Desde los márgenes

Página oficial de Javier Giraldo Moreno, S.J.

Portada del sitio > Despedidas y evocaciones > Despedida a Josué Giraldo Cardona

Despedida a Josué Giraldo Cardona

Martes 23 de noviembre de 2004, por Javier Giraldo M. , S.J.

Despedida a Josué Giraldo Cardona

"Para comprender una vida, como para comprender un paisaje, es menester escoger bien el punto de vista. Y no hay ninguno mejor que la cima. Esa cima es la muerte. Desde tal cima hay que examinar la serie de acontecimientos que nos han conducido a ella. De esta forma, se dice, ven los moribundos en su última hora desplegarse todos los sucesos de su vida, cuya conclusión inminente le proporciona un sentido definitivo" (Paul Claudel, "Jeanne au Bûcher")

Para poder leer la vida de Josué desde la cima de su muerte, he buscado un paradigma que nos permita comprender, como desde un espejo, su sentido más profundo.

Y no he encontrado ninguno mejor que un texto de Roger Garaudy, en su libro PALABRA DE HOMBRE, donde él trata de volver a leer las experiencias más profundas de su vida, buscando captar en ellas las dimensiones trascendentes; aquellas experiencias que fueron forjando el sentido y el valor trascendente de su vida.

Dentro de esas experiencias, que están en el comienzo de su libro, he escogido ésta:

"4 de marzo de 1941. Estábamos aproximadamente quinientos militantes comunistas deportados en Djelfa, puerta del desierto, en el territorio de Ghardahaïa en el sur de Argelia. Nuestras tiendas africanas estaban levantadas sobre arenales amarillos y rojos. Ni un árbol, ni un matorral. Guijarros y arena. A ras del suelo, nudos de minúsculas lianas ya secas, encogidas, sin hojas, sin color y sin nombre, no mayores que los esqueletos de los ratones. En los dos ángulos superiores del recinto alambrado, una tienda estaba ocupada por los "goumiers" que nos custodiaban; desde el triángulo negro de la puerta, nos enfilaba el hocico de una ametralladora. Cuando soplaba el viento del desierto, y sobre todo durante la noche, cuando los ruidos iban en aumento, la tela de nuestra tiendas golpeaba y se dislocaba frenéticamente: uno se creía en el vientre de una bestia que estuviese abortando.

El 4 de marzo se nos anunció un traslado: antiguos miembros de las Brigadas Internacionales en España, especialmente polacos y checos, venían a relevarnos, en tanto a nosotros se nos enviaba al antiguo baño de los "biribi", en pleno Atlas. Entonces se nos prohibió el menor contacto con nuestros sucesores. pero por nuestra parte decidimos darle la bienvenida, alineados como estábamos frente a nuestras tiendas, en las que se nos había mandado permanecer. Nos pusimos, pues a silbar la canción "Allons au-devant de la vie".

El comandante, lleno de rabia, nos ordenó callar, advirtiéndonos que al tercer toque mandaría a disparar sobre cualquiera que no hubiera entrado a acostarse bajo las tiendas. Nadie le hizo caso y nuestro cando adquirió un tono ampliamente triunfal. Fusta en mano, el oficial dio orden de disparar.

No era aquella la primera vez que se fijaban ante mis ojos los negros ojos de las ametralladoras, que parecen horadar la tierra y el cielo: en el frente del Somme, en Warfusse-Abancourt, ya había cruzado bajo el fuego de las líneas alemanas situadas a algunos decenas de metros. ver las armas que disparan sobre uno causa una sensación muy diferente a la de un bombardeo, del cual no se ve su procedencia; entonces surge un enfrentamiento activo, que produce una especia de excitación física, diría que hasta sensual. Jamás hubiese creído que fuese tan fácil ser fusilado a los veintisiete años, plenamente gozoso.

Un instante de angustia, sin embargo: recorrí con la mirada las caras de nuestros compañeros que estaban en primera fila. ¿Quién va a aguantar? ¿Quién se acobardará? ¿Qué es lo que sostiene a un hombre para que él, a pie firme, vea llegar su muerte?"

Garaudy va repasando, en sus páginas, las historias de muchos de los que están con él en la fila, pensando si irán a resistir o no. Cada historia le hace concluir que todos resistirán ...

"Nuestro cántico va a finalizar en un segundo. A pesar de las amenazas y de los golpes con los que incitaba el comandante a nuestros guardianes árabes, las ametralladoras seguían calladas. Y todos los hombres, en pié. Ni uno tan solo prefirió acostarse para evitar la ráfaga. En este tiempo, largo como decenas de vidas, todo estaba en silencio. Solo se oía como una alegre ola diluyéndose en la arena de una playa.

La vida reencontrada, tras la dichosa aceptación de la muerte, me pareció deliciosa, incluso en aquel rincón del infierno. Mucho tiempo después hemos sabido por qué respetaron nuestras vidas: según la ética feudal de aquellos guerreros musulmanes de las tribus del sur, un hombre armado no puede jamás disparar sobre otro desarmado.

El canto, la muerte, el amor hacia aquellos que venían a relevarnos, hermanos de las mismas miserias, del mismo combate y de la misma esperanza, y la fraternidad con quienes se habían negado a tirar, todo ello vivido de un golpe, y en el instante en que el hombre escoge morir de pié antes que vivir arrastrándose, fue para mi la primera plena experiencia en la cual todos los componentes de mi vida se trabaron como en una sola gavilla: el acto de la creación poética del hombre, de su acción militante, de su fe inextinguible en un porvenir, y, sobre todo, la aceptación alegre de la muerte, la certeza de que el proyecto humano en el que yo participaba no era un proyecto individual, me sobrepasaba y daba sentido a todo lo demás."

Quizás para algunos este texto pueda parecer una apología del suicidio; de los sacrificios inútiles; de la irresponsabilidad frente a la propia vida; de la ingenuidad idealista; de los romanticismos ya pasados de moda.

Y habría parámetros lógicos que nos invitarían a considerarlo así. Aún más: los parámetros ideológicos más arraigados, más difundidos, más asimilados, más introyectados por la sociedad en la cual estamos sumergidos, casi que nos obligan a considerarlo así.

Pero hay una afinidad profunda entre esta página testimonial de Garaudy y la vida de Josué leída desde su cima; desde su muerte violenta.

¿Quién de nosotros, los que estuvimos cercanos a él, sobre todo en las últimas etapas de su vida, no sintió en Josué, en sus actitudes, en su testarudez para continuar desafiando a esa jauría de sicarios, cada vez más numerosos y desesperados que lo buscaban y cercaban; quién no percibió en él esa especie de delicia -de que nos habla Garaudy- constituida por la vida que esperaba "reencontrar" "tras la dichosa aceptación de la muerte"?

Quizás no hay otra manera de situarnos, en este momento, frente a la vida de Josué, sino, aceptando que los idealismos, los romanticismos, las utopías, que van en contravía de las "modas" y de los "realismos históricos", tienen un sentido y un valor, o negándoles ese sentido y ese valor, así lo hagamos respetuosamente, sobre todo cuando evocamos su memoria.

Esta celebración ha querido ser, no un momento lúdico, o de cumplimientos sociales, o de catarsis amistosas, sino un momento profundo de interpelación existencial.

No podemos ocultarnos realidades profundamente dolorosas que nos envuelven:

El paisaje del Llano, el paisaje del Meta, está hoy lleno de ruinas; de utopías extinguidas; de espacios clausurados; de recuerdos de organizaciones populares desarticuladas y deshechas; de proyectos destruidos; de banderas abatidas.

Un viento helado de terror y de miedo campea en las veredas y poblados y paraliza lo que antes fue vida en efervescencia; lo que antes fue manifestación atrevida de esperanza.

Hoy día, detonaciones esporádicas interfieren, de cuando en cuando, la música estridente de los bares y burdeles de los triunfadores, anunciando que algún sobreviviente de las utopías ha sido atrapado por la muerte, entre las ruinas de la esperanza.

Los desplazados se continúan agolpando, hacinados y silenciosos, en los cinturones de miseria, en espera de una muerte lenta e inhumana.

Ciertamente, una nueva vegetación, amarillenta y pálida, va cubriendo las ruinas y ocultándolas a la memoria del futuro.

Los cementerios quedaron colmados. Bajo sus tierras se hundieron multitud de cuerpos ensangrentados, que se dijeron portadores de una semilla de esperanza, pero de una especie de esperanza tozuda e insobornable. Allí fueron a descansar los idealistas; los románticos; los utópicos; los que algún día creyeron en la democracia; los que creyeron en los pobres; los que creyeron en alguna posibilidad de cambios sociales; los que creyeron en la justicia; los que creyeron en los derechos de los débiles; los que creyeron en la dignidad humana.

Quienes se resisten a abandonar los últimos reductos del campo de la esperanza, van descubriendo que sus fronteras se acercan, a pasos apresurados, a las fronteras del cementerio, donde se va concentrando la esperanza, en forma de semillas hundidas bajo la tierra.

En nuestra memoria adolorida van quedando las siluetas de los que enfrentaron los hocicos de las ametralladoras mientras entonaban un canto a la vida; siluetas que se nos van convirtiendo en fantasmas inquietantes, portadores de enormes interrogantes que por momentos nos apabullan.

De ninguna manera quiero dar a entender que esas siluetas nos inviten a despreciar nuestras vidas; a correr riesgos sin sentido o a sumarnos, en arranques desesperados y absurdos, a la interminable procesión de sarcófagos. Si la ofrenda de sus vidas tuvo algún sentido fue el de haberla hecho en el camino por conquistar mejores condiciones de vida para todos.

Pero no podemos tampoco ocultarnos a nosotros mismos que el camino restante es más duro recorrerlo sin ellos; sin su tenacidad que desafiaba la muerte y con ella todas las barreras; sin su solidaridad generosa; sin su compromiso contagioso; sin su esperanza inquebrantable.

No podemos engañarnos desconociendo el poderío de la muerte que nos envuelve en este momento oscuro y doloroso de nuestra historia.

¿Cómo desconocer u ocultar nuestros fracasos en los intentos por defender tantas vidas y derechos?

¿Acaso la muerte de Josué no se erige sobre enormes montañas de gestiones y de clamores, nacionales e internacionales, para detener la mano visible de sus victimarios, durante tanto tiempo levantada -amenazante y decidida- contra su humanidad?

¿Cómo desconocer que estamos atrapados en el más intrincado laberinto de impunidad, la que se erige desafiante, triunfadora e implacable, sobre montañas de crímenes de lesa humanidad?

¿Cómo olvidar los esfuerzos ingentes de las ONG por sacar adelante la Comisión de Diagnóstico del Meta, con Josué que fue su protagonista más destacado, esfuerzos frustrados frente a la complicidad encubridora de todas las instancias del Estado?

Atravesamos ciertamente un oscuro túnel. Sostienen nuestra esperanza, la expectativa de una luz que debe aparecer en el fondo del túnel pero que aún no vislumbramos; y sostiene nuestra esperanza, sobre todo, la fuerza que nos transmitieron quienes valoraron tanto este camino, que lo consideraron más valioso que sus propias vidas.

No podemos ocultar de ninguna manera el carácter oscuro y doloroso de la muerte de Josué; en otras palabras, su sentido ineludible de fracaso y de derrota de sus proyectos históricos.

Pero hoy nos hemos reunido para leer esa derrota desde la clave de la fe.

No se trata de buscar consuelos engañosos, encubridores o alienantes. Solo queremos bucear en el pozo del sentido, confrontando esta experiencia de fracaso y de derrota con aquella que vivieron los primeros discípulos de Jesús, descubriendo en ella la clave más profunda de la existencia: su sentido trascendente.

Los invito a volver la mente hacia aquel pasaje del Evangelio de San Lucas (24, 13-35) que leímos hace unos momentos, que nos transmite en imágenes cautivantes a la vez que discretas la experiencia pascual.

Aquellos dos hombres se van alejando de Jerusalén con la esperanza deshecha. Habíamos esperado -dicen- pero todo fue en vano. Se alejan de Jerusalén con el amargo sabor del fracaso y de la desesperanza.

Atrás quedaba la ciudad que asimilaba compulsivamente el triunfo de los poderosos y el fracaso de un profeta; envuelta en ese ambiente indescriptible que dejan las muertes violentas, los ludibrios de sangre; ambiente cargado de mensajes cifrados .

Ellos inician un caminar -un proceso- en el que van tomando distancia del escenario del crimen, pero acompañados siempre por preguntas inquietantes.

En ese camino / proceso se les suma un interlocutor misterioso, difícil de identificar, pero que parece disfrazar a un muerto que no se deja sepultar. Ese personaje les ayuda a integrar paulatinamente, en su caminar, el sentido del fracaso; el sentido de la cruz.

Y al atardecer de aquella jornada de camino -al final de ese proceso- junto a la aldea de Emaús, los discípulos han recuperado el valor indestructible del proyecto de Jesús, una vez asimilado el sentido de la cruz. Y entonces recuperan la presencia de Jesús mediada por el gesto que caracterizó los momentos más emocionantes, expresivos y profundos del anuncio del Reino: el gesto del compartir del pan.

Yo los invito en esta noche a compartir la experiencia pascual de Josué, unida a la experiencia pascual de los discípulos de Jesús.

El recuerdo de Josué; los valores que encarnó en su vida, parecen repetirnos las mismas palabras de Garaudy: "tuve la certeza de que el proyecto humano en el que yo participaba no era un proyecto individual, me sobrepasaba y daba sentido a todo lo demás". Desde esa convicción su muerte tiene un profundo sentido y su presencia se proyecta en nuestro caminar bajo el signo de la solidaridad, del compartir.

Recuperemos, pues, su presencia nueva en nuestro caminar. Somos parte de un mismo proyecto, de un mismo caminar que avanza, en el misterio de la historia, incorporando vidas que nos hacen aferrar más fuertemente a aquello por lo cual VALE LA PENA vivir y VALE LA PENA morir.

Javier Giraldo M., S. J.
Homilía en la Eucaristía celebrada en memoria de Josué, el 28 de octubre de 1996, con familiares, amigos y activistas de derechos humanos.

¿Un mensaje, un comentario?

moderación a priori

Este foro es moderado a priori: su contribución sólo aparecerá una vez validada por un/a administrador/a del sitio.

¿Quién es usted?
Su mensaje

Para crear párrafos, deje simplemente líneas vacías.