Desde los márgenes

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Elementos de lectura sobre la tragedia

Sábado 17 de marzo de 2001, por Javier Giraldo M. , S.J.

1. Pluralidad de diagnósticos:

Los que estén familiarizados con la realidad colombiana y con las iniciativas de solidaridad para con el pueblo de Colombia, saben muy bien que existen muchos diagnósticos, lecturas, visiones y evaluaciones de nuestra tragedia, y muchas estrategias para salir de la crisis, según la lectura que se haga.

Hay muchas maneras de mirar y valorar los factores de la violencia; muchas maneras de concebir la paz y de trazar el camino para conseguirla; muchas maneras de combinar la condenación, la tolerancia y el respaldo a unos u otros actores del conflicto. Quizás lo único en que coinciden todos los diagnósticos es en que vivimos una tragedia. “Tragedia humanitaria” la han llamado muchos analistas.

Seguramente la mayoría de ustedes han escuchado alguna vez el relato del grupo de ciegos que querían conocer un elefante para formarse una idea de ese animal. Uno de ellos palpó la trompa y lo definió como una culebra; otro palpó una oreja y lo definió como un abanico; otro palpó una de sus patas y lo definió como una columna.

También entre los que tratamos de abordar, comprender y definir la tragedia colombiana, unos toman posiciones de visión inmediata sin proyección histórica; otros la miran sumándose a alguno de los diferentes y contradictorios grupos de víctimas; otros se suben a un piso elevado para mirarla desde plataformas económicas, políticas e ideológicas ya construidas y consideradas intocables; otros la miran desde un futuro cercano donde dibujan otros mundos posibles inspirados en valores humanos hasta ahora asfixiados por el consumo masivo y compulsivo. En cada diagnóstico influyen diversos sentimientos, solidaridades, intereses, cosmovisiones y capacidades. Todos buscamos informaciones en esa realidad trágica; unos extraen esas informaciones de los mass media, ordinariamente condicionados por los intereses económicos y políticos de sus dueños, o amordazados por el terror; otros se apoyan en la experiencia directa de la tragedia para hacer sus proyecciones.

Por eso no quiero darle a mi exposición ningún carácter de lectura única. No ignoro que existen otras lecturas. Tampoco ignoro ni oculto que mi lectura se apoya en opciones por un futuro que contradice muchos de los pilares del modelo de sociedad que está en crisis y al que juzgo como factor principal de la tragedia que vivimos.

2. Análisis crítico de dos diagnósticos sobre Colombia:

Primero quiero examinar críticamente dos diagnósticos recientes de la tragedia de Colombia que tienen un gran peso, dada la importancia y el poder de quienes los sustentan. El primero es el diagnóstico oficial de los gobiernos colombiano y estadounidense, tal como está reflejado en el PLAN COLOMBIA. El otro es un diagnóstico que proviene del mundo académico europeo, tal como se refleja en el LLAMADO POR COLOMBIA, suscrito por 30 intelectuales franceses y europeos de gran prestigio, reunidos en París el 28 de noviembre de 2000.

2.1 Diagnóstico y estrategia del Plan Colombia:

Desafortunadamente el Plan Colombia no es un diagnóstico autónomo de nuestro gobierno. Todo indica que su redacción se hizo en Washington. Varios senadores colombianos buscaron durante varios meses una versión en español del Plan Colombia, para un debate en el Senado, pero en las dependencias oficiales solo les ofrecían una versión en inglés. Esto es muy revelador, pero es el reflejo de lo que han sido todos nuestros gobiernos: las grandes líneas de sus programas económicos y políticos no las trazan ellos; se las trazan en el Departamento de Estado de Washington, en el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la CIA, la DEA o el BID.

La versión más completa del Plan Colombia contiene una Introducción, luego un capítulo en el que enumera 10 estrategias, y luego 5 pequeños capítulos en los que desarrolla solo 5 de esas 10 estrategias.

Ya desde la Introducción se percibe claramente el esquema de diagnóstico y las líneas estratégicas que en él se apoyan. Los otros capítulos solamente repiten o refuerzan lo mismo.

Según el Plan Colombia, la causa fundamental de la crisis del Estado y del desgarramiento de la sociedad, es el narcotráfico. Este genera corrupción y violencia, destruye valores, alimenta a los diversos actores armados y por esa vía impide la paz. Pero al destruir la paz, frena también la inversión extranjera, y como consecuencia, impide la generación de empleo y la búsqueda de prosperidad dentro de los parámetros del mundo globalizado. Es, además, una amenaza transnacional.

La estrategia que el Plan Colombia adopta, pretende apoyarse en el anterior diagnóstico que es muy simple. Esa estrategia está centrada en combatir el narcotráfico. Por eso los objetivos que el Plan Colombia formula como más concretos, con metas, fases, espacios y recursos, se refieren a la represión del narcotráfico (Capítulos II y III, donde se desarrollan las estrategias 5 y 6: judicial y anti-narcóticos). Allí se regresa a las líneas centrales del diagnóstico para presentar el problema de la droga como la causa de todos los problemas; para enfatizar que la política anti-narcóticos es la prioridad de prioridades, y para aludir al interés internacional en esa política. Luego se trazan las políticas represivas, militares y judiciales, para combatirlo.

Cualquier analista sabe muy bien que una estrategia represiva no entusiasma a nadie ni produce dividendos políticos para ningún gobierno o partido. Por eso el Plan Colombia envuelve el núcleo de la estrategia represiva en una cáscara de otras tres líneas programáticas que cumplen, a mi juicio, una función cosmética: el proceso de paz; un saneamiento de la economía y un desarrollo social. Los capítulos relativos a estas tres envolturas cosméticas ya no tienen la concreción de la política antinarcóticos: son abstractos; desarticulados e incoherentes.

La economía, como se refleja en el Plan Colombia, es una economía en crisis, marcada por el desempleo creciente, el déficit fiscal, el crecimiento negativo del Producto Interno Bruto, un servicio de la deuda que en 4 años (1995-99) pasa del 19% al 34% del PIB, obligando a recortar gastos del presupuesto, como la financiación de las fuerzas armadas y del poder judicial. Por ello demuestra que para costear la represión contra el narcotráfico necesita una ayuda externa y ésta es la que ofrece en concreto el gobierno de Estados Unidos en su aporte al Plan Colombia. Reconoce que Colombia se ha sometido a las políticas de ajuste impuestas por el Fondo Monetario Internacional y que esto tendrá un impacto negativo en muchos sectores vulnerables, sin insinuar ninguna solución. Reconoce también que las medidas aperturistas de 1990 traumatizaron el sector agropecuario haciendo abandonar 700.000 hectáreas agroproductivas, pero como única solución enuncia la necesidad de atraer más al capital extranjero.

El Proceso de Paz es presentado en el Plan Colombia como “una alianza estratégica contra el narcotráfico, la corrupción y la violación de los derechos humanos” (cap. V). Solo se describen allí los pasos dados por este gobierno para el diálogo con las FARC, pero no traza ninguna estrategia como camino estructurado hacia la paz. Menciona como protagonistas del conflicto: la guerrilla, las autodefensas y la población civil. A la guerrilla le asigna dos orígenes, ambos del pasado: la Guerra Fría y conflictos agrarios de otras épocas, pero su persistencia en el presente la explica por su afán de control territorial, incentivado por una financiación creciente proveniente de impuestos al narcotráfico y de extorsiones.

El Desarrollo social es abordado en el capítulo IV del Plan Colombia, como políticas de participación y de democratización. Parece tener dos ejes: asistencia a las víctimas y reforzamiento de los gobiernos locales mediante el fomento de la participación. La participación de la comunidad en las administraciones locales es vista por el Plan Colombia como una manera de conseguir el apoyo ciudadano para las otras políticas del Plan, tales como la represión a los cultivos ilícitos, la condena de la guerrilla y de algunos de sus métodos como el secuestro, etc. Además le asigna a las administraciones locales la atención a las víctimas, especialmente a los desplazados, para exonerar progresivamente al gobierno central de esa responsabilidad.

Este es, pues, en sus grandes líneas, el diagnóstico oficial de la tragedia colombiana, con sus soluciones, vistas desde los poderes decisivos que nos rigen. Algunas de las estrategias del Plan Colombia tienen un plazo de 6 años, o sea que trascienden el actual gobierno. Se dice que su costo es de 7.500 millones de dólares, 4.000 de los cuales deben ser aportados por el gobierno de Colombia, lo cual no pasa de ser una ficción sobre el papel: allí simplemente se registran gastos ordinarios de 5 años, que ahora deben ser reconsiderados, dada la bancarrota económica del Estado. Otra suma cercana a los 2.000 millones se esperaba recibirla de la Unión Europea, pero ésta se negó a participar en el Plan Colombia por considerarlo en contradicción con muchos principios de política internacional de los países de Europa y en contravía de la paz y la democracia (El Parlamento Europeo votó contra el Plan, por 474 votos a favor del rechazo y uno en contra, el 1 de febrero de 2001) . Lo único que queda financiado, pues, del Plan Colombia, es su componente militar o represivo, calculado en 1.300 millones de dólares, aportados por el gobierno de los estados Unidos.

2.2. Análisis crítico del Plan Colombia:

Considerando lo limitado del tiempo, quiero ser muy esquemático en la formulación de críticas a esta lectura de la tragedia colombiana que hace el Plan Colombia y a sus soluciones:

  1. En primer lugar, el Plan Colombia es un documento que enuncia más de un centenar de estrategias sectoriales, sin que ninguno de los problemas a los cuales se pretende responder sea objeto de análisis o de un diagnóstico concreto, que pueda fundamentar la estrategia correspondiente. Es muy similar a un programa electoral lleno de promesas inconsistentes e incoherentes.
  2. La relación entre droga y violencia, como allí se presenta, no es nada convincente. Tampoco convence a nadie la explicación según la cual, al privar a los actores violentos (guerrillas y paramilitares) del porcentaje de financiación que extraen de la droga, se estarían atacando las causas de la violencia. Más bien ocurriría lo contrario: las extorsiones y los asaltos se multiplicarían enormemente, llevando la violencia a niveles más insoportables.
  3. El núcleo del Plan Colombia es el sometimiento a una tesis sostenida por varios gobiernos de los Estados Unidos, según la cual, el consumo de droga debe erradicarse mediante la represión, y ésta no sobre los consumidores sino sobre los productores. Esta tesis ha sido refutada muchas veces y en muchos ámbitos con argumentos convincentes (enumero algunos):
    • El 6 de junio de 1998, 800 intelectuales y hombres de Estado de alto nivel dirigieron una carta al Secretario General de las Naciones Unidas, Kofi Annan, en la cual afirmaban que “la guerra contra la droga está causando más perjuicios que el mismo abuso de las drogas” . Según ellos: “Las políticas sobre drogas que el mundo ha seguido durante décadas son un error destructor. Querer frenar el abuso de la droga prohibiendo la droga, solamente ha llevado a crear una industria ilegal que cuesta 400.000 millones de dólares, en grueso el 8% del comercio internacional (...) Esa industria ha fortalecido al crimen organizado, ha corrompido a los gobiernos en todos los niveles, ha erosionado la seguridad interna, ha estimulado la violencia y ha distorsionado, tanto los mercados económicos como los valores morales (...) estas han sido las consecuencias, no de la droga en sí misma, sino de las erróneas políticas de guerra contra la drogas que han durado décadas” [Entre los firmantes están: Javier Pérez de Cuéllar, George Shultz, Milton Friedman, Adolfo Pérez Esquivel ...]
    • El Senador Paul Wellston, de Minnesota, durante el debate sobre el Plan Colombia en el Congreso, demostró que está probado por centros de investigación muy confiables de los Estados Unidos, que la atención médico-psiquiátrica a los adictos es 23 veces más eficaz, para disminuir el consumo de drogas, que la represión en países productores. [Statement and Proposed Amendment by Sen. Paul Wellstone, May 17, 2000].
    • Durante el debate sobre el Plan Colombia en el Parlamento Europeo, muchas intervenciones demostraron que mientras no se transformen los incentivos económicos de la droga, la represión tiene como único efecto modificar la geografía de la oferta, pero de ninguna manera disminuir el consumo.
    • Se dice que la “Guerra contra la Droga” diseñada y desatada en los gobiernos de Reagan y Bush, se proponía disminuir el consumo por la vía del alza exorbitante de su precio y para lograr dicha alza había que convertirla en “fruto prohibido”. Pero muy rápidamente se dieron cuenta de que, si bien esto no producía ningún descenso en el consumo, sí había generado el mejor negocio del mundo, en el cual las utilidades llegaron a alcanzar el 20.000%. El periodista colombiano Javier Darío Restrepo, citando estudios publicados en otros países, entre ellos uno publicado en Le Figaro, de París, revelaba que los 300.000 millones de dólares generados por el narcotráfico en 1995 equivalían a las dos terceras partes de los bancos estatales de todo el mundo. [1] Pero hay que tener en cuenta que al menos el 96% de estas ganancias irrigan las economías de los países consumidores, y solo un 4% como máximo entra a los países productores. Y el factor fundamental de todo este lucro es la represión a los productores, factor decisivo que define los fabulosos precios de la droga.

    No me extiendo más en argumentos, pero quiero subrayar que después de tantas comprobaciones de que la represión no disminuye el consumo, insistir en dicha represión tiene que tener objetivos diferentes a los de disminuir el consumo. En el caso del Plan Colombia es claro que la estrategia militar y represiva que allí se plantea contra el narcotráfico es una mera ficción. Sirve solo para disfrazar el involucramiento militar de los Estados Unidos en el conflicto político-militar interno de Colombia, o sea, para participar y dirigir la lucha contra la insurgencia. Los hechos lo han demostrado sin dejar dudas.

  4. Quien se detenga en los diagnósticos del Plan Colombia queda profundamente sorprendido al comprobar que no se menciona el modelo económico como factor de violencia ni se entra en ningún análisis del desempleo, de la distribución de la tierra, de la desigualdad social, etc. El capítulo sobre la economía no enfrenta el efecto que tienen las políticas económicas sobre los seres humanos y sus necesidades básicas. Solamente reconoce de paso que hay efectos del ajuste fiscal y de la apertura económica que perjudican a algunos sectores vulnerables de la población, sin que el análisis de esto parezca tener importancia alguna.
  5. Sorprende también que se pase por alto, como factor de violencia, la acción de los agentes del Estado, responsables de tantos millares de crímenes de lesa humanidad, y que no se analicen las relaciones entre éstos y las estructuras paramilitares.

Habría muchos otros aspectos que nos llevarían a concluir que el diagnóstico oficial de la tragedia de Colombia y las estrategias de solución que en él se apoyan, así como los ejes de la política de los estados Unidos frente a Colombia, están profundamente errados. No es creíble que todo esto se deba a ignorancia o incompetencia en los análisis. Solo queda concluir que este Plan es una ficción, un “Caballo de Troya”, para ocultar estrategias inconfesables.


2.3. Diagnóstico del documento
Llamado por Colombia , de intelectuales franceses y europeos:

El Comité Universitario Francés Pro Colombia reunió en París el 27 y 28 de noviembre de 2000 a 30 intelectuales europeos de mucho prestigio, la mayoría franceses, quienes firmaron un Llamado Por Colombia. Hay en ese documento un diagnóstico de la tragedia y algunos elementos de estrategia de solución.

  1. En primer lugar hacen un recuento de los diversos actores armados con sus métodos:
    • De las guerrillas señalan el recurso al asesinato selectivo, al secuestro, al reclutamiento forzoso, al dinero de la droga y su alejamiento de una búsqueda de apoyo político en la población para someter a ésta a una estrategia exclusivamente militar.
    • De los paramilitares señalan el recurso a las masacres colectivas, al dinero de la droga y de los ricos, y a una estrategia de conquistarle zonas a la guerrilla desocupándolas de pobladores.
    • De los militares señalan su tolerancia y en ocasiones apadrinamiento a los paramilitares, y su incapacidad de proteger a la población.
  2. En segundo lugar se interpreta globalmente el conflicto como algo “ajeno a la sociedad”. Se dice expresamente que no se trata de una guerra civil, pues no hay una ruptura cultural, política o social que atraviese a la población. Se tipifica más bien como una “guerra contra la sociedad”. Todos los actores armados tendrían como rasgo común su desprecio por los sentimientos y los derechos humanos y su opción por el terror, mientras la población se unifica en una protesta contra la violencia y en una reivindicación de neutralidad.
  3. Otros elementos mencionados en el documento, que tocan más con lo social y lo político, son vistos como tangenciales o solamente como “agravantes” del conflicto, tales como las profundas desigualdades sociales, la distancia entre el Estado y la nación, la corrupción o la ayuda militar de Estados Unidos. Afirman tajantemente que “nada asimila al régimen a una dictadura” sino que éste “aún dispone de una legitimidad democrática”, mientras las guerrillas no pueden hacer alarde de igual legitimidad.
  4. Los elementos de estrategia para una solución parecen apoyarse en un núcleo central: reforzar la autoridad del Estado y modernizar su funcionamiento, como condiciones para una política de paz. Por eso alertan a la Unión Europea para que sus inversiones no se concentren en las ONGs sino que ayuden a las instituciones del Estado. Al lado de esto señalan como el mayor reto, la necesidad de reconstruir perspectivas políticas con objetivos a corto y mediano plazo. Critican el Plan Colombia como estrategia equivocada frente a la droga; como un intento por parte de Estados Unidos de relegitimar las fuerzas armadas, y como un factor de polarización del país y de escalada del conflicto armado. A la Unión Europea, distanciada del Plan Colombia, le asignan un papel fundamental para exigir a todas las fuerzas respeto a los derechos humanos y para señalar otra estrategia frente a la droga y promover inversiones sociales.

2.4 Análisis crítico del diagnóstico del Llamado Por Colombia :

  • Es extraño leer en un documento suscrito por intelectuales de tanto prestigio, muchos de los cuales nos dieron en sus obras valiosos elementos de análisis social estructural, un análisis tan dicotómico, donde los conflictos sociales solo se tocan tangencialmente con los problemas estructurales y los modelos de sociedad.
  • También hay que echar de menos en maestros de tanta trayectoria la ausencia de una lectura diacrónica o de una perspectiva histórica en el análisis de los actores armados. Esto les hubiera permitido mirar de otra manera las relaciones entre los militares y los paramilitares, y entender de otra manera lo que ellos perciben hoy como tolerancias o apadrinamientos ocasionales y aislados.
  • Este documento retoma muchos clichés de los medios masivos de “información”, sumergidos hoy, quizás como estrategia de supervivencia, quizás como estrategia sutil de complicidad con los más fuertes, en una campaña para medir simétricamente a los actores armados, excluyendo a los militares. Es difícil culpar a intelectuales, cuyas fuentes de información suelen ser esos medios periodísticos, de digerir las lecturas tan adulteradas de los mass media, sobre todo cuando viven en otros países.

3. Elementos de lectura crítica de la tragedia:

Luego de este análisis rápido de dos diagnósticos recientes y autorizados sobre la tragedia de Colombia, quiero señalar otros elementos de lectura que nos saquen de lecturas planas, inmediatistas o cercadas por estructuras intocables.

Quiero agrupar esos elementos en algunos conjuntos: hay elementos históricos; elementos políticos; elementos éticos; elementos epistemológicos (que se refieren a la manera como conocemos algo) y, finalmente, algunas perspectivas estratégicas.


3.1. Elementos históricos:

  • Hay quienes prefieren evaluar o entender a los actores del conflicto solamente en su accionar actual. Dicen que no importa saber de dónde vienen ni cómo o por qué han llegado a donde están hoy. Prefieren juzgar sus acciones y sus métodos sin ninguna referencia a su historia. Otros preferimos comprender la situación actual a la luz de los recorridos históricos y tener en cuenta los acontecimientos, los procesos y las fuerzas que han conducido quizás a las posiciones extremas de hoy.
  • Por ejemplo, el fenómeno paramilitar es leído, en el discurso más difundido en Colombia y en el exterior, como una respuesta de algunas franjas de la población civil a ciertas agresiones de la guerrilla. Sin embargo, documentos históricos incuestionables nos demuestran que la estrategia paramilitar del Estado colombiano es anterior a las guerrillas y fue uno de los factores que determinaron la existencia de las guerrillas. Michael McClintock [2]
  • descubrió documentos desclasificados del Pentágono que prueban que en 1962 el gobierno de los Estados Unidos le impuso al gobierno de Colombia la estrategia paramilitar, como mecanismo para eliminar formas de pensar que no fueran favorables al capitalismo. Una larga serie de manuales secretos del Ejército colombiano nos corrobora que esa estrategia fue implementada desde entonces, como estrategia de Estado, y que solo eso permite entender las relaciones estrechas que hoy se perciben, a lo largo y ancho del país, entre militares y paramilitares. Por eso, quienes analizamos el fenómeno actual desde esa perspectiva histórica nos negamos a definir el paramilitarismo como un “tercer actor” en el conflicto. No es un tercer actor. Es el mismo brazo clandestino e ilegal del Estado que ha existido desde hace varias décadas. Esa misma perspectiva histórica nos impide considerar al Estado colombiano como un “Estado de Derecho”.
  • Otro ejemplo: la perspectiva histórica nos impide asumir ciertas lecturas simplistas o sincrónicas del conflicto. La posibilidad de una solución negociada o política al conflicto, que implicaría un abandono de las armas y una adopción de los métodos democráticos y electorales por parte de la guerrilla, no es la misma en los comienzos de los 80s que en los años 90s o en estos comienzos del siglo XXI. No es la misma antes del genocidio de la Unión Patriótica que después del genocidio de la Unión Patriótica. El mismo Presidente Pastrana, en ciertos momentos de lucidez, ha dicho que no se le puede pedir a la guerrilla que repita la historia de los 80s, o sea, que conforme un partido político legal para que todos sus militantes sean asesinados o desaparecidos. La historia no pasa sin dejar huellas y sin condicionar el futuro. Una salida política al conflicto armado es enormemente más compleja hoy que hace 15 años.
  • Tampoco es lo mismo pensar en un proceso de paz en Colombia antes de los procesos de paz de Centroamérica que después de los procesos de paz de Centroamérica. La imagen de un Salvador o de una Guatemala sumergidos hoy, después de firmar la “paz”, en las más aberrantes injusticias y desigualdades y en la más asfixiante violencia de supervivencia, obliga a que se revisen los esquemas de negociación que allí se dieron y el mismo concepto de “paz” que orientó las negociaciones. Ninguna guerrilla quisiera hoy que su lucha tuviera como horizonte la falsa “paz” de Centroamérica.
  • Tampoco es correcto juzgar los métodos de la guerra haciendo abstracción de los “antes” y los “después” del mismo desarrollo del conflicto. No era lo mismo exigir el respeto a ciertas normas del Derecho Internacional Humanitario antes del desarrollo intensivo del paramilitarismo que después de éste, cuando amplias franjas de la población civil están comprometidas secretamente en la guerra, con alta capacidad de destruir al adversario. Un desarrollo más político y menos militar de la insurgencia tiene condiciones históricas que no son iguales en los “antes” y en los “después”.

Con estos ejemplos quisiera simplemente mostrar que la perspectiva histórica no es secundaria o de poca importancia en los análisis de un conflicto y en la búsqueda de estrategias de solución.


3.2. Elementos políticos:

  • Como ya lo hemos visto, la mayoría de los diagnósticos que se hacen de la tragedia colombiana separan el conflicto armado del conflicto social. Se reconoce que hay enormes desigualdades sociales; se reconoce explícita o implícitamente que no hay soluciones, dentro del modelo de sociedad vigente, para las grandes tragedias sociales como el desempleo, el hambre, la insatisfacción de las necesidades básicas de las grandes mayorías; se reconoce que las estructuras políticas están corrompidas; que la impunidad es alarmante; que la justicia no funciona; que los derechos más elementales de más de la mitad de la población están desprotegidos y violados, etc., pero no se admite ninguna relación de esto con el conflicto armado.

El discurso corriente del Estado y de los mass media es que la guerrilla no tiene ni objetivos políticos ni horizonte ideológico alguno. [El texto del Plan Colombia trata de decir que los tuvo en el pasado y las Resoluciones del actual gobierno para legalizar las negociaciones le reconocen a la insurgencia “carácter político”, pero este no es el discurso corriente de los funcionarios del Estado]. Sin embargo, cada vez que se da una protesta social o un movimiento de desobediencia civil, inmediatamente se le atribuye a la guerrilla. Así es fácil desactivar las luchas sociales poniéndoles la etiqueta de subversivas e ilegales y entregando a sus líderes a la persecución legal o clandestina. La incoherencia de ese discurso y de esa práctica no podría ser más evidente.

  • La agenda de negociación que está sobre la mesa en los diálogos con las FARC, comprende 47 problemas nacionales de gran importancia y complejidad y el mismo gobierno llevó a la mesa una agenda que en gran parte coincidía con la de la guerrilla. La agenda que se conoce del ELN para la eventual Convención Nacional que propone, coincide en gran parte con las anteriores. Todo esto prueba que el conflicto armado tiene su origen y sus móviles en el conflicto social y es inseparable del mismo. Es evidente que los culpables de la injusticia y de la violencia quieren ocultar esta relación a toda costa, pero un análisis realista nos impide hacer esa separación. Por eso es incomprensible que los intelectuales franceses afirmen que el conflicto colombiano es “ajeno a la sociedad”, o que es “una guerra contra la sociedad”.
  • Todo esto nos plantea la pregunta sobre lo que está en juego en este conflicto, o sea, qué es lo que se busca.
  • Los paramilitares afirman que buscan “un país sin guerrilla”, pero su práctica demuestra que quieren un país sin movimientos sociales, sin organizaciones populares, sin protesta social,sinorganizacionesdederechoshumanos, sin gente que denuncie, sin gente que cuestione el modelo económico y político vigente.
  • Hace poco el poeta colombiano William Ospina hizo una exposición en Londres sobre la tragedia que vive Colombia. Allí afirmaba: “Hoy el socialismo radical se ha consumido en sus propias contradicciones, y las guerrillas sólo pueden negociar en el marco de la economía de mercado. Cualquier negociación a que se llegue solo puede terminar favoreciendo la productividad en el marco delsistema imperante, y lo más extremo que podría salir de este experimento sería una socialdemocracia capitalista como la de algunos países nórdicos”. Esta frase de William Ospina refleja un pensamiento muy común en Colombia entre las capas dirigentes de la sociedad.

La clase dirigente ha difundido una caricatura que liga los objetivos de la guerrilla con un “comunismo radical, ya históricamente fracasado”. Sin embargo, la guerrilla no tiene ahora un modelo concreto de sociedad para imponer. Tanto el esquema de negociación de las FARC como el del ELN incluyen largos períodos de audiencias con la sociedad civil, con el fin de recoger la más amplia gama de propuestas de solución a los problemas sociales más cruciales. Por eso el discurso que trata de deslegitimar las perspectivas políticas de la guerrilla acusándolas de identificarse con un modelo de sociedad ya juzgado por la historia como un fracaso, es un discurso que no tiene bases reales y se apoya más bien en fantasmas o imaginarios estereotipados de las ideologías conservadoras.

Pero otros sectores de la sociedad, como el poeta William Ospina, consideran utópico o irrealista, en este momento histórico, pensar en construir modelos de sociedad que no se sometan al neoliberalismo globalizado. Este tipo de fatalismo está bastante difundido no solo en Colombia sino en el mundo, y ha hecho desaparecer multitud de movimientos sociales y políticos. El problema es que el neoliberalismo globalizado no ofrece solución a los problemas sociales más apremiantes; podría decirse que lo único que ofrece es el agravamiento progresivo de estos problemas. En estas condiciones, el proceso de paz en Colombia es un enorme desafío no solo para Colombia sino para el mundo. Las soluciones no están hechas, pero lo único que sabemos es que tendrán costos altos para el modelo actual de sociedad.

  • Si nos preguntamos sobre lo que motiva a los guerrilleros a la lucha, mi experiencia y la de muchas otras personas nos lleva a no dar una única respuesta: hay quienes todavía creen posible un triunfo militar, quizás lejano, para imponer un sistema no capitalista que resuelve las necesidades básicas de toda la población. Hay otros que consideran esto imposible, pero creen que su boicot permanente a la sociedad dominante, va llevando al desespero a las clases ricas y dirigentes, obligándolas a sentarse en mesas de negociación para arrancarles a la fuerza reformas sociales urgentes, aunque parciales. Hay otros que no albergan ninguna esperanza en la lucha, convencidos de que son una pulga que lucha contra un elefante, pero encuentran que el único sentido ético que tiene su vida es luchar hasta la muerte para destruir la realidad absurda, inhumana e inicua en la cual nacieron y les tocó vivir. Hay, finalmente, otros, que no piensan en motivaciones que los proyecten hacia un futuro mediano o lejano; la lucha armada para ellos constituye simplemente una cierta fatalidad; llegaron allí porque solo allí encontraron alguna forma de hacer algo, ya que su vida no tenía viabilidad económica, ni política, ni cultural, ni biológica. Son los hijos de la miseria, del desempleo y de las tragedias sociales que inundan el país, como las describió en un artículo estremecedor el ex Alcalde de Bogotá y asesor de organismos financieros internacionales, Luis Prieto Ocampo: “La verdad es que la guerrilla, en nuestro suelo, se nutre de jóvenes imberbes, que no han conocido sino miseria”. [3]
  • Así, pues, mientras el Ejército y su brazo clandestino paramilitar se mueven dentro de los principios radicales de los sistemas de “Seguridad Nacional”, tratando de eliminar toda fuerza semi-organizada que propenda por alguna alternativa al capitalismo, las guerrillas tienen una agenda abierta en cuanto al modelo social que debe implantarse como condición para cesar la lucha armada. El gran reto es encontrar alternativas que lleven a satisfacer las necesidades más fundamentales de la población, como alimentación, vivienda, empleo (o algún modo de generación de ingresos), salud y educación, sin que esto implique imponer un modelo “socialista” o “comunista” que suprima la iniciativa privada y el mercado libre.

    Pero hay que encontrar también soluciones para ciertas estructuras o instituciones que se han revelado como obstáculos radicales para la democracia: la regulación de los medios de información (para poder garantizar el derecho a la verdad, a la información y a la comunicación); la administración de justicia; las fuerzas armadas; los mecanismos de participación política. Desafortunadamente todo esto es necesario reinventarlo, pues los modelos conocidos hicieron crisis definitiva.

  • El documento de los intelectuales franceses tiene cierta razón al señalar un vacío de perspectivas políticas y la necesidad de reconstruir esas perspectivas con objetivos claros a corto y mediano plazo. Lo profundo de la crisis y del conflicto social; la crisis de modelos que vive la humanidad entera, donde pareciera que la única alternativa posible es el capitalismo cada vez más salvaje y cada vez más genocida, todo esto hace que las perspectivas políticas estén en construcción, aunque no en cero. Ya se sabe al menos qué es lo que no se quiere; qué es lo que no funciona; que es lo que está pidiendo a gritos transformaciones estructurales. Además ya hay unas mesas de negociación con unas agendas. El gran reto es, como lo plantea Agnes Heller en una de sus obras más profundas, encontrar cómo respetar dos valores sustanciales que viven en conflicto: VIDA y LIBERTAD. Unos sistemas históricos han privilegiado la Vida pero han creído que para defenderla tenían que eliminar en gran parte la libertad; otros han priorizado la libertad (en realidad la libertad de los más fuertes) sin importarles que para defenderla hubiera que sacrificar millones de seres humanos.
  • Estoy convencido de que el proceso de paz en Colombia necesita, más que la presencia de gobiernos extranjeros que cumplan oficios de mediación, el aporte de experiencias y de expertos que ayuden a encontrar caminos de solución a los problemas sociales más angustiosos.

* Hace pocos días el ex Presidente César Gaviria, hoy Secretario de la OEA, visitó a Colombia y se declaró perplejo por el deterioro generalizado del país en todos los campos, durante los últimos 10 años. Esto dio ocasión para que muchos economistas y analistas políticos le hicieran ver que fue justamente su opción radical por el neoliberalismo, con sus medidas que consagraron la apertura económica, lo que causó todo ese deterioro. El economista Eduardo Sarmiento escribió: “Las manifestaciones más graves del modelo se dan en materia de equidad. La Apertura, las privatizaciones, la especulación financiera y la represión monetaria configuraron la sociedad más desigual del mundo (...) El coeficiente Gini aumentó de 44 a 47 entre 1990 y 1993 y luego llegó a 54 en 2000. En términos más simples, la relación entre el ingreso del 10% más rico y el ingreso del 10% más pobre pasó de 40:1 a 80:1 durante la década de los 90”. [4] Es evidente que ningún conflicto social puede aplacarse y ninguna paz puede conseguirse si se responde que el modelo no es negociable.


3.3. Elementos éticos:

  • El gran desafío ético que lanza un conflicto armado es la posición que se asume frente a la violencia, frente a la guerra y frente a sus métodos. La repugnancia ética que causa toda destrucción de vidas humanas, todo atentado contra la libertad o contra los bienes producidos por los seres humanos, no tiene discusión. Los mismos actores armados reconocen constantemente, en las entrevistas y discursos, que están realizando, a su pesar, lo que les repugna.

Esto explica que se hayan multiplicado organizaciones que propenden por la paz, y que el discurso sobre la paz se haya centrado cada vez más en urgir un cese del fuego. Las atrocidades de la guerra, sobre todo en el nivel de degradación en que la vivimos hoy en Colombia, facilitan las movilizaciones masivas por la paz, que se apoyan en sentimientos ampliamente compartidos de horror ante los efectos de la guerra. En este clima han arraigado también ciertos discursos de reconciliación entendida como olvido del pasado, promovidos por sectores de la Iglesia y otras instituciones.

En el nivel de las reflexiones y los sentimientos simples y espontáneos, que no penetran en la complejidad de las múltiples violencias que se entrecruzan y se confrontan, la respuesta es simple y clara: no a la violencia, venga de donde venga. Pero el gran interrogante que tenemos que enfrentar es éste: ¿tenemos opción de elegir entre violencia y no-violencia? Desafortunadamente no. Desafortunadamente la opción por una no-violencia no puede hacerse sin optar al mismo tiempo por otra violencia.

  • La guerra es el fracaso de la razón. Si se da es porque el diálogo y los acuerdos racionales no fueron posibles y la razón cedió, entonces, ante los instintos. Y son los instintos los que más determinan la selección de los métodos de la guerra, pues el objetivo de la guerra es vencer al adversario por la fuerza, ya que por la razón no fue posible. Y nadie declara una guerra para perderla sino para ganarla; por esto los combatientes quedan encadenados a la efectividad brutal de los métodos; esta es la racionalidad propia de la guerra: que los medios que se escojan reporten alguna ventaja real sobre el adversario, en el ámbito de la correlación de fuerzas.
  • La guerra es un problema ético nada sencillo. Desde hace muchos siglos ha sido objeto de numerosos análisis y debates. Todos los sistemas religiosos, filosóficos y jurídicos han tenido que confrontarse con el problema de la guerra y han reconocido, con más o menos condiciones, la posibilidad de una “guerra justa”. Pero si una guerra se reconoce como justa, otro problema ético más complejo es el de sus medios o métodos. Todos sus medios son intrínsecamente perversos, y no porque la guerra sea justa esa misma legitimidad se puede transferir a los medios. Esto fue lo que llevó a que el problema ético y jurídico de la guerra se dividiera en dos campos desde hace muchos siglos: el del derecho a la guerra (“Ius ad bellum”) y el del derecho en la guerra (“Ius in bello”).
  • Cuando se elaboró el Derecho Internacional Humanitario no se vio posible afrontar el problema de fondo de la eticidad de los métodos, pues todos son anti-éticos (se pueden resumir en 3: destrucción de vidas humanas; agresiones contra la libertad humana; destrucción de bienes de la cultura humana). Condenar algunos de estos métodos equivalía a exigirle a los actores de la guerra que la perdieran, y si la guerra era justa, no podían hacer eso. Por eso el DIH se limita a frenar excesos inhumanos, dado que estos no tienen que ver con ninguna ventaja militar sino con un desbordamiento de la crueldad y con la producción de sufrimientos inútiles que no consiguen ventajas militares.
  • El problema que hoy tenemos es que el DIH fue elaborado sobre un modelo de guerra regular, entre Estados, y no sobre un modelo de Guerra de Guerrillas. Una guerra de guerrillas, como la que se da en Colombia, no tiene como único blanco el aparato de Estado o su ejército protector, sino el modelo de sociedad; no tiene ninguna posibilidad de financiarse si no es con medios delictivos y extorsivos; no puede asumir acciones defensivas abiertas sino principalmente ofensivas por sorpresa. Todo esto aparece incompatible con ciertos principios de DIH, como la separación absoluta entre combatientes y no combatientes; la distinción entre objetivos civiles y militares; la proscripción del secuestro como modalidad de toma de rehenes. Esto complica mucho más el problema ético, pues incluso los referentes ético-jurídicos universales para enfrentar los conflictos armados, quedan desbordados por la modalidad del conflicto.
  • Hay aquí otro gran desafío: el de promover acuerdos humanitarios que tengan en cuenta la racionalidad propia de la guerra de guerrillas, pero que elaboren normas claras para evitar el recurso a la crueldad o los sufrimientos innecesarios que no reportan ventajas militares (esto fue lo que hizo el DIH frente a otro modelo de guerra).
  • Todo esto nos confronta con el valor ético de la paz. En la tradición judeo-cristiana la paz se entiende como “fruto de la justicia” y no como ausencia de guerra. Muchos discursos sobre la Paz la identifican como ausencia de guerra o como un cese de fuego. Sin embargo, si se toma en serio el principio judeo-cristiano, solo es posible conseguir algo de paz en la medida en que se consigue algo de justicia. Esto hace de la paz un concepto dinámico y no estático.


3.4. Elementos epistemológicos:

  • Hay dos factores que están a la base de visiones tan diferentes y contradictorias que se dan sobre la realidad y sobre la tragedia de Colombia: uno es el problema de la información y de los medios masivos que supuestamente la difunden, y otro es el problema del abismo que separa los discursos oficiales de la realidad.
  • En Colombia existe, según la ley, libertad de prensa, pero esto también se somete a las leyes del mercado, y en definitiva quienes pueden “informar” son solamente quienes tienen mucho dinero. La realidad es que la totalidad de los medios está en manos de los 4 grupos económicos más poderosos del país. En teoría no existe la censura, pero sí existe una autocensura real, que se traduce en un control ideológico de la información y del mismo lenguaje informativo, no exento de esfuerzos permanentes para dar apariencia de libertad de información.
  • Los grandes medios controlan la lectura de la realidad muy sutilmente. Convierten a todos los actores sociales en ángeles o demonios a su antojo, mediante mecanismos sutiles. A ciertas versiones de los hechos le dan la más alta difusión, repitiéndolas constantemente, y a otras versiones una mínima difusión, la suficiente para no ser acusados de censura. Una de las pautas más rígidas para seleccionar las informaciones, es la construcción, en las mentes de colombianos y extranjeros, de una lectura del conflicto donde actúan “dos demonios”, y donde el Estado aparece ajeno, como árbitro imparcial.

Por ejemplo, durante los últimos 4 años no hemos logrado, ni siquiera con reportajes directos a testigos en alto riesgo, que los medios digan la verdad sobre lo que ocurrió en los bombardeos y desplazamiento masivo de 25 comunidades afrocolombianas cerca de la frontera con Panamá en 1997. Los periodistas, incluso los más amigos, recogen los detalles, pero luego acomodan toda la información al único esquema dentro del cual puede subsistir su contrato laboral: presentar todo como un crimen de dos demonios que se enfrentan entre sí, uno de derecha y otro de izquierda, perjudicando a una población civil absolutamente ajena al conflicto, y a espaldas de un Estado legítimo que no tiene efectivos suficientes para controlar tanta violencia. Este molde “informativo” solo se llena de datos geográficos y cronológicos diferentes, para repetirse millones de veces y construir un esquema de lectura de la realidad que sirva de fundamento a las opciones políticas, ideológicas y éticas.

  • En un famoso discurso pronunciado en París en 1987, Eduardo Galeano afirmaba que “La historia latinoamericana es, desde hace cinco siglos, una historia del continuo desencuentro entre la realidad y las palabras (...) La realidad oficial sirve hoy, tanto o más que ayer, a la necesidad de exorcismo de la realidad real” [5]
  • . Estas palabras de Galeano son muy justas. Desde hace al menos 39 años, cuando los gobiernos colombianos se comprometieron a actuar dentro de la estrategia paramilitar que les impuso la CIA, tuvieron que adaptarse a un esquema esquizofrénico: manejar dos identidades simultáneas, una pública y una clandestina. Públicamente debían presentarse como respetuosos de las leyes; pero clandestinamente debían gerenciar una guerra sucia en violación de todas las leyes. El YO más decisivo del Estado y de sus agentes, aquel YO que controla el poder real y elimina a sus adversarios ideológicos y a sus denunciantes, debía convertirse en un NO-YO en las esferas públicas e internacionales (por esto llamo a este esquema “esquizofrénico”). Los funcionarios del Estado en estos últimos 40 años, incluso aquellos cooptados a la oposición o a la izquierda, se han adaptado a ese esquema con tanta maestría, que es difícil no recordar el mundo descrito por George Orwel en su novela “1984”.
  • La “verdad” oficial ha hecho grandes esfuerzos por hacerse creíble.
    • Cuando la comunidad internacional le demostró contundentemente a los gobiernos colombianos que sus militares cometían crímenes de lesa humanidad sistemáticamente, los gobiernos crearon oficinas de derechos humanos en todas las dependencias militares y policiales, llamaron a organismos internacionales a dictar cursos de derechos humanos en todas las guarniciones, y multiplicaron las declaraciones de la oficialidad llamando al respeto de los derechos humanos. Pero entre tanto multiplicaron las unidades paramilitares para que fueran más lejos en la tortura y la crueldad de lo que había ido la fuerza pública.
    • Cuando la comunidad internacional les reclamó por los vínculos estrechos que se descubrían a diario entre militares y paramilitares, los gobiernos crearon “Grupos de Búsqueda” para perseguir a los paramilitares, multiplicaron sus declaraciones de condena al paramilitarismo, y la Fiscalía comenzó a mostrar centenares de “ordenes de captura” contra supuestos paramilitares y a exhibir a muchos detenidos con la etiqueta de “paramilitares”. Pero entre tanto los paramilitares avanzaron como nunca en control territorial a lo largo y ancho del país, y en masacres masivas, mientras los Grupos de Búsqueda aprendieron a calcular su llegada a los escenarios de los crímenes cuando éstos ya estaban consumados y los victimarios ya estaban a salvo, y a capturar a delincuentes comunes para exhibirlos como paramilitares.
    • Estos ejemplos creo que son suficientes para comprender la lógica de construcción de esa “verdad oficial” que, en palabras de Galeano, debe servir para “exorcizar la verdad real”.

Quien no comprenda o descubra esta lógica de construcción de verdades oficiales o de verdades mediáticas, nunca podrá entender la tragedia de Colombia. Esto nos explica la multiplicidad de lecturas contradictorias que se dan sobre Colombia desde diversos ámbitos del mundo. Pero esto también señala otro desafío para los procesos de paz: es necesario encontrar mecanismos inéditos para proteger el derecho a la verdad, el derecho a la información y el derecho a la comunicación. No nos sirven otros modelos de “libertad de prensa”. Pueden ser válidos en otros países, pero en Colombia han sido desnaturalizados por las estrategias antes descritas.

3.5 Elementos estratégicos:

En esta última parte quiero referirme a un cierto marco de acción para caminar hacia una paz que sea fruto de la justicia, desde los elementos o criterios expuestos antes.

  • El documento antes citado de los intelectuales franceses y europeos traza como criterio estratégico fundamental fortalecer al Estado y sus instituciones, y lo hace desde una visión y un análisis que lleva a reconocerle al Estado colombiano una legitimidad democrática básica.

Yo discrepo en absoluto de este criterio, no por ningún radicalismo ideológico, sino porque considero que el Estado colombiano no representa a la nación colombiana; continúa encerrado en una esquizofrenia total, que le hace presentar una cara formal de Estado de Derecho mientras conserva otra cara clandestina cada vez más criminal, de la cual se distancia en el discurso pero a la cual se aferra cada vez más en sus prácticas. Además, hay en el Estado algunas instituciones tan pervertidas estructuralmente, que ninguna reforma puede redimirlas, sino que hay que re-inventarlas.

  • Estoy convencido de que la construcción del nuevo país, que es el sueño que se alimenta en los procesos de paz, tiene que llevar a reinventar tres tipos de instituciones, fuera de repensar el modelo económico y político. Ellas son: a) la regulación de la información o comunicación masiva (yo llamaría esto la democratización de la información). b) la administración de justicia; y c) las fuerzas armadas.
  • Pero pensando en las prioridades que tiene este camino hacia la construcción de un nuevo país, y pensándolas sobre todo desde el ámbito de la solidaridad internacional, veo 4 prioridades:
    1. Es necesario romper el cerco de la desinformación. Afortunadamente esto ya ha ido avanzando. Ya encontramos muchas páginas de internet que se han abierto para divulgar informaciones que burlan las agencias internacionales de prensa y los medios masivos de desinformación colombianos; que se conectan con las comunidades victimizadas en Colombia para recibir de las mismas víctimas su verdad primaria, y que desde allí están alimentando a grupos solidarios en todo el mundo. Esto se complementa con los contactos directos que se están haciendo con las comunidades victimizadas mediante visitas de observación “in loco”, muchas de las cuales se canalizan luego en el hermanamiento de comunidades colombianas victimizadas con comunidades solidarias de otros países. Así se va rompiendo poco a poco el cerco de la desinformación. Sería de desear que esto revirtiera también en una presión mundial a los medios de desinformación masiva en Colombia, para poner al descubierto sus mecanismos de encubrimiento, de tergiversación o de apoyo soterrado a los mismos crímenes de Estado.
    2. El problema de la impunidad de los crímenes de lesa humanidad está exigiendo buscar otras formas de investigación y sanción que no pasen por el corrupto aparado judicial de Colombia. La administración de justicia es una de las instituciones más desnaturalizadas en Colombia y cualquier intento de reforma solo logra que su corrupción haga metástasis. Por eso se han ido desarrollando iniciativas como los tribunales de opinión; el recurso al ejercicio de la jurisdicción universal colocando querellas por crímenes de lesa humanidad en otros países; la presión ante la ONU por la constitución de un tribunal “ad hoc” para Colombia, la presentación de casos ante organismos internacionales; la publicación de listas y hojas de vida de los victimarios, como lo hicieron 10 agencias europeas en 1992; el apoyo al Proyecto NUNCA MAS, que trata de recoger y salvaguardar la verdad prohibida de los crímenes de lesa humanidad de los últimos 35 años. Podría haber muchas otras iniciativas, pero se trata de ir abriéndole campo a la verdad, a la sanción social y a ciertas formas de reparación, para que no queden aniquiladas mientras el sistema judicial sigue corrompido y atado a los innumerables mecanismos de impunidad que ha creado y reforzado por décadas.
    3. El proceso de paz, si bien es el eje sobre el cual descansan las mayores expectativas para construir un nuevo país, es, sin embargo, un proceso frágil, que puede romperse en cualquier momento. Es necesaria la presión internacional para que se mantenga abierto. La participación internacional más importante no es la de los gobiernos en papel de mediadores, observadores o verificadores, sino los aportes de movimientos sociales o investigadores de otros países para enriquecer la agenda con propuestas realizables que lleven a una mayor justicia social. En esta línea serían de desear los encuentros que faciliten el diálogo entre movimientos sociales de Colombia y de otros países con miras a enriquecer la agenda de las negociaciones. Hay que tener en cuenta que en esta experiencia de Colombia no se está jugando solo su futuro sino que esto puede llevar a explorar modelos para otros países.
    4. Finalmente, todos sabemos que la tragedia va dejando millones de víctimas. Es grave el drama de los desplazados que ya se cuentan por millones. Sin embargo, una mera asistencia humanitaria podría estimular más a los desplazadores para seguir desplazando, ya que la asistencia humanitaria amortiguaría la tragedia que ellos causan y los tranquilizaría. Por esto es importante combinar la asistencia humanitaria con la ayuda a la resistencia y priorizar la ayuda a las comunidades en resistencia. Las diversas formas de resistencia se revierten en problemas para los desplazadores, lo que podría llevar a desestimularlos.

No puedo terminar sin agradecer profundamente, en nombre de tantas personas silenciadas y amordazadas en Colombia, que viven bajo los efectos del terror, la solidaridad de todos ustedes y de numerosos grupos de muchos otros países. Hay una causa que nos une y es la causa de la especia humana.

Algunos acontecimientos recientes, como los tímidos ejercicios de jurisdicción universal que se han intentado en algunos países, han contribuido a poner de relieve ciertos principios muy antiguos que estaban casi sepultados. No es defendible ningún concepto de soberanía que impida a cualquier miembro de la especie humana reivindicar sus derechos a defender la dignidad de sus semejantes. Cuando están en juego los derechos más elementales de los seres humanos, no pueden existir fronteras. Si estas aparecen, son ilegítimas y hay que derrumbarlas.

Muchas gracias.

Javier Giraldo, S. J.
Chicago, marzo 17 de 2001.


[1Cfr. Javier Darío Restrepo, “Los banqueros ganan la guerra del blanqueo, diario El Espectador, 26.05.96, pg. 8ª

[2Mc Clintock, Michael, “Instruments of Statecraft”, Pantheon Books, New York, 1992, pg. 222

[3Cfr. Luis Prieto Ocampo, “Una Paz Imposible”, El Tiempo, 25.10.97, pg. 5ª

[4Ver El Espectador, 18.02.01, pf. 5B

[5Discurso en la clausura del III Encuentro de la Liga Internacional por los Derechos y la Liberación de los Pueblos, París, 6 de diciembre de 1987.

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