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En los 10 años del asesinato de José Eduardo Umaña Mendoza

Universidad Nacional Abril 18 de 2008

Viernes 20 de junio de 2008, por Javier Giraldo M. , S.J.

Hoy hace 10 años, en este mismo recinto yacía el cuerpo sin vida de José Eduardo, mientras los numerosos visitantes que nos acercábamos al florido catafalco, compartíamos sentimientos de conmoción, de perplejidad, de indignación, de impotencia.

Una vez más, entre muchos millares de veces, la muerte anunciada se convertía en muerte perpetrada. Una vez más, entre muchos millares de veces, el terror del Estado y del Establecimiento nos confirmaba, con su lenguaje de muerte y prepotencia, que la única seguridad protegida pasaba necesariamente por el sometimiento al Statu quo; que el derecho a la vida, si bien se proclamaba como absoluto en los discursos y en los códigos, en la práctica sólo podía ser condicional, y condicionado a la coherencia con el régimen vigente.

El tiempo, en su decurso incontenible, tiene un poder misterioso de maduración permanente. En él, no sólo maduran las presencias sino también las ausencias. En él no sólo madura la vida en esa eclosión de germinación incesante de semillas, sino que madura también la muerte, sobre todo cuando su explosión extemporánea destruye fachadas y máscaras que dejan al descubierto rasgos monstruosos de poderes e inercias con las cuales convivimos, muchas veces en la inconsciencia de nuestras rutinas.

Podemos mirar y evaluar los diez años de ausencia de José Eduardo desde esos sentimientos de vacío que muchos de nuestros poetas han resaltado, como lo que pudo haber sido y no fue. Pero podemos mirarlos también y evaluarlos desde el misterioso poder de la ausencia y de la muerte, cuando paradójicamente en ellas explosiona, multiplicado, legitimado, fortalecido y expansivo, el contenido de presencia y de vida que los victimarios pretendieron extinguir.

La vida de José Eduardo no fue una vida enmarcada en objetivos privados y egoistas. Quienes presenciamos de cerca el reventar habitual de sus emociones, supimos siempre que éstas afloraban con fuerza, y con fuerza contagiosa, cuando entraba en contacto con personas, grupos, conglomerados o multitudes que con puños cerrados y gritos acompasados manifestaban su rebeldía ante lo que nunca debió tolerarse y fecundaban compromisos con otros mundos posibles y dignos.

Incluso en el recinto más íntimo de su gabinete profesional, sus emociones se labraban en la lectura de expedientes, que copaban sus canceles desde el piso hasta el techo, donde se escondía la historia de las ignominias judiciales que buscaban reprimir y estigmatizar toda expresión y toda práctica que apuntara a denunciar la injusticia y a transformar la realidad desde el sufrimiento de los excluidos.

Por eso José Eduardo, como profesional del Derecho, muy pronto lo entendió desde sus diversas dimensiones y virtualidades: como herramienta de violencia de los poderes constituidos y como utopía de convivencia democrática cuando fuera capaz de encarnar la exigibilidad normativa de los valores más radicalmente humanos. Su arte profesional consistió justamente en desenmascarar la primera dimensión para legitimar la segunda.

Nunca olvidaré su emoción desbordada cuando en 1983 le hice conocer el texto de la Declaración de Argel o Declaración Universal de los Derechos de los Pueblos. Desde ese momento se convirtió en un militante incondicional del movimiento que impulsaba la vigencia y el rconocimiento de ese cuerpo de principios.

He vuelto a leer la plataforma de su movimiento “Vida y Dignidad”, con la cual se presentó a las elecciones de la Constituyente de 1991, y he descubierto allí los trazos esenciales de la Declaración de Argel traducida en propuesta constitucional para Colombia.

Allí definía el régimen político de sus ideales como una “democracia participativa”, en consonancia con las recientes corrientes latinoamericanas que han querido proyectar el “Socialismo del Siglo XXI” justamente con ese nuevo nombre de “democracia participativa”, como una reelaboración actualizada de toda una cadena de experiencias históricas que han luchado por la autodeterminación de los pueblos, con salvaguarda de sus recursos, culturas y diversidades étnicas, pero con blindajes frente a injerencias extranjeras de dominación y a formas de explotación y saqueo, donde el dinamismo fundamental de la nación se oriente a la defensa de la vida de todos los ciudadanos, no en el campo de las retóricas proclamativas, sino como una defensa de la vida digna, vaciada en una economía que garantice la satisfacción de las necesidades biológicas básicas, substituyendo el carácter mercantil de las soluciones por el carácter de derechos y servicios públicos prioritarios con que la nación debería dignificar la vida de todos sus integrantes.

Para proteger ese núcleo de derechos del pueblo, intrínsecamente ligado a las posibilidades de vida humana digna para todos, José Eduardo avanzó propuestas reformadoras de las instituciones del Estado: de sus órganos legislativos, judiciales y de control, mediante las cuales se cerrara el paso a formas arraigadas de corrupción y exclusión y se abriera paso a una participación popular creciente, dinámica, organizada y creativa.

La vida de José Eduardo fue quedando marcada, progresivamente, por los requerimientos de quienes buscaban de alguna manera comprometerse con esos ideales y que se decidían a pagar costosos precios en esas búsquedas. Cada vez fue más difícil para él entenderse a sí mismo como individuo, en la medida en que lo inundaban las angustias y tragedias de quienes se dejaban fecundar por sus emociones y se decidían a enfrentar rupturas dolorosas y a emprender procesos heroicos que le brindaran alguna concreción a los sueños compartidos.

Podríamos decir que las dimensiones individuales de su vida poco a poco se fueron proyectando e identificando con una dinámica política popular que se activaba en protestas y en propuestas audaces; movimientos donde interactuaban la vida y la muerte; donde los mismos ritos funerarios adquirían frecuentemente el carácter de reiteración de un credo humanista, que disolvía la muerte individual en un insumo de vida que dinamizaba la historia, para que ésta se enriqueciera con el testimonio de quienes valoraron tanto el proceso de hacer reales los sueños, que ya sólo pudieron entenderse como parte del mismo, sin que la muerte los afectara.

Siempre estuve convencido de que José Eduardo había presupuestado muy conscientemente, en su inventario existencial, la eventualidad de una muerte violenta; de que ésta había sido asumida por él mucho antes de que explotara en la cruda realidad de nuestra historia, aquel sangriendo 18 de abril de 1998.

Cuando miro restrospectivamene esta década que nos separa de su sacrificio, busco su silueta en el convulsionado devenir de nuestro proceso histórico, y la encuentro multiplicada por doquier en la paradójica realidad de una ausencia que ya no logra afirmarse sino intensificándose como presencia.

Allí está, fogosa e intransigente, en las luchas de nuestros pueblos indígenas por la recuperación y libreación de la madre tierra; de sus culturas ancestrales; de su derecho propio; de sus autonomías y de su estructuras comunitarias de vida, luchas que no saben de cooptaciones ni de rendiciones ni son desactivadas por el monto de los sacrificios.

Allí está, soñadora y rejuvenecida, en las luchas de nuestros estudiantes que buscan sacudir los modelos robotizados de educación y de mercantilización del conocimiento, y que quieren prepararse, no para mantener una sociedad excluyene, injusta y violenta, sino para esbozar ya desde las aulas modelos alternativos que seduzcan y determinen para siempre sus compromisos y proyectos de vida.

Allí está, adusta y cuestionadora, acompañando todas las crisis del movimiento sindical, sosteniendo la moral de sus líderes para mantenerles la mirada expandida más allá de las fronteras de sus empresas y de sus conflictos salariales e invitándolos a recrear permanentemente los rasgos de su incidencia en la política laboral del Estado.

Allí está, saturada de entusiasmo y creatividad, en la gestación de los nuevos movimientos sociales que se configuran alrededor del consumo, bajo la presión de las injusticias estructurales de la economía neoliberal, donde se siente en la misma carne la vivencia lacerante de la exclusión, para que las formas de protesta y de boycot no se dispersen y malogren en un inconformiso desarticulado y estéril, sino que apunten cada vez más a las causas y raíces que determinan un sistema progresivamente excluyente.

Allí está, incidente y radicalizada, animando los movimientos de defensa de la vida y de los derechos humanos; cuestionando permenentemente su burocratización y su sometimiento ingenuo a un derecho positivo que va destiñendo y despotenciando cada vez más la fuerza del derecho natural, que debería actuar como fuente inagotable y revitalizadora de los sentimientos que sostienen la defensa de la dignidad humana.

El concepto cultural de la muerte que ha dominado en nuestro hemisferio y que nos enseña a clausurar con rituales materialistas las existencias que han llegado a sus límites biológicos en forma natural o violenta, es un concepto que se agrieta y se disuelve cuando miramos en profundidad los estímulos e incitaciones de esas ausencias que no pueden dejar de interactuar en forma permanente con los signos vitales de nuestros sueños. Y la ausencia de José Eduardo es una de esas presencias.

JAVIER GIRALDO MORENO s.j.

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