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Memorial de 500 años en Templo del Sol de Sogamoso

Domingo 11 de octubre de 1992, por Javier Giraldo M. , S.J.

Memorial del Quinto Centenario
en el Templo del Sol de Sogamoso
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octubre 11 de 1992

    * Un conjunto de grupos y comunidades cristianas de Colombia convocó a una peregrinación a Sogamoso (Boyacá), lugar sagrado de la cultura Muisca, donde estuvo emplazado el monumental Templo del Sol, incendiado por los conquistadores en 1537. Más de 700 peregrinos nos congregamos junto al emplazamiento del antiguo templo, el 11 de octubre de 1992, en un Memorial critico del Quinto Centenario. Allí se leyó el texto que a continuación reproducimos.

Fray Pedro Simón, historiador de la época de la conquista, en el capítulo 26 de la Segunda Noticia Historial, en la segunda parte de su obra: "Noticias historiales de las Conquistas de Tierra Firme en las Indias Occidentales", narra la llegada de los conquistadores a Sogamoso y la destrucción de su Templo del Sol.

Una síntesis de su relato es la siguiente:

Era el año de 1537. El conquistador Gonzalo Jiménez de Quesada se hallaba en Tunja, donde había puesto en prisión al soberano de aquellas tierras y luego saqueado todo el oro de sus asentamientos.

Un indio que le servía de guía, al ver la sed inmensa con que los españoles se apoderaban de los objetos dorados, le dijo al conquistador que lo que allí habían encontrado era muy poco en comparación de lo que podrían hallar en la tierra sagrada del SUAMOX o Sogamoso.

Jiménez de Quesada prepara entonces un destacamento con 30 peones y 20 jinetes, dejando a sus restantes hombres en Tunja para custodiar al soberano cautivo y sus ricas posesiones, ya bajo el dominio de su gente.

Un día de madrugada parten de Tunja y llegan hasta el poblado de Paipa, donde pasan la noche. Al día siguiente parten hacia el asentamiento. del Tundama -o. Duitama- donde llegan antes del medio día.

El soberano indígena Tundama trata de impedir el asalto a sus dominios y envía al conquistador algunos regalos junto con el mensaje de que se detenga un poco mientras él viene a recibido con 8 cargas de oro que está recogiendo entre sus caciques vasallos. El conquistador cede al halago de esa oferta pacífica y espera un poco, mientras el soberano indígena ordena a todos sus súbditos poner a salvo sus riquezas, sus objetos sagrados, sus mujeres y sus niños.

Hacia las tres de la tarde el Tundama ordena a los suyos enfrentar a los conquistadores. Los indios, con débiles armas, se amotinan y lanzan gritos desafiantes y burlescos al contingente de Quesada, el cual arremete con concentrada violencia contra el poblado, saqueándolo precipitadamente, pues su objetivo es llegar antes de la puesta del sol a los dominios del soberano Suamox (o. Sogamoso).

Al atardecer de aquel día, Quesada llega can sus hombres al Valle del Suamox. Los indias lo esperaban dispuestos en escuadrones para resistir el asalto, pero la violenta arremetida de los conquistadores los obliga, en pocos momentos, a huir en desbandada, no sin dejar numerosos víctimas en el campo.

Cuando el sol se oculta, aquel hermoso asentamiento indígena, con sus bohíos llenos de adornos dorados y su monumental Templo del Sol lleno de riquezas sagradas, se ofrece, solitario y rendido, a la avaricia insaciable de las hombres de Quesada.

Ya entrada la noche, los soldados Miguel Sánchez y Juan Rodríguez Parra, llevando en sus manas hachones encendidos, violan las cerraduras del Templo y penetran en él a través de su puerta que era de poca altura. En su interior se encontraba un sacerdote anciano de larga barba blanca, quien no había querido huir para no dejar desamparado aquel lugar sagrado confiado a su servicio. Los asaltantes no se detienen a interrogarlo, pues su afán de apoderarse de las riquezas del Templo prima sobre cualquier otro objetivo.

Para dejar sus manos libres, colocan en el piso los hachones encendidos. El piso estaba recubierto de un fino. espartillo seco.

Encuentran primero unos cadáveres embalsamados, probablemente de antiguos soberanos, puestos sobre poyos de caña, cubiertas can telas finas y adornados can objetos de oro y piedras preciosas. Los asaltantes proceden inmediatamente a despojarlos de todas sus joyas.

Cuando. comienzan a descolgar los objetos de oro de las paredes del Templo, se dan cuenta de que sus hachones han encendido el espartillo del piso y que el fuego alcanza ya las paredes del templo, que estaban forradas con tejidos de carrizo.

El rápido avance del fuego los impulsa a descolgar a toda prisa los objetos de oro que encuentran a su alcance, dejando el resto, a su pesar, para ser consumido por el fuego.

Los soldados que hacen guardia en la noche y ven el fuego desde lejos, se acercan creyendo que se trata de un ardid de los indios para ahuyentarlos. Cuando llegan al Templo en llamas, Domingo de Aguirre y Pedro Bravo de Rivera reprochan a los asaltantes su descuido, por culpa del cual se habrían sacrificado muchas riquezas. Entonces Miguel Sánchez, para excusarse, culpa al sacerdote del Templo de haberlo incendiado con la intención de que ardieran quienes robaban los objetos sagrados.

Fray Pedro Simón afirma haber conocido memoriales según los cuales el Templo ardió durante 5 años, sin que los fuertes aguaceros de esa tierra hubiesen bastado para apagarlo. Conciente de la exageración, anota sin embargo que la humareda bien pudo durar un año entero. Anota, además, que aquel Templo había sido construido con enormes troncos de guayacán, traídos de una lejana tierra que llaman "Los Llanos", a través de ásperos caminos.

En aquella noche, los soldados de Quesada recogieron más de 600 libras de oro equivalentes a 80.000 ducados, sin contar las esmeraldas, telas finas y otras joyas, pero sus aspiraciones -según el cronista- eran mucho más grandes.

Temerosos de que los indios preparasen un gran ataque contra ellos y les hiciesen perder aquel apreciable botín, regresaron rápidamente a Tunja, sin haber visto al fugitivo soberano SUAMOX.

Fray Pedro Simón, al referirse al Templo del Sol, lo llama "pocilga de idolatrías". Interpreta también las progresivas victorias de los conquistadores sobre las poblaciones indígenas como signos de que "(la mira) de Dios (estaba) puesta en la defensa de aquellos sus pocos cristianos y pequeño pueblo, para que ellos fuesen la semilla de su santa fe católica en aquellas grandes provincias tan inficionadas de idolatrías y maldades, de que ya Dios estaba tan ofendido y quería que aquello tuviese ya fin" (cap. 24, II Noticia Historial, Parte Segunda, o.c.)

No fue éste el único exponente de una corriente teológica que legitimó la empresa de la Conquista con todos sus caudales de destrucción y muerte.

Hoy, a 500 años de haberse iniciado la empresa genocida de la Conquista y a 455 años de la destrucción del Templo del Sol en el asentamiento soberano del Suamox, nos congregamos con otros sentimientos y otras convicciones, junto al emplazamiento de aquel lugar sagrado de los Muiscas.

Quisiéramos reparar simbólicamente, con nuestra presencia, aquella empresa destructora, ampliamente avalada en la historia por las corrientes ideológicas dominantes del Occidente llamado “cristiano”.

Queremos hacer un gesto de respeto y de aprecio hacia lo que otros destruyeron con saña y con crueldad, cegados por sentimientos de avaricia y de egoísmo que les impidieron reconocer los valores y la dignidad de quienes eran diferentes a ellos.

Queremos rendir un sentido tributo póstumo de respeto y admiración por todas aquellas construcciones humanas que materializaron en esta tierra la apasionante peregrinación del hombre en búsqueda del sentido de la historia, interpretando, a través de sus mitos y de sus ritos, el misterio de su propia existencia y el Misterio trascendente de Dios.

Separados por esa espesa bruma de silencio y de muerte con que la Conquista cubrió nuestras raíces ancestrales, hoy solo alcanzamos a percibir, a través de los exiguos datos que nos quedaron, que en esta tierra sagrada de los Muiscas el disco solar fue mediación simbólica de la Divinidad, como fuente sensible que es de la luz, de la energía, de la vida, del calor, de la alegría y de la fecundidad. Hermoso y profundo símbolo religioso, ahogado en aquella prolongada humareda que destruyó todos los implementos de su ritual sagrado, donde también los sarcófagos de los antepasados debieron erigirse como signos rituales de afirmación de la inmortalidad, y por consiguiente, de la inviolable dignidad humana.

Evocando la vida y dignidad de aquellas comunidades ancestrales, les rendimos hoy un sentido homenaje.

* Que nuestra peregrinación de hoy sepulte los triunfalismos dominadores de la Conquista y los gritos de euforia que tantas veces se pronunciaron sobre montañas de oro y de cadáveres;

* Que censure los aplausos que la historia se atrevió a conceder a quienes sepultaron con sevicia etnias y culturas.

* Que nos ayude a asimilar humildemente la ineludible lección histórica: que la espada y la cruz NUNCA MÁS puedan asociarse para evangelizar un pueblo.

* Que nos haga condenar la dinámica de muerte que aún persiste como fuerza dominante de nuestra ”civilización”, donde el valor del otro se mide por el oro que podamos arrebatarle o conquistar a través del sacrificio de su existencia y de su dignidad;

* Y que, finalmente, nos haga mirar en profundidad al futuro y proyectar de nuevo, en el horizonte de nuestra esperanza, las utopías comunitarias que animaron las búsquedas históricas de nuestras comunidades precolombinas, así como las insobornables convicciones de quienes enfrentaron el genocidio de la Conquista y de sus sucesivas re- ediciones coloniales y neo-coloniales, y murieron luchando por nuestra común dignidad.

Javier Giraldo M., S. J.
Sogamoso, Boyacá
Emplazamiento del antiguo Templo del Sol de los Muiscas
Memorial del Quinto Centenario convocado por las Comunidades Cristianas de Base de Colombia
Octubre 11 de 1992

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