Desde los márgenes

Página oficial de Javier Giraldo Moreno, S.J.

Portada del sitio > Examen de casos > Meta- Ceder es más terrible que la muerte. Presentación

Meta- Ceder es más terrible que la muerte. Presentación

Viernes 13 de marzo de 1998, por Javier Giraldo M. , S.J.

Presentación del libro
"Ceder es más Terrible que la Muerte”
Marzo 13 de 1998

Este libro que hoy se presenta públicamente es como un pequeño cofre que guarda en su interior una memoria dolorosa. Sus 300 páginas apenas alcanzan a hacer fugaces referencias a varios centenares de tragedias infinitas, que dañaron profundamente y continúan haciendo daño a millares y millares de colombianos. Tragedias que en su articulación de conjunto revelan, para quien logra leerlo en profundidad, un proyecto, un modelo de sociedad, anclado en los más repugnantes anti-valores.

No basta con dirigir la mirada hacia los ríos de sangre y de lágrimas que corrieron y que siguen corriendo en el departamento del Meta, como en tantas otras regiones del país. Si la sangre y las lágrimas lograran despertar a la justicia de su sueño de muerte; si lograran hacer reaccionar a nuestra sociedad y sacudir nuestras instituciones para detener la dinámica triunfante del crimen; para salvar y restaurar los valores esenciales de la convivencia y para reconstruir lo que fue destruido, nuestra tragedia no sería tan honda y tan desesperada. Pero más terrible que la sangre y que las lágrimas es la cohonestación sistemática con el crimen; es su aclimatamiento institucional; es su domesticación de la justicia y de todos sus mecanismos; es su connaturalización con todos los poderes; es su poder de conversión de la mentira en "verdad" de consumo masivo; es su poder de convertir a las víctimas en verdugos y a los verdugos en víctimas; es, en una palabra, LA IMPUNIDAD, pero mirada desde las columnas que la sostienen y desde los muros que en ella se asientan.

No hay duda de que la impunidad hace parte de una estrategia de construcción de futuro. Y lo más fácil de leer en ella es su propósito inconfesable de proteger a los victimarios, sobre todo a los que se atrincheran en los campos de los poderes dominantes. Es fácil de leer en ella su inconfesable pero evidente decisión de moldear el futuro a la medida señalada por los victimarios, para que las víctimas sean silenciadas; para que sus proyectos, utopías y sueños queden esterilizados frente al futuro; para que el terror se convierta en fuerza decisoria, que gobierne desde las tinieblas del inconsciente todas las opciones que se encaminan hacia el futuro; para que todos los dinamismos de cambio queden demonizados y neutralizados; para que la sociedad se convenza de que nunca más debe buscar alternativa alguna a las leyes del "dios-mercado" y a los poderes que en él se legitiman.

La impunidad es un eje fundamental en la estrategia mediante la cual los poderes vigentes buscan determinar el futuro. Y la impunidad se alimenta fundamentalmente, como de una savia nutricia, del OLVIDO.

El Olvido permite, a su vez, a la impunidad, revestirse de ropajes cambiantes para manipular el instinto de conservación: el olvido puede llamarse, en determinados ambientes y circunstancias, "realismo histórico"; en otros, "terapia psicológica"; en otros, "responsabilidad frente al futuro".

Por ello, la MEMORIA es el primer antídoto contra la impunidad.

Este libro quiere exhumar una memoria dolorosa, que no por lo reciente, pues no va más allá de una década, es ya, en gran parte, una memoria sepultada. la multitud de tragedias que nos envuelven nos han convertido, lamentablemente, en sepultureros precoces de nuestros sufrimientos y de nuestra historia.

Hace pocos años, un periodista suizo que visitó nuestro país con el propósito de registrar y de entender lo que aquí estaba ocurriendo, me dijo antes de partir de regreso: lo que más me ha impresionado de Colombia es la rapidez con que se olvidan las tragedias.

* * * * * * *

Se me ha pedido que en esta ocasión haga un exposición sobre la relación entre la impunidad y la administración de justicia. Pero creo que el escaso tiempo de esta presentación no me permite disertar profundamente sobre este aspecto. Lo he hecho en otras ocasiones y he señalado los más de 60 mecanismos de impunidad que hemos ido descubriendo, como activos y operantes, en la administración de justicia.

Pero en esta noche quiero, más bien, contribuir a exhumar memoria, y precisamente sobre hechos y circunstancias que rodearon algunas de las tragedias registradas en este libro, que nos hablan, de una manera más contundente, de la relación entre la impunidad y la administración de justicia.

No puedo olvidar aquel 20 de abril de 1993, cuando recibí una llamada telefónica de Villavicencio en la cual se me comunicaba la desaparición de Delio Vargas. Pocos días antes había conversado con él y me había enterado del profundo riesgo que corría. Había visto su nombre en varios listados que circulaban sobre personas que iban a ser asesinadas próximamente, de las cuales ya muy pocas quedaban con vida. Con todo, Delio no estaba dispuesto a ceder y a abandonar fácilmente sus trabajos, tanto en los organismos de derechos humanos como en sus organizaciones políticas. Parecía un roble dispuesto a que lo derribaran entero, sin ceder a pedazos sus convicciones y su vida.

Su desaparición coincidió con la presencia en Villavicencio de algunos investigadores de la Procuraduría, quienes lograron detener rápidamente a uno de los victimarios que quiso prologar durante muchas horas su control sobre el escenario del crimen. Era un ex militar que había decidido continuar su accionar como civil, en estrecha colaboración con la inteligencia militar. Hasta allí llegó la investigación, sin que ningún órgano de control del Estado se atreviera a destapar la autoría intelectual de este crimen, encadenado a muchos otros, ni a poner en evidencia la maquinaria de muerte que allí había revelado sus claros perfiles estatales.

En los meses posteriores fuimos recibiendo informaciones que revelaban inquietantes convergencias. Desde el interior mismo de la VII Brigada salían testimonios tímidos, forzosamente clandestinos, que clamaban por que alguien le salvara la vida a Delio y a otros dos desaparecidos, brutalmente torturados en esas instalaciones.

En los primeros días de julio del 93 las informaciones fueron más precisas y señalaban sitios exactos donde los desaparecidos habrían sido trasladados en helicópteros militares. Acudí entonces a la Consejería Presidencial para los Derechos Humanos para solicitar apremiantemente que se coordinara una operación de rescate con órganos del Estado ajenos a los victimarios. Más tarde me enteraría de que, 24 horas después de mi petición, que tuve que poner por escrito, ésta reposaba en el escritorio del Comandante de la VII Brigada, quien la exhibió rabiosamente ante otros funcionarios del Estado, asegurándoles que me abriría un proceso penal por calumnia. El Ministro de la Defensa le había enviado, por fax, en pocas horas, mi petición, y evidentemente ningún rescate es posible apoyándose en los mismos victimarios.

Mi sorpresa fue grande cuando el 6 de febrero de 1996 fui citado a la Dirección Regional del Cuerpo Técnico de Investigaciones de la Fiscalía, para "ratificar" mi supuesta denuncia del 9 de julio de 1993. Tuve que explicar que aquel papel no pretendió jamás ser pieza de un proceso judicial, sino una solicitud humanitaria, confidencial y apremiante, para que en menos de 24 horas se salvara una vida; no para que después de dos años y medio se comenzara a averiguar si la supuesta "denuncia" -entre comillas- tenía un autor realmente existente, agotando allí la investigación, pues ésta no produjo ningún otro fruto.

La Justicia y la defensa de la vida, quedaban nuevamente atrapadas en unos de los más de 60 caminos trillados y amurallados por la impunidad.

Una mezcla quizás de ingenuidad, de angustia, de esperanza contra esperanza, nos haría recurrir muchas otras veces a la Justicia, creyendo que ésta podría de pronto funcionar, apersonada en ciertos momentos por figuras reconocidas nacionalmente como honestas y responsables.

No puedo olvidar aquellas veces que acompañé a Josué a la Fiscalía, en el segundo semestre de 1995, para depositar, con esperanza, los conjuntos de denuncias sobre Crímenes de Lesa Humanidad perpetrados en el Meta, y para sustentarlas con declaraciones impresionantemente concretas, entre las cuales estaba la identificación de sus propios victimarios, que avanzaban hacia él con la mano levantada y con la más tozuda seguridad de que su acción no era sancionable. El optimismo de Josué era contagioso, y la acogida brindada por algunos altos funcionarios reavivaba nuestra esperanza en la justicia. Mirando retrospectivamente su tragedia, hay que decir que todo ocurrió bajo la tolerancia de todos los órganos del Estado, que observaron impasibles y tolerantes durante muchos meses, cómo los victimarios se acercaban a su víctima, con el arma levantada, sin hacer nada para impedirlo. Las investigaciones posteriores sobre su muerte, verdaderos expedientes de vergüenza para la justicia colombiana, nos confirman que el único fruto obtenible de todos nuestros clamores por la justicia, es la impunidad, cuando el crimen se atrinchera en las mismas instituciones del Estado.

Nuestra esperanza en la justicia fue todavía más tozuda cuando nos atrevimos a impulsar y a diseñar, desde marzo de 1995 hasta febrero de 1996, la Comisión de Diagnóstico y Seguimiento sobre el Meta. Volvimos a esperar en la justicia y soñamos que esa iniciativa, que logró el aval de los más altos funcionarios de la Fiscalía y de la Procuraduría, sentaría las bases de una etapa en que la justicia comenzaría a ser operativa y a poner un freno al baño de sangre del Meta. La frustración ahogó demasiado pronto nuestras esperanzas. Nunca logramos que los discursos se proyectaran en la realidad. Las visitas "in loco" quedaron frustradas por la falta absoluta de cooperación de los órganos de control del Estado.

Fuimos unos ilusos. La destrucción del Comité Cívico de Derechos Humanos del Meta estaba decretada. Sus liquidadores estaban parapetados en los andamiajes más firmes de la estructura del Estado y no había nada que pudiera impedirlo.

La impunidad tiene ahora la misión de consolidar la ausencia de organismos de derechos humanos en el Meta; de consolidar una sociedad que guarde silencio tolerante ante el Crimen de Estado y que se adapte, mediante mecanismos inconscientes manipulados por el terror asimilado, a un modelo de sociedad que aprenda a llamar "malos" a los que soñaron con un mundo más justo y menos violento, y que aprenda a llamar "buenos" y "héroes" a quienes eliminaron con sevicia a los soñadores.

Los aparatos de la Justicia habían sido diseñados como instrumentos para salvaguardar tres valores que toda sociedad humana siente como esenciales: la búsqueda de la verdad; una dinámica correctiva, sancionatoria y protectora frente a lo que amenaza con destruirla; y un poder de reparar o reconstruir lo que fue destruido.

Millares y millares de experiencias nos han demostrado contundente y dolorosamente que el aparato de la justicia ya está radicalmente inhabilitado para salvaguardar esos valores. Fue violado. Fue domesticado. Fue adulterado.

El gran desafío que tenemos es buscar cómo la sociedad, a pesar de ello, no renuncia a la verdad; no renuncia a la justicia; no renuncia a la reparación.

La verdad es el fundamento y el primer estadio para llegar a la justicia. Pero hoy, desgraciadamente, el último lugar donde a alguien se le ocurriría buscar algo de verdad, sería un expediente judicial o disciplinario. La verdad ha sido sometida a vivir en la clandestinidad; ha sido aterrorizada; está en prisión. Hay que salvarla.

Este libro ha hecho un intento de salvar la memoria histórica de una década, en un departamento inundado de sangre. Tenemos que avanzar en el rescate de esa memoria.

La tarea es larga. Comencemos pronto. *

Javier Giraldo M., S. J.
Bogotá, marzo 13 de 1998

¿Un mensaje, un comentario?

moderación a priori

Este foro es moderado a priori: su contribución sólo aparecerá una vez validada por un/a administrador/a del sitio.

¿Quién es usted?
Su mensaje

Para crear párrafos, deje simplemente líneas vacías.