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Despedida a José Eduardo Umaña Mendoza

Martes 23 de noviembre de 2004, por Javier Giraldo M. , S.J.


Despedida a José Eduardo Umaña Mendoza

Querida familia Umaña Mendoza,
queridos Patricia, Diana Marcela y Camilo Eduardo,
querida familia, ya sensiblemente diezmada, de los defensores de derechos humanos,
amables asistentes todos a este acto:

El hecho doloroso que hoy nos reúne fue quizás presentido por la mayoría de nosotros, con temor y estremecimiento, durante largos años.

Los hostigamientos y amenazas, los riesgos y azares que rodearon la vida de José Eduardo durante muchos años, se convirtieron en una pesadilla permanente que fue agotando nuestros escasos recursos defensivos.

Finalmente los victimarios actuaron, luego de esperar en la sombra por mucho tiempo. Entre tanto acumularon montañas de víctimas, muchas de las cuales lo afectaron también a él profundamente.

Ninguna intimidación, sin embargo, pudo doblegarlo o hacerlo claudicar de sus opciones fundamentales. Aquí está su cuerpo ensangrentado recogido en su campo de brega. Si algo puede mirarse con nitidez desde la cima de su muerte, es el hecho de que su sendero no tuvo curvas ni desvíos. Inflexible y tozudo en su búsqueda de justicia, había tasado en el más alto precio sus ideales: el precio su propia vida.

Permítanme que como cristiano y como sacerdote, que no puedo prescindir de una clave de lectura de fe de este tipo de acontecimientos, comparta un momento con ustedes, creyentes y no creyentes, algunas reflexiones que esa clave hermenéutica me sugiere.

Pasión, Muerte y Resurrección, se amalgaman en un solo misterio para iluminar el sentido de nuestra conflictiva historia humana.

Más allá de las interpretaciones literales de los relatos evangélicos de la Resurrección, en esos capítulos finales de los Evangelios descubrimos un hermoso tejido redaccional que nos conduce a discernir, desde los valores últimos de nuestra existencia, el sentido de un profeta derrotado.

Un escritor marxista checoeslovaco, Milan Machovec, en su precioso libro "Jesús para ateos", comenta un episodio del final del cuarto Evangelio, en el que Pedro ingresa, estupefacto, al sepulcro de Jesús, y al mirar su vacío CREE en lo que antes no había podido comprender: que Jesús no podía permanecer en la muerte. Machovec comenta: "el momento en que Pedro descubrió que Jesús era todavía el vencedor, aunque no hubiera habido nada más que una desoladora y concreta muerte de cruz, ha sido uno de los momentos más grandes de la humanidad y de la historia".

Y es que el mensaje de la Resurrección no es comprensible sino como una mirada en profundidad, o como un discernimiento de sentido, del drama de la cruz. Y tampoco este drama es comprensible si se le separa del proyecto histórico de Jesús, como búsqueda de justicia en un mundo insolidario y opresor.

La fe en la Resurrección es, en el fondo, descubrir el sentido del sinsentido. Creer en un profeta derrotado y creerlo vencedor, no por ingenuidad o autoengaño consolador, sino porque ha sido posible, en algún momento, asomarse a los valores últimos y absolutos de la existencia y de la historia, y hacer, desde allí, una apuesta existencial.

Sobre este telón de fondo quiero leer este acontecimiento doloroso: la muerte violenta de un amigo, con el cual compartí también, en el santuario sagrado de la amistad, apuestas existenciales muy hondas.

Desde su muy temprana juventud, José Eduardo hizo opciones fundamentales en su vida. No escogió el camino de la riqueza y el poder, al cual pudieron invitarlo, halagadoramente, sus brillantes dotes intelectuales y sociales. En el ejemplo de su padre, aquí presente, encontró otra alternativa que lo sedujo, pasando por encima de las censuras sociales y de las tempestades de persecución que con frecuencia desestabilizaban su mundo familiar.

Su clara inteligencia le permitió profundizar y develar las estructuras del sistema económico, político, social y cultural en el cual estamos sumergidos, y encontrarse cara a cara con la injusticia en sus más desnudas y crudas manifestaciones. Optó, entonces, por acompañar y hacer causa común con aquellos que, habiéndose atrevido a cuestionar, denunciar o transformar en alguna medida las formas más despiadadas de la injusticia, sufrían los rigores de persecuciones irracionales, brutales e ilegítimas.

Se fue convirtiendo en un apóstol del Derecho. Pero no del Derecho venal y mercantilizado que invadió desde hace mucho tiempo los templos, otrora soberanos y augustos, de la justicia, sino del Derecho que buscaba mantenerse en contacto permanente e insobornable con sus orígenes más humanos e históricos: como barrera ética frente a los abusos del poder y como cuerpo de principios cuyo sentido más auténtico solo es discernible desde el dolor y la tragedia de las víctimas del poder.

Este fue su mundo y su cotidianidad. Y solo desde allí pudimos descifrar sus posiciones, siempre tozudas e insobornables. Y solo desde allí pudimos comprender también sus mismos desajustes de salud y sus neurosis, secuelas inevitables de una tensión heroica dentro de un sendero minado por hostigamientos y persecuciones, pero al mismo tiempo marcado por opciones que nunca dejaron huellas de marchas hacia atrás.

La eventualidad de una muerte violenta, no pudo tomarlo por sorpresa. Tal posibilidad, no solo estaba presupuestada en su inventario existencial, sino que progresivamente se convertía en un riesgo cada vez más inminente. Pero José Eduardo había integrado esto, profunda y generosamente, en su horizonte de sentido. Lo afirmo, por haber penetrado numerosas veces en los repliegues de su conciencia, como beneficiario que fui de su amistad transparente, que estuvo siempre abierta a las más íntimas y delicadas confidencias.

Por sus manos pasaron centenas de millares de páginas de expedientes judiciales, donde el libreto estereotipado del sacrificio de los buscadores de justicia era algo más que rutinario. Y no es posible acostumbrase a esa lectura trágica sin implicarse, en alguna medida, personalmente. Por esto también es posible afirmar que la muerte estuvo presente en su mundo de sentido, antes de que surgiera, como última palabra, en el de la realidad.

La muerte cierra hoy, entonces, la profunda coherencia de su vida.

Su vida ha sido destruida; físicamente aniquilada. Todo nos invita a leerla como la de un profeta derrotado. Solo una apuesta existencial muy honda, en cuya lógica, aquellos que arrastran en su muerte ciertos rehenes, arrebatados a los valores más hondos del sentido, son vencedores indiscutibles en su misma muerte; en su misma derrota. Y estoy seguro de que casi todos, en esta plaza, compartimos esa apuesta, cuyas claves más recónditas coinciden con las claves del misterio pascual.

Mirada desde los polos objetivos, su muerte devela, con claridad meridiana, la perversidad de la maquinaria de muerte que se ha ido adueñando de nuestras instituciones. No podemos leerla sino como una intento más de suprimir la voz de las víctimas y las instancias de resistencia legal al imperante Terrorismo de Estado.

El crimen que segó su vida siguió todas las pautas del libreto vigente en este período del paramilitarismo.

La justicia institucional inició ya su camino rutinario que concluye inexorablemente en la impunidad, donde comparecerán innumerables personas absolutamente ajenas al crimen para llenar voluminosos cuadernos judiciales, pero donde nadie se atreverá a incursionar en los cuarteles de los victimarios para buscar alguna luz. Sabemos, de antemano, que estará prohibido hacer hermenéuticas del crimen desde los intereses en juego; desde sus contextos; desde el perfil de la víctima y desde los dinamismos objetivos que se quisieron destruir. Sabemos, de antemano, que estará prohibido hacer hipótesis sobre autorías intelectuales, aunque haya decenas de miles de casos que converjan en las mismas. Sabemos, de antemano, que el Establecimiento y el Estado condenarán el crimen en términos enérgicos, amparados en las consolidadas estructuras de encubrimiento que rigen hoy las relaciones entre lo institucional y lo parainstitucional.

José Eduardo emigra de nuestra historia dejando nuestra patria en ascuas; destrozada; deshecha.

El crimen escaló o neutralizó ya casi todas las sedes del poder. Se ensaña prioritariamente en los soñadores y constructores de un mundo más humano. La justicia misma ha sido demonizada o amordazada por el terror. Ríos de sangre nos inundan. Como dijo el poeta Jorge Robledo Ortiz, poco tiempo antes de morir:

"a las canecas de basura se bota la esperanza ...

Colombia es una historia de sol que se desangra;
una orquídea que violan sus propios jardineros; ...
es una niña triste que no pasa al tablero, por no mojar la tiza con la luz de sus lágrimas.

Irremediablemente se nos hunde la patria; no hay capitán que pueda enrutarla hacia un puerto; solo nos queda el polvo de los remordimientos, y el amor rematado en pública subasta!".

Esta patria te despide, José Eduardo, con el corazón en la mano. No podemos ocultarnos que el camino restante será más duro recorrerlo sin ti; sin tu tenacidad que desafiaba la muerte y con ella todas las barreras; sin tu solidaridad generosa; sin tu compromiso contagioso; sin tu esperanza inquebrantable; sin tu vitalidad desbordante.

Gracias por tu testimonio. Gracias por tu compromiso. Gracias por tu coherencia.

Tu memoria será imprescindible en el momento de construir un mundo sin esclavitudes.

Tu vida queda sembrada como piedra viva en los cimientos históricos de la utopía común que nos unió.

Hasta siempre, amigo entrañable.

Javier Giraldo M., S .J.
Universidad Nacional - Plaza Che Guevara - Abril 20 de 1998

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