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Palabras en la despedida a Alfredo Molano Bravo Capilla de la Universidad Nacional – Bogotá

Javier Giraldo Moreno S.J.

Lunes 4 de noviembre de 2019, por Javier Giraldo M. , S.J.

Coincidencialmente, en aquella noche de confidencias, Alfredo me narró también su rebeldía ante las exigencias del academicismo francés, lo que lo llevó a renunciar a obtener un título de sociólogo de alto prestigio. Al regresar a Colombia se acogió al camino abierto por Orlando Fals, el cual le fue subyugando progresivamente, porque lo conectaba con una realidad desnuda, sin tapujos, que no le exigía interponer esquemas y filtros de pensamiento abstracto para poder leer una realidad que, a su juicio, sólo podría salir de allí profundamente deformada. Había descubierto su verdadera vocación de cronista de nuestras más crudas realidades.

Como lo expresó Paul Claudel, "Para comprender una vida, como para comprender un paisaje, es menester escoger bien el punto de vista. Y no hay ninguno mejor que la cima. Esa cima es la muerte. Desde tal cima hay que examinar la serie de acontecimientos que nos han conducido a ella. De esta forma, se dice, ven los moribundos en su última hora desplegarse todos los sucesos de su vida, cuya conclusión inminente le proporciona un sentido definitivo" [1].

Mucho se ha escrito y se escribirá en estos días sobre el sentido de la vida de Alfredo; sobre sus aportes a nuestro conflictivo devenir histórico. Este momento y este espacio ritual, en el que entran elementos de la tradición cristiana pero en el que no se aplica el ritual canónico exequial, evoca en mí una conversación íntima tenida con Alfredo en las alturas, mientras regresábamos en un avión luego de unas intensas jornadas de trabajo. Allí me confió con sinceridad de amigo, la metamorfosis de su proceso espiritual que tocaba el sentido profundo de su vida. No recuerdo las palabras precisas, pero sí recuerdo que aquella noche releí unos versos del misionero español Patxi Loidi en su poema “Ante el Misterio”, que me parecían coincidir en su fondo con las confidencias de Alfredo.

Loidi deplora que los teólogos y las iglesias hayan desfigurado a Jesús al querer explicar todos los detalles de su vida y por eso exclama: Ya no interesas, Jesús, ya no divides, ya no escandalizas. Se ha develado el misterio y lo hemos entendido todo… pero mil veces: No; te han secuestrado; yo te recuperaré como eres, sin explicaciones, intacto, desnudo de vestidos teológicos y coronas litúrgicas… Te quiero desnudo, Cristo, como fuiste, como eres hoy, como serás mañana, desafiante, interpelante y amigo… ¡Inexplicable! Estoy harto de explicaciones. No me expliquéis el misterio que me lo matáis. Las explicaciones son mentiras todas. Yo quiero ante el misterio solo estar, quiero estar y adorarlo. Mirar sin ver. Estudiar sin entender. Comer sin digerir. No quiero digerir a Jesucristo. Marcháos todos los teólogos y todas las iglesias. Yo quiero ante el misterio solo estar. Dejadme solo a la intemperie con él. No me expliquéis nada, que quiero ante el misterio solo estar y adorarlo y seguirlo… seguirte siempre, a tu calor, caliente, caminando [2].

Coincidencialmente, en aquella noche de confidencias, Alfredo me narró también su rebeldía ante las exigencias del academicismo francés, lo que lo llevó a renunciar a obtener un título de sociólogo de alto prestigio. Al regresar a Colombia se acogió al camino abierto por Orlando Fals, el cual le fue subyugando progresivamente, porque lo conectaba con una realidad desnuda, sin tapujos, que no le exigía interponer esquemas y filtros de pensamiento abstracto para poder leer una realidad que, a su juicio, sólo podría salir de allí profundamente deformada. Había descubierto su verdadera vocación de cronista de nuestras más crudas realidades.

Al recibir el Premio Simón Bolíva, ya en el atardecer de su vida, describió muy concretamente su camino con estas palabras: Escribir para mí, es ir hasta mis confines guiado por la vida del que está al otro lado. Mi escritura, o lo que yo llamo así, es un puente construido sobre los escombros del prejuicio, incluido el mío. He pagado un alto precio por apartarme de la mirada oficial, la que llaman “políticamente correcta”: tan falsamente objetiva como parcial y aséptica. He tomado partido contra las imputaciones criadas por el interés privado contra la gente que anda por las trochas y por los atajos, por las calles sin asfaltar y que nada esconde porque nada tiene que perder. El país está lleno de prejuicios; sometido a ellos. Han sido construidos con método, calculadamente, a mansalva y sobre seguro. Surgen de los miedos e intereses de los poderosos. Y avasallan, envuelven y destruyen. No sólo no dejan oír sino que tampoco dejan ver. O más bien, dejan ver sólo lo que a través de sus oscuros cristales quieren ellos que se vea.

Y en aquella noche de confidencias, veníamos justamente de desenterrar palabras amordazadas de campesinos sometidos a todas las barbaries.

Estar sólo ante el misterio… leer la realidad sin esquemas ni filtros deformantes… escribir sobre los escombros del prejuicio… actitudes que se articularon en su rica personalidad, en la cual Camilo, Orlando Fals, Umaña Luna dejaron sus huellas y se proyectaron, como reto persistente para esta Alma Mater. La vida de Alfredo, vista desde su cima, ingresa en esa fecunda secuencia.

Bogotá, Noviembre 2 de 2019


[1Paul Claudel, “Jeanne au Bûcher” (Juana en la Hoguera), citado por Roger Garaudy en “Palabra de Hombre” Editorial Cuadernos para El Diálogo, Madrid, 1976, pg. 18

[2Patxi Loidi, “Ante el Misterio”, en Gritos y Plegarias, Edit. Desclée de Brouwer, Bilbao, 16ª edición, 1996. Pg. 524