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Inspección somera al exterminio de los gérmenes de una sociedad humana

Por: Javier Giraldo Moreno S.j.

Jueves 12 de marzo de 2020, por Javier Giraldo M. , S.J.

Nuestra sociedad ha encontrado justificaciones para su marasmo moral en la ineficacia proverbial de nuestra justicia, como algo rutinario e inercial que no modifica en absoluto la cotidianidad aquiescente e indiferente antes los horrores y se contenta, al máximo, con condenas verbales y formales sin incidencia en lo real y que para la clase dominante es la mejor excusa para mostrar cara compungida ante los medios, mientras interiormente celebran con profundo gozo el exterminio de quienes buscaban un mundo opuesto a la injusticia y violencia que sostiene y colma sus privilegios.

Los sectores éticos del país y de la comunidad internacional no salen de un asombro e indignación crecientes, al observar el aumento desenfrenado del exterminio, en Colombia, de líderes y de lideresas sociales y de ex combatientes que quisieron apostarle más bien a luchas cívicas y políticas por un cambio social.

Voceros de los poderes en ejercicio se rebuscan permanentemente explicaciones y pretextos falsos para atenuar el impacto de la vergüenza que cubre a Colombia ante el mundo civilizado. Un día declaran que la justicia ya ha esclarecido altos porcentajes de esos crímenes, afirmaciones que sólo tienen efectos mediáticos y carecen de todo soporte real; otro día intentan reubicar los crímenes en los ámbitos de la delincuencia común, violentando todas las lógicas contextuales; otro día hacen esfuerzos extremos por negarles a las víctimas su carácter de líderes o lideresas sociales, reduciendo o negando en absoluto su incidencia en las comunidades; otro día recurren a montajes para atribuir la autoría de las ejecuciones, desapariciones y atentados a las insurgencias o disidencias, hoy en expansión mediática. Pero los hechos están ahí con su verdad contundente y franca, con toda su crudeza inclemente, que desenmascara sin contemplaciones una podredumbre sistémica inocultable.

Venimos también de un proceso de muchos años en que la figura del victimario ha recorrido una progresiva metamorfosis: del oficial militar o policial que asesinaba, torturaba, encarcelaba sin amparo en la ley y aterrorizaba a los inconformes en los años 60s a 80s, sin correr ningún riesgo de sanción, se pasó luego al paramilitar que actuaba a sus anchas en clandestina coordinación con los agentes estatales y sobrepasaba todas las barreras de la crueldad, con la consigna de paralizar por el terror todo amago de oposición al gobierno de turno o de protesta ante cualquier injusticia, con las mismas garantías de impunidad que cobijaban a los agentes del Estado. Se pasó luego a una redefinición del paramilitarismo como modalidad de delincuencia común, bajo la sigla de BACRIM o “bandas criminales”, buscando desligar su imaginario social de las instituciones estatales y empresariales. Se ha llegado, finalmente, al victimario de hoy, verdugo implacable y desbocado de líderes y lideresas sociales en dinámica sistemática, que encuentra en el anonimato del encapuchado motorizado que dispara y huye sin reivindicar sus actos, la mejor estrategia para lograr los mismos propósitos de siempre, sin consecuencias personales ni institucionales de carácter sancionatorio.

A quien aún crea que, ni los paramilitares, ni siquiera cuando se camuflan bajo “Bacrim”, ni los pistoleros anónimos de hoy día, tienen lazo alguno ideológico o contractual con el Estado o con sus soportes partidarios o empresariales, se le puede remitir a que lea y analice el estilo literario y trasfondo ideológico-político de los panfletos, antes abundantes, ahora muy escasos, en que los victimarios tratan de justificar sus crímenes. En uno de ellos, que condena a muerte a organizaciones y líderes sociales, sindicales y políticos de base, divulgado por y firmado por los paramilitares “Águilas Negras- Bloque Suroccidental”[1], en Cali, el pasado 5 de septiembre de 2019, fundamenta toda esa barbarie en la necesidad de apoyar al Presidente Iván Duque y su proyecto de gobierno, y de eliminar todo movimiento que ponga en riesgo las bases ideológicas de su modelo de sociedad y de Estado. En el panfleto se caracteriza a todas esas organizaciones y personas que allí son amenazadas de muerte, como “contrarias al proyecto político propuesto por el doctor IVAN DUQUE, dejando claro que los resultados contundentes en segunda vuelta legitiman nuestra posición y nos pone en alerta para continuar el fortalecimiento de nuestras estructuras y cerrar filas contra la continuidad del proyecto de la COLOMBIA HUMANA que plantea la injerencia en la próxima contienda electoral (…) de ahí la necesidad de dar continuidad al proceso de exterminio de todo aquel que participó y continúa impulsando la Colombia Humana…”. El texto revela, pues, un origen gubernamental o al menos una militancia del grupo armado ilegal en el partido de gobierno y un apoyo a ese partido y gobierno, no solo ilegal sino criminal, reconociendo el propósito de exterminar al que se oponga o sea contrario a sus políticas.

Nuestra sociedad ha encontrado justificaciones para su marasmo moral en la ineficacia proverbial de nuestra justicia, como algo rutinario e inercial que no modifica en absoluto la cotidianidad aquiescente e indiferente antes los horrores y se contenta, al máximo, con condenas verbales y formales sin incidencia en lo real y que para la clase dominante es la mejor excusa para mostrar cara compungida ante los medios, mientras interiormente celebran con profundo gozo el exterminio de quienes buscaban un mundo opuesto a la injusticia y violencia que sostiene y colma sus privilegios.

Los grandes medios de “información”, que dominan la conciencia de las masas, fuera de hacerle eco a las justificaciones, evasiones y negacionismos de las capas en el poder, alimentan la fe en los esquemas clásicos de justicia, ineficaces, sesgados y politizados, que se han convertido en solución única, sin alternativas, para que todo siga igual.

Pero comprender la dirección teleológica de este genocidio implacable de líderes y lideresas sociales, implica mirar en profundidad las acciones y proyectos locales, humildes, riesgosos, a veces audaces, pero siempre amorosos y altruistas, que ocupaban la vida cotidiana de nuestros líderes sociales de base masacrados o desaparecidos.

En muchos números de la revista Noche y Niebla[2] hemos procurado registrar esos contextos concretos y acciones situadas y fechadas, a través de las cuales nuestros campesinos, indígenas, obreros, pobladores, estudiantes, amas de casa, activistas, militantes –hombres y mujeres-, han ido expresando sus compromisos con el diseño de una sociedad más humana, la cual se ha ido dibujando, de manera humilde y progresiva, en sus rebeldías, en sus enfrentamientos, en sus exigencias y en sus programas de lucha. Allí van reventando sueños y utopías que dibujan, como preciosas obras de arte en construcción, los rasgos de esa sociedad que se afirma y afianza como necesaria y justa y como alternativa humana a los rasgos de la sociedad inhumana que vivimos. En ese accionar iba germinando un mundo justo que quería crecer en concreción a través de sus esfuerzos, compromisos y riesgos, pero que a la vez atrajeron el odio de los victimarios que los condujo a ahogar esos gérmenes en sangre.

Esos gérmenes iban apuntando hacia un país sin extractivismo, sin concesiones a transnacionales mineras ni petroleras; sin aguas secuestradas para dar muerte en lugar de servir a la vida; sin tierras y ríos envenenados; sin usurpación ni despojo de tierras y con medidas eficaces para frenar la extrema concentración de su propiedad. Esos gérmenes apunaban también a un país respetuoso de la propiedad colectiva de indígenas, negritudes y zonas de reserva campesina asimilables a las anteriores, con subsidios para mantener una producción alimentaria sana, suficiente y autónoma. Esos gérmenes apuntaban además a un país que multiplicara los espacios de participación decisoria de las mayorías de base, empobrecidas, cuya voz fue siempre ignorada, amordazada, acallada y criminalizada; a unas instituciones que repararan los destrozos de los crímenes de Estado y garantizara su no repetición, sobre todo eliminando el paramilitarismo y respetando la dignidad de la protesta social y los derechos de los movimientos sociales, especialmente el derecho a la consulta popular, tan estigmatizado y castigado.

Pero con profundo espanto comprobamos que justamente la aparición por doquier de esos hermosos gérmenes se ha convertido en causal de pena de muerte cruel para sus generadores. Los poderosos sabuesos del statu quo ya no andan a la caza de ilustrados líderes que se destacan por su dominio ideológico de alternativas o por algún conjunto de seguidores con poder; al parecer han comprendido que la política abortiva es más eficaz. Se han propuesto eliminar esos gérmenes en sus mismos períodos de gestación, en sus ámbitos más originarios, donde el dolor de la opresión y de la afrenta golpea con más fuerza el sentimiento; donde los lazos solidarios de las víctimas arrastran con mayor fuerza colectiva; donde la materialidad humilde de las reivindicaciones está más revestida de urgencia y donde la fuerza de la vida común es más arrolladora. Esto nos explica que el liderazgo social intensamente victimizado en nuestros días sea justamente el liderazgo de base, el cercano a la defensa primaria de la vida: las guardias indígenas y campesinas del territorio; las juntas de acción comunal, los reclamantes de tierras; los desplazados en planes de retorno; las asociaciones de víctimas; los denunciantes de la agresión concreta paramilitar y militar; los marchantes de protestas inaplazables; los defensores del ambiente: los impulsores de consultas populares en sus humildes comités de firmas; los viviendistas insolventes; los excombatientes que exploran otras alternativas de lucha; los presos de conciencia y los ex presos de conciencia o de móviles sociales y políticos; los comunicadores sociales de medios marginales y críticos. Toda esa sangre efervescente que daba vida a los gérmenes de un mundo humano y que vivificaba sus primeros períodos de gestación, es la que alimenta también los torrentes de sangre derramada por nuestros modernos victimarios anónimos que tienen clara, a la vez que oculta, la finalidad de tanta barbarie.

Javier Giraldo Moreno, S. J.
Febrero de 2020


[1] La existencia misma de las “Águilas Negras” es negada por la Policía, sin que esta institución revele estar interesada en investigar entonces quién firma sus numerosos comunicados.
[2] Revista semestral que publica los resultados del trabajo de la Red de Bancos de Datos de Derechos Humanos y Violencia Política, coordinada por CINEP.