Desde los márgenes

Página oficial de Javier Giraldo Moreno, S.J.

Portada del sitio > Despedidas y evocaciones > Despedida a René García Lizarralde

Despedida a René García Lizarralde

Martes 23 de noviembre de 2004, por Javier Giraldo M. , S.J.

Despedida a René García Lizarralde

La muerte constituye una cima que nos permite mirar en perspectiva el camino recorrido, desde el pedestal de nuestros valores y de nuestra fe.

Es un punto terminal donde se apaciguan todas las ansiedades que van tejiendo e hilvanando la búsqueda humana de sentido.

Es un silencio supremo que transforma las vidas ya consumadas en testimonios interpelantes de sentido o de sin-sentido.

La fe cristiana proyecta sobre estos momentos imágenes densas y preciosas, como destellos luminosos del Misterio: la del peregrinaje trashumante hacia una tierra de promisión, o en la versión de nuestras etnias precolombinas del Sur: el caminar hacia una tierra sin mal, o la tumba vacía de Jesús, como esperanza radical y desafiante, erigida con firmeza sobre todo el dolor de la historia.

Y la luz que surge de la oscuridad de esa tumba abierta, convertida en luz de Pascua que ilumina el horizonte de nuestra esperanza, brilla también ahora aquí, junto a estos despojos inertes de nuestro querido René, colocada sobre el candelabro de nuestra fe.

Muchos y profundos sentimientos y recuerdos se agolpan en la mente y en el corazón al hallarnos junto a este sarcófago.

En la intimidad de todos ustedes afloran, seguramente, en estos momentos, recuerdos entrañables que hacen revivir las etapas y momentos de la vida de René. Evoquemos algunos de ellos para celebrar auténticamente este denso momento pascual.

Evoquemos, en primer lugar, su sacerdocio, que recoge y expresa la flor de sus energías juveniles y que marcará, como un sello indeleble, toda su existencia.

La coyuntura histórica dentro de la cual René inicia su ministerio sacerdotal es uno de esos momentos densos de nuestra historia. Fuertes vientos renovadores e interpelantes sacudían las estructuras religiosas tradicionales. Figuras proféticas se levantaban con fuerza en aquel momento, de aquellas que suelen concentrar grandes energías espirituales, destinadas a alimentarnos durante prolongados períodos de desierto.

El conflicto entre fe y compromiso histórico se reubicaba, en nuestro continente, alrededor del desafío de la injusticia estructural. Las grandes masas empobrecidas y deshumanizadas se convertían en piedra de toque fundamental para un examen profundo de la autenticidad de nuestra fe.

René moldeó su sacerdocio, no tanto como profesión institucional, sino principalmente como opción existencial, frente a estos desafíos. Volvió a leer el Evangelio desde los interrogantes más profundos que la realidad le planteaba. Redescubrió a Jesús desde los ausentes de la historia y optó decididamente por los empobrecidos. En adelante leyó la historia y la teología desde esa opción, con fidelidad insobornable, pagando todos los precios que le fueron exigidos.

Evoquemos también al científico social:

Ninguna ciencia social es neutra. René fue muy consciente de esto desde sus primeros balbuceos como analista social. Sus opciones fundamentales lo llevaron a incursionar en la realidad del pobre, con un respeto casi sagrado; en sus raíces y estructuras culturales; en su racionalidad económica y política; en la manera como su fe se articula en el contexto de su vida y de su lucha por la supervivencia, buscando esclarecer los mecanismos de la opresión y descubrir las semillas fecundas de liberación.

Esta vocación de analista social bajo la guía de una ética liberadora, la vivió hasta el final de sus días, sobreponiéndose a los quebrantos físicos y a los reveses morales que necesariamente producen las involuciones sociales y políticas.

Evoquemos también al hombre que enfrentó el conflicto:

Las tormentas en alta mar suelen destruir todo lo frágil y deleznable y solo dejan a salvo, ordinariamente, las estructuras más sólidas y firmes.

Solo desde la cima de la muerte es posible evaluar, a veces, lo que queda de las tormentas humanas, a la manera del andamiaje desnudo de las naves que llegan, tras la tormenta, a la otra orilla.

René tuvo que pagar altos precios por sus opciones humanas, arraigadas e iluminadas en su fe: desde la privación del ejercicio público del ministerio, pasando por la cárcel y la tortura, por las estigmatizaciones sociales y políticas, por el empobrecimiento económico y la soledad, hasta los inicuos allanamientos que tuvo que soportar desde su lecho de enfermo.

No haríamos honor a la verdad si dijéramos que esto no lo afectó humanamente. Sus sufrimientos llegaron a lacerar también, profundamente, el corazón de todos sus amigos.

Pero hoy la muerte consagra definitivamente las impresionantes dimensiones de su estatura moral. Desde esta cima se erige como testigo insobornable de valores que no se marchitan y que cuestionan implacablemente todas nuestras debilidades frente a las tormentas que nos envuelven.

En un mundo donde vemos frecuentemente que la tentación del dinero, del poder o de la tranquilidad va desmontando subrepticiamente las utopías de los empobrecidos, el testimonio de René se agiganta en medio de todas nuestras oscuridades y temores.

El andamiaje desnudo de su barca, que llega, tras la tormenta, hasta la orilla de la muerte, deja ver en su estructura los perfiles de los más nítidos valores evangélicos.

Evoquemos finalmente sus calidades humanas. Evoquemos al amigo leal y respetuoso; al hombre firme en sus convicciones; al compañero solidario de todas nuestras horas difíciles; al maestro, que abrió brecha en los análisis de nuestras complejas realidades sociales; al investigador incansable; al hombre que desde el sufrimiento nos dio las más preciosas lecciones de superación humana, de no dejarse aniquilar por el quebranto físico y, sobre todo, de no buscarse a sí mismo sino de esforzarse por servir hasta el último momento, acrecentando su serenidad y su alegría mientras la enfermedad y el dolor minaban sus últimas fuerzas.

Demos gracias a Helia, la compañera inseparable de sus últimos años, que le sirvió con un amor inmenso y que le hizo más llevaderos sus sufrimientos y sus dolores.

Querido René que ahora nos escuchas desde la otra frontera del Misterio:

Gracias por tu vida.

Gracias por tu impresionante testimonio.

Eres parte de nuestra historia, desde donde nos interpelarás siempre, como alguien que encarnó nuestras búsquedas y utopías con el sello de un insobornable compromiso.

No te decimos adiós porque te llevamos en lo profundo de nosotros mismos y porque te sabemos partícipe del triunfo del Señor Jesús, en el amanecer sin noche en la Casa del Padre Común.

Javier Giraldo M., S. J.

Homilía en las exequias de René García Lizarralde

Iglesia de Cristo Rey, Bogotá, mayo 31 de 1994

¿Un mensaje, un comentario?

moderación a priori

Este foro es moderado a priori: su contribución sólo aparecerá una vez validada por un/a administrador/a del sitio.

¿Quién es usted?
Su mensaje

Para crear párrafos, deje simplemente líneas vacías.