Desde los márgenes

Página oficial de Javier Giraldo Moreno, S.J.

Portada del sitio > Despedidas y evocaciones > Despedida a Mario Calderón Villegas

Despedida a Mario Calderón Villegas

Martes 23 de noviembre de 2004, por Javier Giraldo M. , S.J.

Despedida a Mario Calderón Villegas

El final de una vida nos impone volver sobre sus huellas para descubrir las direcciones de ruta que nos deja. Toda vida humana es un mensaje cuyos perfiles definitivos se descubren desde la cima de la muerte.

Tuve a Mario como compañero de ruta de muchos años, y precisamente en aquellos años en que se forjan ideales; en que se construyen utopías; en que se diseñan proyectos; en que se define el sentido de nuestras vidas y se asumen los valores por los que consideramos que vale la pena vivir.

Por eso en un momento como estos vienen a la memoria muchos procesos difíciles que recorrimos juntos para aprender a leer el mundo que nos rodeaba de maneras menos convencionales. No fue fácil descorrer gruesos velos, muchos de ellos revestidos de un cierto carácter sagrado e intocable, que nos impedía penetrar en los mecanismos generadores de la realidad, de una realidad que juzgábamos deshumanizada y deshumanizante pero dentro de la cual nos había tocado existir y caminar. Juntos nos internamos en la búsqueda de nuevas lecturas. Hubo momentos apasionantes y momentos difíciles, porque encontrábamos desafíos que nos desbordaban o exigencias que nos demandaban rupturas dolorosas. Juntos nos internamos en la búsqueda de compromisos que fueran coherentes con nuestras opciones más profundas; dimos pasos balbucientes y temerosos, mientras se alternaban momentos de luz intensa y momentos de espesa oscuridad.

La espontaneidad y la serenidad que siempre tuvo Mario frente a situaciones difíciles fueron valores que nos ayudaron a sortear muchas dificultades y a superar escollos que por momentos parecían hundirnos.

Lo primero que de él me impresionó fue el respeto y la pasión con que se acercaba a las expresiones culturales que la gran mayoría de la gente ignoraba o despreciaba. Nunca podré olvidar su pasión por las lecturas antropológicas y folklóricas y las excursiones que muchas veces compartimos por territorios que nos ponían en contacto con otras formas culturales. Nunca olvidaré su viaje casi mendicante por los países de Suramérica a comienzos de los años setenta, como peregrino ávido de alteridades que quería asimilar como suyas y que logró transmitirnos tan vivamente como si hubiésemos estado a su lado en ese extenuante recorrido.

Un buen día la lectura de Paulo Freire nos deslumbró, nos tocó profundamente y nos arrastró en la búsqueda de una pedagogía del oprimido que estaba más cerca de nosotros. Nos acercamos juntos a los barrios, a las invasiones y a los movimientos urbanos más amplios, buscando apasionadamente temas generadores de una rehumanización. Trabajamos intensamente las formas de la religiosidad popular y tratamos de auscultar en ellas las fuerzas de opresión y de liberación que allí se concentraban. Asistimos al nacimiento de muchas búsquedas, ayudados, en momentos luminosos, por personas que el correr del tiempo nos fue revelando como verdaderos profetas, de esos que solo surgen de tarde en tarde, para darnos fuerza en el caminar de muchos años de desierto. Muchos rostros, vivencias, procesos y tragedias se convirtieron entonces en nuestro patrimonio común. Villa Javier y Buenos Aires fueron puntos de referencia de ese caminar que continuamos llevando en el corazón y en los cuales recibimos profundas lecciones.

Juntos nos embarcamos un día hacia París, donde nuestras utopías y proyectos pasarían por la confrontación con una realidad cosmopolita que le daría otras dimensiones a nuestra reflexión. Desde allí vivimos dolorosamente una de esas etapas aterradoras por las que ha atravesado nuestro país. Eran los finales de la década del 70. Juntos nos introdujimos entonces en ese mundo peculiar de la solidaridad internacional con las víctimas del terror; en ese mundo de minorías donde lo humano se reduce impresionantemente en lo cuantitativo, pero crece enormemente en lo cualitativo.

Uno de los rasgos más característicos de la personalidad de Mario fue su pasión por la libertad. En París este rasgo comenzó a pronunciarse de una manera más intensa. Su contacto con otras culturas y su choque con ese mundo occidental milimétricamente programado lo marcó profundamente. Sus anécdotas en esa etapa, cuando relativizaba, desafiaba y burlaba todas las normas computarizadas cuya observancia era férreamente garantizada por máquinas y robots, eran nuestra diversión cotidiana. El mundo de la ecología y del anarquismo lo fue atrayendo progresivamente. Sus estadías prolongadas en la cooperativa de Longo Mai, en el sur de Francia, lo marcaron profundamente.

Ya de regreso a Colombia, tras la experiencia dolorosa de Tierralta, que culminó en el asesinato de Sergio y en su salida traumática de las riberas sinuanas, la vida de Mario entró en otra etapa. Pude dialogar con él íntimamente en el momento de su retiro de la Compañía y del sacerdocio. Aquellos valores y utopías que habíamos construido juntos se mantenían incólumes, pero la estructuras externas ya se habían vuelto demasiado estrechas para su pasión por la libertad. No fue un momento fácil para él; tampoco lo fue para mí.

Si algo fue totalmente ajeno a su vida fueron las ambiciones de poder o de riqueza. Fue generoso, desprendido, sencillo, descomplicado y cercano; profundamente solidario con quienes estaban en alto riesgo de ser destruidos por algún poder.

Su vida le fue arrebatada desde las sombras; desde sombras que jamás verán la luz, en el contexto de impunidad absoluta que nos envuelve. Mucho podríamos especular sobre el "iter criminis", pero, lo más probablemente, sin jamás esclarecerlo. Solo sabemos, sin duda alguna, que la vida de Mario no perteneció en absoluto, en ninguno de sus perfiles más suyos, a las minorías que rodean o lisonjean a quienes se dicen dueños de la vida y de la muerte de los colombianos. Pertenecía sí al mundo solidario de las víctimas del poder.

Mario ha concluido su peregrinación, excluido violentamente de nuestro entorno por las fuerzas de muerte que nos envuelven y dominan. Sus últimas huellas quedan, pues, ensangrentadas, y producen en nosotros el escalofrío de la sangre; el escalofrío de lo que fue truncado; de los proyectos deshechos; de las utopías destruidas; de lo que nunca debió suceder y que solo ocurrió por un cúmulo de absurdos y de sinrazones, que se ha convertido, desgraciadamente, en lo más cotidiano de nuestra cotidianidad.

Ante sus despojos no puedo menos que recordar aquella frase de Pablo de Tarso que inspiró tan profundamente su pasión por la libertad desde la más fina entraña de los valores evangélicos: "Todo es vuestro; vosotros de Cristo y Cristo de Dios".

Entra, pues, querido Mario, definitivamente, en el reino del Padre liberador, de quien te enamoraste profundamente a través de un largo recorrido por las dolorosas experiencias históricas de la opresión.

Javier Giraldo M, S. J.
Homilía en las exequias de Mario Calderón Villegas
Bogotá, Iglesia de N. S. de la Soledad, mayo 20 de 1997

*********************************

¿Un mensaje, un comentario?

moderación a priori

Este foro es moderado a priori: su contribución sólo aparecerá una vez validada por un/a administrador/a del sitio.

¿Quién es usted?
Su mensaje

Para crear párrafos, deje simplemente líneas vacías.