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Homilía

  Despedida a Orlando Fals Borda Capilla de la Universidad Nacional – Agosto 14 de 2008

Javier Giraldo s.j.

Viernes 15 de agosto de 2008, por Javier Giraldo M. , S.J.

Querido Orlando que ahora nos escuchas desde la otra frontera del misterio: gracias por tu vida; gracias por haber sido luz y fuerza en medio de nuestras oscuridades y fragilidades; gracias por tu coherencia. Entregamos tu vida, con profunda gratitud, a la energía original de este universo, desde la sabiduría de Jesús, quien nos enseñó a valorar nuestra propia energía desde el símil del grano de trigo: que se destruye humildemente bajo la tierra para que espigas nuevas puedan abrirse, llenas de vida nueva, ante la luz del sol.

 

Despedida a Orlando Fals Borda
Capilla de la Universidad Nacional – Agosto 14 de 2008
Homilía

El escritor francés Paul Claudel escribió en una de sus obras dramáticas: “Para comprender una vida, como para comprender un paisaje, es menester escoger bien el punto de vista; y no hay ninguno mejor que la cima. Esa cima es la muerte. Desde tal cima hay que examinar la serie de acontecimientos que nos han conducido a ella. De esta forma, se dice, ven los moribundos en su última hora desplegarse todos los sucesos de su vida, cuya conclusión inminente le proporciona un sentido definitivo [1] ”.

Antier este amigo entrañable, Orlando Fals Borda, maestro de tantas generaciones y referente ético de quienes nunca supimos acomodarnos a las inercias y violencias de ese sistema y de esas estructuras inhumanas que han contextuado nuestro período histórico, ha concluido su peregrinar y nos permite situarnos desde la cima de su muerte para mirar y valorar su camino.

En otros espacios se ha mirado su vida y se seguirá mirando por mucho tiempo, desde la perspectiva de sus aportes científicos y políticos, todos de un valor extraordinario. En este espacio se impone mirarla desde esa dimensión profunda de sus opciones más entrañables en que el ser humano construye el sentido histórico de su vida de cara al misterio más hondo que lo envuelve.

En ese libro que que nos entregó Orlando en 2003, “ Ante la Crisis del País – Ideas-acción para el Cambio ” [2], como una especie de testamento donde recoge sus grandes intuiciones y sus sueños de futuro, recuerda su iniciación en la fe cristiana: “ fui bautizado como miembro de la Primera Iglesia Presbiteriana de Barranquilla. Allí formé mi personalidad básica, por lo que le soy deudor, y deudor agradecido, con una fe visionaria y altruista que venía inspirada en el ejemplo de mis padres y en los Salmos que mi madre María Borda me hizo aprender cuando niño. Las preocupaciones sociales me llegaron pronto e incluyeron, entre otras cosas, la experiencia ecuménica que tuve con clérigos católicos, en especial con el Padre Camilo Torres Restrepo en la Facultad de Sociología de la Universidad Nacional desde 1959 ” .

Si hoy celebramos esta Eucaristía dentro del ritual católico, para despedirlo, es por respeto a su voluntad expresa, manifestada luego de la muerte de María Cristina, su esposa. Esta capilla de la Universidad Nacional siempre le renovaba la memoria de Camilo, en cuya amistad se fraguaron también sueños sobre un Cristianismo renovado y comprometido que se situara por encima de todos los conflictos históricos entre las iglesias y que retornara al más puro espíritu del Evangelio.

También la fe, en la existencia de todo ser humano, tiene una historia y un proceso de maduración. En su libro-testamento, Orlando mira críticamente, con su mirada profunda de sociólogo, el tejido religioso de nuestra conflictiva historia colombiana. No podía eludir las dimensiones de violencia y las ideologías de dominación con las cuales se implantó el cristianismo en nuestro ensangrentado suelo, marcado por cosmovisiones europeas y norteamericanas, lo que a su juicio impidió que se hubieran podido apreciar los contenidos y significados positivos de ese otro mundo cultural y espiritual que fue la América aborigen, la América indígena, casi totalmente destruido por soldados y misioneros conquistadores. Desde ese espíritu ecuménico que marcó su vida, Orlando lanza allí estos interrogantes que eran al mismo tiempo sus sueños: “ Me he preguntado muchas veces si no es posible sumar estos universos disímiles con sus particulares secuencias históricas, con el fin de aprovechar lo positivo que tienen en nuestra sociedad. Me refiero a la secuencia de la Europa mediterránea con Judea, y al eje telúrico de los indígenas americanos. Una suma de saberes, interpretaciones e intuicioes debería haber llevado a niveles de tolerancia, autenticidad y creatividad local satisfactorios, y a una visión cercana de lo natural, de lo sobrenatural y de Dios, que nos hubieran ayudado a entender mejor y a desarrollar pautas de convivencia distintas de las catastróficas de la Conquista , y que se fueron repitiendo en etapas posteriores de colonización ”.

Orlando compartió profundamente con Camilo la visión de un cristianismo comprometido en la liberación radical del ser humano de todas las esclavitudes y opresiones, y la convicción de que así se reivindicaba la esencia más genuina del mensaje de Jesús. En su mismo libro-testamento, aboga por una redefinición de la concepción cristiana de la misión , despojándola de toda contaminación de imposición, expansión proselitista y sectarismo. Propone redefinir la misión como una nueva “diakonía” o servicio, la cual implicaría, según sus palabras: “ solidaridad con los pobres y necesitados en este mundo y no en el otro, y no se limitaría a los oficios dentro del templo, sino en función de toda la comunidad hasta la solución de los grandes problemas sociales y económicos”.

Un elemento fundamental que estaría implicado en esa nueva concepción de la misión y que sería uno de los pilares de una nueva pastoral, sería, según lo plantea Orlando allí mismo, “reforzar y multiplicar valores sociales en lo que el cristianismo puede aportar guías claras” … “ayudaría a aclarar lo que es ´ser cristiano hoy’. Podría pensarse en términos de compartir la imagen de un Dios de conciliación y no la de un Dios de ira, confusión o guerra (I Cor. 14,33). Lo segundo sería una reinterpretación paulina de la caridad y del amor (I Cor. 13, 1-8). Y lo tercero, la invitación apostólica de Jesucristo: “para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Juan, 10,10). No creo que estas tesis puedan ser rechazadas, por lo menos a primera vista, porque son de la esencia misma del cristianismo como doctrina y hasta como ideología. Las necesitamos con urgencia en este país para la construcción nacional (…) Son muchas las víctimas de la guerra y muchos los desplazados de sus tierras y comunidades que esperan una concreta expresión práctica del amor cristiano así articulado, por lo menos, y más de un Estado que se dice cristiano. Para ello convendría enfatizar la denuncia de la explotación y la opresión, y actuar social y políticamente, como en sus días –y en condiciones parecidas para su pueblo- lo hizo el Profeta Isaías diciendo: “este es un pueblo saqueado, pisoteado y despojado y no hay quien diga: Restituíd” (Is. 42,22). Ojalá se haga esta justicia restitutiva pronto hacia el pueblo colombiano pobre, con el auspicio y vigilancia de las iglesias cristianas unidas” [3].

Esta fue, podríamos decir, su visión última del ser cristiano en la Colombia de hoy; párrafos que nos evocan los más lúcidos discursos y reflexiones de su entrañable amigo, Camilo Torres.

Pero si algo marcó la vida de Orlando, fue su búsqueda incesante de coherencia. Si algo marcó su misma ciencia sociológica y sus metodologías de análisi social, fue el rasgo de ser una ciencia comprometida, que no se solazaba en interesantes elucubraciones teóricas sino que siempre buscó contruirse de cara a los desafíos más apremiantes de una realidad inhumana y degradada que tocaba lo más profundo de sus opciones éticas.

El camino de su vida lo vemos hoy, desde la cima de su muerte, como un camino sin quiebres, ni retrocesos, ni desviaciones, ni atajos; marcado por opciones transparentes que nunca tuvieron marchas hacia atrás ni momentos de crisis o de dudas, desafiando las estigmatizaciones sociales, las represalias económicas y la amenazas y zozobras con que el Establecimiento castiga a quienes no se dejan sobornar por sus halagos. Nunca será posible borrar de su historia capítulos de sufrimientos desgarradores, como lo ocurrido con María Cristina en 1979/80, sufrimientos asumidos por ambos con un ejemplar temple moral.

A medida que sus fuerzas físicas declinaban, en lugar de buscar la tranquilidad de un retiro que le hubiera podido prodigar el disfrute sus incuestionables méritos personales, Orlando parecía más angustiado por responder de manera coherente a los desafíos del momento, aportando reflexiones y propuestas surgidas de su rica experiencia. Sus últimos meses me recordaron siempre las reflexiones del filósofo inglés Bertrand Russell en el atardecer de su vida: Escribía Russell: “ A uno lo asesoran siempre hombres que no tienen duda acerca de su propia sabiduría, hombres que creen que la vejez trae consigo la serenidad y una visión más amplia en la que los males aparentes se ven como medios que conducen, tarde o temprano, a un bien último. Yo no puedo aceptar creencias semejantes. La serenidad, en el mundo de hoy, sólo se logra a través de la ceguera o la brutalidad. Al contrario de lo que se supone generalmente, yo me vuelvo, de manera gradual, más y más rebelde. Hasta 1914 acepté, con mayor o menor comodidad, el mundo tal como estaba. Existían malvados –grandes malvados-, pero era razonable esperar que crecerían menos rápidamente. Sin tener el temperamento de un rebelde, el curso de los acontecimientos me volvió cada vez menos capaz de estar de acuerdo con lo que sucede. Una minoría – una minoría que crece constantemente - siente y piensa como yo: y es con ella, ymientras dure el tiempo que me queda de vida, con quien debo actuar ”.

La estatura ética de un ser humano no podremos nunca medirla por sus reflexiones descontextuadas y desencarnadas, sino por su toma de partido frente a la realidad concreta que lo desafía. La ideología dominante nos ha ido forzando a aceptar como eje de su nueva ética el principio del ajuste, del conformismo, del sometimiento, tratando de convencernos de que el valor eje de los humanos es el valor de la supervivencia, amenazado cada vez más por la inseguridad que ronda a quienes se niegan a aceptar las fuerzas y criterios de las ideologías triunfantes. La ética de la responsabilidad se ha envilecido tanto, que la ética se ha reducido al más rudo principio egoista de adaptarse a todas las ignominias para no poner en riesgo la supervivencia de lo que existe. Por eso, en la línea de Bertrand Russell, Orlando fue consciente de que los valores anidan privilegiadamente en las minorías sin poder, en las capas de los soñadores, en el mundo de las rebeldías, donde se pronuncia un No rotundo frente al statu quo de la opresión. Sus últimas conversaciones y alertas fueron llamamientos angustiosos a no claudicar en el compromiso con los oprimidos.

Si algo caracterizó la vida de Orlando fue su conciencia de pertenecer a esa minoría que no se dejó arrastrar por las corrientes fáciles de la opinión de consumo masivo; por los optimismo baratos y superficiales; por los remolinos políticos que envolvieron y transformaron a muchos de sus contemporáneos, e incluso a muchos que fueron sus amigos, que buscaban más poder, riquezas y honores. En todas esas convulsiones, él se mantuvo incólume, aferrado a convicciones éticas en las que se afianzó desde su más temprana juventud y de las que no claudicó jamás.

Este momento en que Orlando se despide de nosotros es un momento particularmente radicalizado en la intronización de antivalores como pautas masivas de normalidad social, así nosotros las juzguemos, siguiendo la clarividencia de Erich Fromm, como una “patología de la normalidad”.

El perfil ético de una vida se mide por la naturaleza de las resistencias que la configuran, resistencias que sirven de nido a la libertad personal, a los valores y emociones que definen los perfiles de una personalidad. Orlando cierra hoy el paisaje de su propia vida, sellando con su muerte la adhesión insobornable a unos valores que se fortalecieron en la resistencia y en la libertad, en las convicciones profundas que su atractiva y noble personalidad supo fundamentar, asimiliar y defender, en comunión de sentimientos con figuras estelares de la historia que lo arrastraron hacia un amor desinteresado a la humanidad.

Por ello hemos querido proclamar sobre sus despojos el mensaje del profeta Isaías que tánto lo impactó, en el que se desvanece la imagen de un Dios construida sobre la experiencia de los señoríos despóticos que conducen a una religión de méritos egoistas, y se esboza la imagen de un Dios al que se accede por el sentir, que invita a romper todas las cadenas y desigualdades y acompaña desde su trascendencia íntima todos los procesos de liberación. Y también proclamamos sobre sus despojos, palabras de Jesús bastante silenciadas por las teologías de moda, donde se desvela el Cristo del conflicto, que no busca engañosos irenismos; que deslegitima las instituciones que tratan de reemplazar el esfuerzo consciente y comprometido de los humanos en la construcción de su propia convivencia; que destruye los mitos del destino y que invita a tomar en sus manos la construcción del futuro mediante cambios radicales que implican conversiones profundas.

Querido Orlando que ahora nos escuchas desde la otra frontera del misterio: gracias por tu vida; gracias por haber sido luz y fuerza en medio de nuestras oscuridades y fragilidades; gracias por tu coherencia. Entregamos tu vida, con profunda gratitud, a la energía original de este universo, desde la sabiduría de Jesús, quien nos enseñó a valorar nuestra propia energía desde el símil del grano de trigo: que se destruye humildemente bajo la tierra para que espigas nuevas puedan abrirse, llenas de vida nueva, ante la luz del sol.

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[1] Claudel, Paul, “Jeanne au Bûcher” (Juana en la Hoguera – sobre Juana de Arco)
[2] Fals Borda, Orlando, “Ante la crisis del país”, El Áncora Editores / Pänamericana Editorial, Bogotá, 2003 – pg. 53 y ss.
[3] o.c., pg. 56/57


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