Desde los márgenes

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Caño Sibao 15 años

Javier Giraldo Moreno, s.j.

Jueves 7 de junio de 2007, por Javier Giraldo M. , S.J.

Con su fuerza nos animamos a no transigir con la falsa justicia que se nos ofrece, que nos distrae y engaña, produciendo frutos exclusivos de impunidad sistémica. Nos animamos a invocar formas de justicia universal y ética y a registrar y hacer cada vez más visibles ante el país y el mundo los crímenes de lesa humanidad que nos destruyen.

Hay momentos privilegiados que al revivir recuerdos que quedaron envueltos en densas concentraciones de sentimientos, de interrogantes y de desafíos, nos permiten hacer ciertos altos en el camino y lanzar miradas de horizonte sobre lo que hemos vivido, sobre lo que hemos sufrido, sobre lo que ha sido destruido, sobre lo que hemos tolerado, muchas veces a nuestro pesar, y sobre lo que estamos dispuestos a seguir tolerando o a no volver a tolerar.

Hoy, 3 de junio de 2007, nos hemos concentrado varios centenares de personas, venidas de muchas regiones de Colombia, en el sitio despoblado y agreste de Caño Sibao, ubicado en las cercanías de la cabecera municipal de Granada, en el departamento del Meta, donde 15 años atrás fue perpetrada una cuarta masacre, en la cual se dio muerte a la Alcaldesa saliente de El Castillo, María Mercedes Méndez, al Alcalde entrante, William Ocampo, y a tres funcionarios más de ese municipalidad, Rosa Tulia Peña, Ernesto Zaralde y Armando Sandoval. Fue imposible evocar la memoria de esas vidas, de perfiles atrayentes y estimulantes y excitadas por sueños y utopías que visionaron al alcance de sus fatigas, sin evocar al mismo tiempo a los millares de otras víctimas que a través de más de tres décadas les han hecho compañía en su tragedia, en esta encantada región del Llano, tierra de sueños, de luchas y de audacias.

Nuestra memoria almacenada nos permite hoy resaltar los perfiles del Estado y del Establecimiento en los que descansa la responsabilidad del genocidio, perfiles afinados por el transcurso del tiempo y por el agotamiento de procesos que han exterminado muchas ilusiones. Procesos de paz que incentivaron esperanzas y expectativas en las capas más victimizadas por el conflicto, pero que luego fueron revelando que ninguna práctica excluyente era negociable y que si se quería algún grado de paz, ésta debía aceptar sin condiciones todas las prácticas y estructuras determinantes del régimen vigente: la continuidad del saqueo de los recursos naturales por empresas transnacionales; la continuidad del monopolio del poder por las capas dominantes consolidadas; el manejo de la información como mercancía controlada por las más grandes concentraciones de capital; una justicia discriminatoria que continuara penalizando de manera preferente e implacable toda protesta y movimiento social alternativo; una estigmatización ideológica de toda alternativa social y política; una represión afianzada en capas crecientes de civiles armados protegidos por una impunidad a prueba de toda norma, y mecanismos electorales compatibles con toda forma de corrupción y de violencia que continuaran garantizando unos poderes legislativo y ejecutivo blindados frente a todo eventual cambio de rumbo. Sólo era negociable, a la hora de la verdad, la participación política de minorías simbólicas eficazmente controladas por los poderes consolidados.

El entusiasmo de quienes en un momento soñaron con romper cadenas seculares, hizo saltar las alarmas de seguridad del régimen, y el genocidio dio cuenta, entonces, en muy cortos períodos, de multitud de soñadores. Los cementerios se llenaron de cadáveres ensangrentados que fueron sepultados con los ojos entreabiertos porque murieron atisbando la realización de sus sueños con la tozudez de una esperanza que se habían negado a sepultar. En sus corazones llevaban aferrada y escondida, a prueba de exhumaciones anónimas y manipuladas, la semilla de otro mundo posible al que le habían endosado su fe.

Vimos entonces campos desiertos; caravanas nocturnas de fugitivos que esperaban llegar al amanecer a alguna zona urbana de invasión, antes de que se ejecutaran las sentencias de muerte clavadas en las cercas de sus parcelas. Millones de desplazados se fueron hacinando en las ciudades, donde el cerco a la supervivencia se convirtió en la extorsión más contundente y efectiva contra las convicciones y las esperanzas. Muchas banderas fueron abatidas; muchos espacios clausarados; muchas organizaciones desintegradas y desechas por el terror. Vientos helados de miedo paralizaron lo que en un momento fue efervescencia de vida y manifestación atrevida de esperanza.

Hoy, mientras se masacra dosificadamente a los sobrevivientes de la esperanza y se trafica con la libertad y la miseria para desactivar hasta las más débiles formas de oposición, se nos invita a exorcizar la memoria para neutralizar su fuerza dignificante. Se nos invita a superar los traumas de las sepulturas incógnitas o clandestinas; a realizar los duelos de manera apresurada para que los recuerdos pierdan su fuerza interpelante y transformadora; a aceptar las confesiones penitentes de los victimarios para permitirles retomar el poder a través de procesos socialmente legitimados; a aceptar verdades raquíticas y distorsionadas para desactivar las presiones por una verdad integral y transparente; a disolver los anhelos de justicia en sanciones alternativas y exiguas a pequeños grupos selectos y simbólicos de victimarios; a renunciar al derecho a la reparación, cambiándolo por reparaciones simbólicas y colectivas que toman como pretexto carencias presupuestales para atender a millones de reclamantes, haciendo pagar a la misma sociedad victimizada, mediante impuestos extorsivos, las escasas indemnizaciones ineludibles.

Se nos habla de “posconflicto”, pues el conflicto real ha desaparecido por decreto. Se nos dice que todo el mundo ha llegado a aceptar este modelo de sociedad democrática, y que hablar de injusticias estructurales es estar anclados en un pasado ya muerto y aferrados a lenguajes en desuso que hoy solo son patrimonio del terrorismo. El delito político pasó a ser patrimonio de quienes desde el mismo Estado ejercieron la más atroz de las violencias, alegando que suplían una ausencia del Estado para exterminar a quienes disentían del mismo.

Las encuestas periódicas de los medios masivos, nos han acostumbrado a que la popularidad de los mandatarios aumenta en la medida en que se destapan los crímenes de las más altas jerarquías del régimen. No sabemos aún si es que la técnica informativa ha logrado cambiar la polaridad de los principios éticos, o ha logrado crear en las masas una simpatía compulsiva con el crimen.

En medio de tan desconcertantes, ilógicas e inmorales presiones, la exhumación de la memoria de nuestras víctimas es una luz que brilla en la oscuridad.

Ellas llamaron por su propio nombre a la injusticia y señalaron sin miedo sus raíces y complicidades; la combatieron con valor y avanzaron con audacia hacia un mundo alternativo que vieron asomarse, con entusiasmo, en los consensos y movilizaciones de los oprimidos y de todos los que con ellos hicieron causa común.

Hay imaginarios de la esperanza que la fundan en el éxito y en las recompensas y la hacen, por tanto, incompatible con el fracaso, el cual es mirado allí como pasajero y superable. Una mirada más profunda nos hace concebir la esperanza como la identificación con valores que se legitiman a sí mismos y por sí mismos y que no están supeditados a los éxitos históricos afianzados en el poder.

Nuestras víctimas, desde su misma destrucción nos interpelan y nos invitan a un compromiso más firme y profundo que el moldeado por los éxitos.

Cuando nos acercamos a sus sepulcros o a los lugares que fueron regados con su sangre, vamos con ansia de beber en pozos profundos, donde la vida trasciende la muerte, y de volver a regar las semillas siempre fértiles que ellas llevaban aferradas al corazón cuando sus cuerpos inertes se sumergieron de nuevo en la fecundidad insobornable de la madre tierra.

La memoria que hoy hemos revivido en Caño Sibao y en El Castillo, tierra donde aún se respira la vitalidad y la energía, la poesía y los sueños humanistas de María Mercedes, nos hace regresar a nuestras lugares de origen con nueva luz y nueva fuerza.

A su luz, sabemos que nuestro conflicto no es superable mientras no se enfrenten sus raíces, donde anidan la exclusión y la deshumanización de las inmensas mayorías nacionales. Soluciones al conflicto que amparen como no negociables la estructuras excluyentes y genocidas, no pueden ser aceptables, así se pretenda ilegitimar a los constructores de justicia como aferrados a lenguajes y pensamientos desfasados.

A su luz, sabemos que la verdad y la justicia no son negociables sino que son las vigas de amarre de cualquier edificación histórica que no quiera traicionar y engañar a los seres humanos y embarcarlos en relaciones falsas y ficticias donde germinan todas las violencias.

A su luz, sabemos que mientras no se repare lo que fue injustamente destruido, se estaría moldeando la realidad a la medida de los sueños demoníacos de los victimarios.

Con su fuerza nos animamos a no transigir con la falsa justicia que se nos ofrece, que nos distrae y engaña, produciendo frutos exclusivos de impunidad sistémica. Nos animamos a invocar formas de justicia universal y ética y a registrar y hacer cada vez más visibles ante el país y el mundo los crímenes de lesa humanidad que nos destruyen.

Con su fuerza impulsaremos los retornos colectivos de los desplazados; crearemos cadenas de solidaridad para proteger sus vidas y territorios y estableceremos catastros alternativos para combatir con la fuerza transparente de la ética los despojos inhumanos.

Con su fuerza estableceremos bancos y galerías de la memoria, donde sus voces silenciadas un día por las armas, vuelvan a dialogar con su pueblo y lo acompañen en sus luchas por un mundo justo.

Finalmente, seguiremos peregrinando y exhumando en todos los rincones de este país ensangrentado, la memoria fecunda de quienes se sembraron con generosidad en los cimientos del mundo que anhelamos.

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