien que está vivo y ellas quedan mudas y espantadas. Marcos cierra su Evangelio con estas palabras: “entonces las mujeres salieron huyendo del sepulcro, pues estaban temblando, asustadas. Y no dijeron nada a nadie porque tenían miedo”. Con ese miedo paralizante, Marcos rompe el texto mismo en que quiso encerrar la identidad de Jesús y lanza a los creyentes el monumental desafío de vencer el miedo e ir a buscar a un Jesús vivo que sigue hablando y actuando en la historia.

Una teóloga norteamericana nos dice en su libro “Ver al Señor”, que la vida del Señor Resucitado en la Iglesia se experimenta, se desarrolla y se siente alrededor de tres mesas: la mesa del teólogo y del pensador cristiano, que continuamente está buscando cómo actualizar la identidad de Jesús frente a los desafíos y conflictos del presente; la mesa de la Eucaristía y de la Liturgia, donde Jesús es accesible por los sentidos, en el agua del bautismo en que él purifica y hace renacer; en el óleo que sana y fortalece; en el pan eucarístico que alimenta y construye fraternidad; en los cantos, imágenes y símbolos por los cuales Jesús cautiva nuestros sentidos y desarrolla la fe; y finalmente la mesa de la subversión y de la solidaridad, donde tratamos de comprometernos en la transformación radical de un mundo inhumano, injusto y violento, que destruye la obra creadora de Dios. Solo si estas tres mesas se equilibran, nos dice ella, podemos “ver al Señor Resucitado”. En una hermosa expresión, ella sintetiza así su convicción: “Por el libro sabemos que el pan es algo más que pan; por el pan sabemos que el libro no es sobre el pasado; por los pobres sabemos qué hacer con el libro y con el pan”.

En cada noche de Pascua los cristianos somos invitados o volver a sentir el tremendo desafío de una tumba vacía y a vencer el miedo de encontrarnos con un Jesús que vive, que nos interpela y nos repite que nunca es tarde para volver a nacer, como se lo dijo a Nicodemo, ya avanzado en edad.

Por eso la Iglesia nos invita en esa Noche Santa a volver a sumergirnos en nuestro Bautismo y a acoger en nuestras vidas, con un entusiasmo renovado, la vitalidad de Jesús. No la vida de un cadáver reanimado que apareció de nuevo un instante sobre nuestro mundo para perderse en un cielo lejano fuera de nuestro alcance, sino la vitalidad de una existencia histórica que desde la otra orilla del mar del sufrimiento es capaz de reconstruir permanentemente nuestra humanidad, asediada siempre por todas las formas de egoísmo y de muerte.

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