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El Cuerpo como lugar político y teológico

Martes 23 de noviembre de 2004, por Javier Giraldo M. , S.J.

El Cuerpo como lugar político y teológico


cuerpos en hambre, lucha, miedo, dolor y muerte


Hace 13 años, el 24 de abril de 1990, era encontrado en las aguas del Río Cauca el cuerpo mutilado del Padre Tiberio Fernández, Párroco de Trujillo. Ese mismo año muchos otros cuerpos de trujillenses fueron encontrados en similares circunstancias. Tres años antes había comenzado una destrucción selectiva de cuerpos que se fue incrementando y que se prolongó intensamente por cuatro años más, dejando varios centenares de cuerpos humanos destrozados o hundidos en la total indefinición de su existencia. El terror que produjeron estas muertes y desapariciones fue desmontando las empresas comunitarias y cooperativas que el Padre Tiberio había promovido; las formas de organización campesina; las protestas organizadas para reclamar soluciones a las necesidades más urgentes de los cuerpos, y los grupos de reflexión que buscaron entender la fe como una dimensión de la lucha solidaria para mejorar las condiciones de vida de los cuerpos.

La práctica que se fue generalizando de causar miedo, dolor y muerte a los cuerpos, tenía como objetivo inscribir en los cuerpos que iban quedando vivos, textos que definieran y encasillaran sus conductas futuras dentro de unos códigos que había que asimilar en silencio. En esos códigos se ponían muchas condiciones a los cuerpos para poder seguir viviendo, como éstas:

si veían que otros cuerpos eran violentados, tenían que callarse;
si descubrían que unos cuerpos acaparaban tierras y mercados dejando a muchos otros cuerpos sin medios para obtener lo necesario, tenían que aceptarlo sin protesta;
si sentían que les faltaba lo más necesario para vivir, debían buscar trabajo o intentar vender sus productos dentro de las cadenas ya establecidas de propietarios e intermediarios, sin agruparse para modificar esas cadenas;
si descubrían que algunos cuerpos se enriquecían desmesuradamente a través de negocios ilícitos, de esos que producen daños irreparables en otros cuerpos, tenían que fingir no ver ni saber nada;
si descubrían que las autoridades que habían sido establecidas para proteger la vida y el bienestar de los cuerpos participaban en la destrucción de los mismos, tenían que aprobar esas prácticas, interpretándolas como “defensa” de otros cuerpos;
y si veían que esas autoridades asociaban a su labor de destrucción de cuerpos a personas y grupos privados, había que defender que la situación del país exigía esa clase de estrategias aunque se violaran todas las leyes;
finalmente, había que continuar creyendo que a Dios solo le interesan las almas que deben ser salvadas en el trance de la muerte, y que para ser salvadas las almas, lo que más sirve es hacer sufrir a los cuerpos y someterlos a toda clase de privaciones, logrando que las asuman con resignación y paciencia, eliminando todo brote de rebeldía o protesta.

Todos los cuerpos humanos llevamos multitud de textos inscritos que determinan nuestra conducta. Pero un texto no es solamente lo que se construye con letras y palabras y se lee y se aprende, sino también las convicciones que se aprenden sin necesidad de palabras, y los tipos de comportamientos o maneras de reaccionar ante las diversas situaciones, que toda sociedad, cultura o grupo humano considera como “normales”. Esos textos se van aprendiendo desde la infancia, en la familia, en la escuela, en el ambiente social, en los medios de comunicación, pero también a veces se imponen por las armas, por las leyes, por el miedo y por el terror: “si quieres seguir viviendo o no tener problemas, tienes que comportarte de tal manera”. Por eso se ha vuelto común responderle a los que amenazan los cuerpos: “yo no debo nada”, como queriendo decir que uno se ha sometido a todas las condiciones que los textos sociales ponen para seguir viviendo.

Son esos textos los que definen si es la mujer o el hombre quien debe cocinar; qué color de la piel debe ser el más apreciado; qué tipos de delitos son los que deben ser castigados; quién puede adueñarse de la tierra y bajo qué condiciones; a quién deben escuchar más las autoridades, etc. Pero hay tres grandes TEXTOS MOLDES sobre los cuales se escriben los otros textos: son los textos de RAZA, GÉNERO y CLASE. Estos textos definen lo más fundamental de los derechos de los cuerpos: si la configuración de tu cuerpo tiene ciertas características que lo inscriben en una raza indígena o negra, sus posibilidades económicas, sociales y políticas no serán las mismas que suelen tener los cuerpos llamados “normales”. Si la configuración de tu cuerpo es femenina, no tendrá las mismas posibilidades de desarrollo social, político, económico e incluso religioso, que si fuera masculina. Si la configuración de tu cuerpo ha sido moldeada en sus maneras de vestir, alimentarse, divertirse, educarse, viajar, habitar, consumir y trabajar, dentro de los parámetros de los que tienen poco dinero, tus derechos y posibilidades de desarrollo económico, político y social serán muy diferentes de los de aquellos cuerpos moldeados en sus prácticas por la abundancia de dinero. Sobre estos tres textos-moldes se escriben multitud de textos que configuran una sociedad discriminatoria, en la que unos cuerpos pueden vivir y satisfacer a cabalidad lo que la naturaleza reclama en ellos, mientras otros no pueden hacerlo.

Sin embargo, los cuerpos no solo asimilan los textos culturales y se someten a ellos en sus comportamientos, sino que también RESISTEN. Las necesidades de los cuerpos son las fuentes donde se nutre la resistencia. Cuando un texto cultural, como por ejemplo el texto de la esclavitud, llegó a reprimir tan brutalmente todas las necesidades fundamentales de un tipo de cuerpos, la resistencia de esos cuerpos explotó un día no solo en los que la sufrían sino en enormes capas de seres humanos que tenían la capacidad de compasión con (“padecer con”) los cuerpos esclavizados. Así, la supresión de la esclavitud se puede comparar a un “virus” que volvió añicos un programa de computador llamado “esclavitud”, que configuró durante varios siglos las plantillas de los textos utilizados por todo el mundo.

La fe cristiana se fue adaptando, en la historia, a los textos culturales más generalizados. Se adaptó incluso al texto de la esclavitud. Hoy día, sin embargo, muchos cristianos se preguntan si el mensaje y las prácticas de Jesús no son acaso mejor comprendidos como dinamismos de RESISTENCIA frente a los textos-moldes.

Así parece que lo entendió San Pablo. En su Carta a los Gálatas escribió: “Los que habéis sido bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo. Ya no hay, pues, judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer, pues todos vosotros sois lo mismo en Cristo”. (3,28). Sin embargo, Pablo se dedicó con más énfasis en su vida a hacer desaparecer el texto discriminatorio de la raza (que discriminaba a judíos y gentiles), pero tomó menos en serio la eliminación de los otros dos textos (el de clase y el de género).

En la Parábola del Juicio Final (Mateo 25, 31-46) las necesidades primarias de los cuerpos aparecen como el campo privilegiado de contacto con Dios, a quien no se puede ver ni servir sino sirviendo a esos cuerpos necesitados: “tuve hambre y me disteis de comer ... os aseguro que todas las veces que lo hicisteis con alguno de los más desprotegidos, conmigo mismo lo hicisteis”.

Recientemente algunos teólogos entienden y definen la fe cristiana como un “virus informático” que vuelve añicos todos los programas discriminatorios que sirven de matrices o moldes para escribir o leer la mayoría de los textos que configuran las relaciones humanas, especialmente los textos-moldes de raza, género y clase.

Pero ocuparse de las necesidades de los cuerpos ha sido también el campo de la política. Las diversas corrientes, ideologías o prácticas políticas tienen que ver con la manera como se regula el trabajo y el mercado; con las facilidades que se les dan a las empresas multinacionales; con las políticas de empleo y de salarios; con la manera como se reparte el dinero de los impuestos para satisfacer las necesidades de unos cuerpos o de otros, etc. Hacer política, en último término, es negociar las necesidades de los cuerpos a través de la mediación de los textos.

El CUERPO es, entonces, el objeto central de la política y de la fe. Por eso la política y la fe no pueden ignorarse mutuamente. Si la POLÍTICA se ocupa del cuerpo para negociar sus necesidades, lo hace desde posiciones más prácticas e inmediatas, sometiéndose en gran medida a los textos vigentes, inscritos con más fuerza en la mayoría de los cuerpos. Si opta por, o propone cambios en esos textos, todo lo hace dentro de los cálculos de lo que podrían dar las negociaciones. La FE, en cambio, toma en serio y radicalmente las necesidades de los cuerpos como único lugar de encuentro y de comunión con el Padre invisible de Jesús y por ello se compromete con mayor convicción y radicalismo a volver añicos los textos discriminatorios, especialmente los textos-moldes de raza, género y clase. La FE podría entenderse como un esfuerzo constante y tenaz por desconfigurar el software discriminatorio que ha configurado todas nuestras lecturas y escrituras (o en otros términos, nuestras maneras de asimilar la realidad que encontramos hecha y de reproducirla).

La vida del Padre Tiberio Fernández, como creyente y como sacerdote, abrió brechas en esa confluencia necesaria entre la Fe y la Política. Se dejó interpelar por los cuerpos que buscaban alimentarse, vestirse y protegerse con su trabajo, pero que en ese mismo trabajo se estrellaban con formas de despojo de los frutos de su trabajo, lo que se traducía en represión y negación de las necesidades más primarias de los cuerpos. Por eso impulsó las cooperativas y empresas comunitarias y apoyó las protestas y los anhelos de cambios. Así, la destrucción de su cuerpo se tradujo en aniquilamiento y debilitamiento de muchos otros cuerpos.

Los primeros cristianos que elaboraron con imágenes desafiantes y profundas lo que ellos vivieron después del asesinato de Jesús en el Calvario, nos transmitieron la experiencia pascual como otro “virus” que desconfiguraba el texto social de la muerte. En todas las tradiciones culturales la muerte es un texto social molesto: corta el acceso a la persona; clausura unas prácticas humanas; cierra las existencias y las confina al pasado. El “virus” de la Resurrección desmontó todo este texto y se burló de él con ánimo subversivo, afirmando que Dios hacía caso omiso del texto social de la muerte. La imagen de la tumba vacía convirtió el sepulcro en seno materno que relanzaba la vida hacia fuera, en lugar de paralizarla. Y Jesús siguió siendo accesible en los cuerpos hambrientos y sufrientes y en el lenguaje profético que busca desconfigurar los textos-moldes.

La ocasión del traslado de los restos del cuerpo mutilado del Padre Tiberio al Parque Monumento, donde yacen los despojos de varios centenares de trujillenses asesinados por los poderes dominantes, invita a reflexiones profundas:

¿Cómo encarnar hoy nuestra fe cristiana en medio de tejidos de textos sociales tan intensamente discriminatorios?

¿Cómo elaborar -en cristiano- la experiencia de la destrucción de cuerpos que trataron en alguna medida de modificar los textos sociales discriminatorios?

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