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La sangre de tu hermano

marzo de 1988, por Javier Giraldo M. , S.J.

A nadie hay que explicarle que en Colombia se está derramando demasiada sangre. 325 muertes violentas por mes de alguna manera relacionadas con el conflicto social, sin contar las numerosas muertes oscuras de cada día, ni aquellas que nunca se denuncian, son cifras reveladoras de la dinámica de muerte que nos envuelve.

El cuestionamiento de Dios a Caín: “¿Dónde está tu hermano?” (Gen. 4,9), como inmensa pregunta que parece brotar espontáneamente a la vista de los numerosos cadáveres ensangrentados que registran diariamente los medios de información, encuentra, no pocas veces, implícita o explícitamente, la tentadora respuesta de Caín: “¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?” (ibid).

La rutina de la noticia diaria termina por insensibilizarnos paulatinamente, sumergiéndonos en el marasmo social envolvente.

Hay respuestas, explicaciones y diagnósticos que algunas veces salen a la superficie, pero que con demasiada frecuencia parecen estar subyacentes a nuestros comportamientos prácticos. Algunas de ellas podrían formularse así:

  • Guerrilleros y terroristas están en su ley ... matan y mueren en su ley ... allá ellos.
  • Ante la ineficacia de la justicia, aunque sea doloroso, hay que limpiar la sociedad de delincuentes, de guerrilleros, de terroristas, de izquierdistas y amargados, de sindicalistas que sabotean la producción, de idiotas útiles manipulados por el comunismo para entorpecer la vida social con marchas y paros ...
  • Ante la ineficacia de las luchas legales por la justicia, no queda sino enfrentar con las armas a la oligarquía y a sus aparatos represivos.
  • El Estado debe velar por la seguridad ciudadana y buscar los medios más adecuados para controlar el orden público. Lo que el gobierno y sus fuerzas armadas hagan, ellos sabrán por qué lo hacen y hay que apoyarlos.
  • El gobierno no puede hacer nada, es un espectador impotente ante el cruce de fuego de dos fuerzas extremas. Lo único eficaz son los grupos de autodefensa, que ejercen la justicia que un Estado impotente no puede ejercer.
  • Si la guerrilla utiliza métodos violentos, no se le puede pedir al Estado que se ciña a las leyes y a la Constitución ni a pactos internacionales de derechos humanos, porque estaría en desigualdad de condiciones. Hay que tolerar, por lo tanto, la represión violenta e ilegal del Estado.
  • Lo único eficaz para acabar con al violencia es el método disuasivo: oponer a la violencia más violencia, hasta que el enemigo se rinda o sea destruido y sus simpatizantes inmovilizados por el terror. Por lo tanto, hay que aumentar el presupuesto militar, comprar armamentos cada vez más sofisticados, aumentar el pie de fuerza, militarizar la sociedad.
  • A la violencia del sistema solo se puede oponer la violencia revolucionaria. La violencia es el único lenguaje inteligible para la burguesía que desprecia y aplasta cualquier lucha pacífica por la justicia.
  • Hay que proteger a la sociedad del comunismo que amenaza nuestra civilización cristiana. Para este noble fin cualquier medio es lícito. Los simpatizantes del comunismo no pueden tener derechos válidos dentro de nuestra civilización occidental.
  • Hay que erradicar el capitalismo a cualquier costo, pues sus frutos son solo de injusticia, de miseria, de deshumanización y de muerte y es radicalmente anticristiano. La violencia que busque destruir la sociedad capitalista es la única violencia justa.

Es cierto que fuera de estas tesis contrapuestas que legitiman las violencias de uno u otro signo, se difunde también el diagnóstico que señala, como causa fundamental de la violencia, la injusticia social, y que plantea la estrategia del diálogo y de las reformas urgentes pactadas por las vías legales, de tal manera que la violencia sea combatida en sus mismas raíces.

Sin embargo, el país acaba de atravesar un período en el que, quizás como en ningún otro, la palabra PAZ fue profundamente desgastada y convertida en un vocablo vacío. Se habló de paz hasta la saciedad pero los hechos contradijeron siempre las palabras; los esfuerzos revelaron lo profundo de las divergencias; las frustraciones reemplazaron con demasiada prisa las esperanzas. ¿Quiénes fueron los culpables? Quizás nadie pueda eximirse de culpa. Al final de este período fugaz, el país se encontró profundamente polarizado y la sangre derramada, cada vez más profusamente, ha ido develando la profundidad de los conflictos.

“La sangre de tu hermano me está gritando desde la tierra”, dijo Dios a Caín (Gen. 4,10).

El cristiano no puede dejar de cuestionarse ante la sangre, y ésta, con todo su simbolismo bíblico de vida, remite necesariamente a la solidaridad -en la vida- del hombre con Dios. En otros términos, la sangre derramada nos coloca ante el valor absoluto de la vida humana, como elemento fundamental del Cristianismo.

La defensa de la vida adolecería de una ingenuidad imperdonable si nos creyéramos eximidos de adentrarnos en los conflictos reales e históricos donde se juegan, en concreto, la vida y la muerte.

Muchas fórmulas evasivas podrían tranquilizar nuestras conciencias para hacernos creer que optamos por la vida.

La más peligrosa de todas es la que nos coloca en posiciones teóricas impecables, donde se condena todo tipo de violencia “venga de donde viniere”, y nos lleva a marginarnos imaginariamente del mundo conflictual y violento donde realmente transcurre la vida de las mayorías.

Otra posición evasiva es atrincherarnos en estrategias teóricamente coherentes, pero que eluden toda evaluación histórica de frente a la eficacia.

Quizás la actitud primera del cristiano, en la defensa de la vida, deba ser la búsqueda de encarnación . Y encarnarse es asumir la miseria, la debilidad, el conflicto, la oscuridad real de la existencia, la actitud de búsqueda humilde y la esperanza comprometida.

La otra actitud fundamental es el testimonio . Este es la palabra eficaz, la verdadera palabra transformadora. En un mundo de palabras vacías, donde los discursos están profundamente divorciados de los hechos, solo el testimonio es evangelizador.

Encarnación y Testimonio en un mundo horrorosamente violento como el nuestro, significan multitud de gestos modestos de acercamiento y de diálogo, de denuncia y de solidaridad, de fraternidad y de reconciliación, de educación y de esclarecimiento, de estímulo y de unidad, de lucha y de búsqueda.

“Y Caín respondió al Señor:
mi culpa es grave y me abruma.
Si hoy me haces extranjero en esta tierra,
Tendré que ocultarme de Ti,
Andando errante y perdido por el mundo”
(Gen. 4,14)

Javier Giraldo, S,J,
Marzo de 1988

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